Pensando en voz alta

Cuarenta años

26.09.2016 | 04:00
Francisco Marín

Aunque la columna se titula Pensando en voz alta casi nunca he expresado pensamientos íntimos propios. Además de ser celoso de mi intimidad, seguramente no le importará a nadie, y lo encuentro normal. Pero hoy es un día muy especial (hace cuarenta años y un día que contraje matrimonio con una mujer que vale millones de veces más que yo€ me tocó la lotería). Iniciamos, 25 de septiembre de 1976, una vida en común con más ilusión que medios y la comenzamos viajando, tal día como hoy, a Ibiza, nos alojamos en la habitación 222 de un hotel en el que todos los huéspedes eran alemanes, excepto otra pareja de recién casados proveniente de Avilés. Viaje más estancia de una semana por el costo de 13.000 pesetas (78,13 EUROS) y lo pasamos genial.

Vuelta a Cartagena e inicio de un camino del que sabíamos su comienzo, pero no su desarrollo. ¿Qué son cuarenta años?, ´menos que naíca´ en la historia del Universo, ´naíca´ en la historia de España, ´ná´ en comparación con muchas cosas y sucedidos, pero para una pareja que se lanzó a torear las ´cornás´ de la vida, es mucho. Han sido, y espero otros tantos, cuarenta años maravillosos, no siempre pisando pétalos de rosas, espinas se han pisado y muchas; altibajos, por supuesto; todo lo que ustedes quieran, pero el amor y la paciencia siempre han estado presentes.

Desde aquí tengo que insistir, como he dicho más arriba, que me tocó la lotería. Mi mujer es una persona impresionante, muy grande y con mucho valor, pues hay que tenerlo para aguantarme cuarenta años (mi carácter no es muy normal). Es grande, con una cabeza muy bien amueblada y con los pies en la tierra. Gracias a ella no he cometido más de una tontería. Nunca podré agradecerle la paciencia que conmigo ha tenido. Cuarenta años, sí, señor, y aquí seguimos. Habrá quien diga: y a mí ¿qué me importa? Lo más seguro es que nada, igual lleva más años casado que yo y dirá que no tiene mérito€ es posible, pero yo quiero rendir homenaje a mi mujer y a mi familia.

Muchos son los episodios que en estos años han desfilado por nosotros; fallecimientos de nuestros respectivos padres y otros familiares; nacimiento de nuestros hijos: un varón y dos mujeres, geniales y cariñosos, cada uno con sus filias y sus fobias, con sus genialidades y sus tonterías, que en todo momento se han portado y se portan a la altura de las circunstancias.

Cuarenta años. Miro hacia atrás y me pregunto: ¿harías lo mismo? ¿Te casarías con la misma mujer? Sin dudar contesto que sí, pues sin ella no sé vivir y le digo: «Yo te necesito mucho más a ti que tu a mí. Ayúdame a mejorar». Ya he dicho que nos casamos con más ilusión que medios: ni invitaciones de boda hicimos, no podíamos permitirnos el lujo de hacer una celebración y a nadie queríamos poner en un brete y no poder corresponder posteriormente. Nuestros amigos nos colmaron de presentes y regalos, a pesar de todo. Rosas y espinas, espinas y rosas, pero todo ha merecido y merece la pena por estar junto a ella. Cada día la veo más guapa y mejor persona. A ella le tocó la pedrea conmigo, pero aquí estamos.

Cuarenta años. Mucho ha llovido desde aquel 25 de septiembre. Por cierto, yo estaba haciendo la mili en la Armada „Servicio de Vestuarios„, después de agotar todas las prórrogas posibles. Tuve que requerir el permiso, para el casamiento, de la autoridad competente. Qué tiempos. Tanto ha llovido que llegaron, en su momento, dos nietos preciosos, 7 y 5 años, tremendos, listos como ellos solos y guapos a rabiar. Es el colofón, de momento, de esa felicidad que encuentras con estos seres geniales que conforman la tercera generación de aquel camino que inauguramos hace un día y cuarenta años.

El secreto de llegar juntos al día de hoy es muy sencillo: ser sinceros, respeto mutuo, afrontar los problemas de frente y hablar, hablar y volver a hablar siempre con el amor por bandera€ amén de besarse al iniciar la jornada, el primer beso del día sabe especial.

Espero, difícil va a ser, que dentro de cuarenta años pueda estar recordando nuevas vivencias. Me agarro a las bodas de oro, parea las que sólo faltan diez años, y, si me permiten, volveré a echar cuentas y contarles que sigo caminando junto a esa mujer que ha pasado los mejores años de su vida junto a este que nunca pudo imaginar tanta y tanta felicidad junto a una mujer de mano firme.
Deseo caminar de su mano otros cuarenta años más.

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