Las edades del hombre

09.10.2016 | 04:00

No existe duda alguna de que la política envejece. Curiosamente son los dictadores, como Raúl y Fidel Castro, los que mejor se conservan físicamente a diferencia de quienes se dedican a la política en democracia. Y son los hombres los peor parados si los comparamos con las mujeres que desarrollan una actividad política. Churchill, astuto y viejo prematuro, encontró la fórmula mágica de la juventud en los puros habanos y en el fondo del vaso de un güisqui añejo. Obama llegó al despacho oval derrochando energía y juventud y hoy pinta canas y presenta más que cierto encorvamiento en sus hombros. Los políticos españoles no son ajenos al deterioro físico. A los españoles nos gustan los políticos con aire venerable e incluso paternal, puede que debido a la influencia ejercida por la imagen de Franco durante cuarenta años. Felipe González asumió su primer mandato exhibiendo una descarada juventud como presidente del Gobierno, vistiendo chaqueta de pana, y demasiado pronto su cabello se mostraba níveo, bien por decisión de sus asesores de imagen, bien por las responsabilidades de Gobierno asumidas. Aunque mejor habría que pensar que sus canas fueron producto del tinte en sus pobladas sienes. Un caso curioso es del Mariano Rajoy, que en sus años de ministro lucía pelo y barba de moreno azabache y con el paso de los años sólo ha encanecido su barba. Lo que hace sospechar que su tupé haya igualmente sufrido los efectos de un tinte negro zaino que le protege de la ancianidad.

La juventud toca a su fin de una forma simple, cuando en los accesos a un ascensor o a un portal, un niño malvado, díscolo y bien educado, nos cede el paso con un sencillo «pase usted? o «usted primero?»; es ahí, ahí, cuando debemos asumir que el tiempo ha pasado y la juventud emprende su huída de manera irreversible.

En las imágenes, aparecen dos de nuestros presidentes regionales, Ramón Luis Valcárcel y Pedro Antonio Sánchez en la edad de la inocencia, conservando todavía la candidez de la mirada y la fe en prosaicas ideas. Ramón Luis en esta instantánea podría ser muy bien un pescadero marsellés, avispado y picarón, de los que echan piropos a las mujeres guapas que mueven la cadera mientras portan con garbo una caja de boquerones, siempre dentro de un orden, claro. Una foto que parece transmitir los ecos de la popular canción «Desde Santurce a Bilbao...». Nuestro hombre en Europa, también desprende un toque de incipiente soberbia. La sonrisa le delata como conocedor de su destino, de ordeno y mando.

Pedro Antonio, por el contrario es la virginidad, la inocencia viva, el niño grande que acaba de jugar una partida con los Juegos Reunidos de Geyper y pasa directamente a dar una charla sobre el campo y el trabajo que vio de lejos. Recién destetado y seguro de su venturoso futuro por haber sido un niño bueno. Mirada y expresión del monaguillo que aspira al priorato sin querer ser fraile, pues tiene hambre de vida mundana. Qué lejos queda todo: el pelo escaso, hombros cargados, la mirada convertida en furtiva, ojos desconfiados; la fantasía marchita. Es el precio de las responsabilidades adquiridas, el precio del poder que condena a una vejez prematura y convierte a los políticos en cuerpos decrépitos. Eso sí, parece ser que los de izquierdas llegan antes a la senectud que los de centro-derecha, salvo los sindicalistas que ofrecen una imagen de la salud personificada debido, sin duda, a las bondades de sus cargos.

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