Palabras

De nuevo se abren las grandes alamedas

18.09.2016 | 00:35
De nuevo se abren las grandes alamedas
De nuevo se abren las grandes alamedas

En diciembre de 1971 supe por mi amigo el novelista José Luis González Coronado, y en la casa romana de Rafael Alberti, detalles del júbilo popular por el triunfo de la Unidad chilena representada por el gran presidente Salvador Allende. Y es que José Luis estuvo allí, en Santiago.

Por primera vez en la historia, y causando expectación en el mundo entero, un político socialista y marxista llegaba al Gobierno a través de la votación popular. El Gobierno de Salvador Allende inició, entonces, una experiencia difícil y única: llevar al país a transitar por una vía democrática hacia el socialismo. Allende estaba convencido de que el socialismo podía construirse sobre la base de las tradiciones democráticas chilenas.

José Luis traía en sus retinas el inédito y triunfante desembarco de aquellas ideas al servicio de una democracia socialista desconocida hasta entonces en América Latina y conocida ya como Unidad Popular. Pero serían casi dos años después, el 11 de septiembre de 1973, cuando el Gobierno de la Unidad Popular fue derrocado por un sangriento golpe de Estado encabezado por el 'funeralísimo' general Augusto Pinochet, quien, en nombre de una Junta Militar, emitió un primer comunicado requiriendo al presidente Allende la entrega inmediata de su cargo a las Fuerzas Armada. El presidente resistió junto a sus más leales colaboradores en el Palacio de La Moneda y advirtió a sus cercanos que moriría en el lugar donde lo había puesto el pueblo: como presidente de Chile.

Antes de ser bombardeada la casa de Gobierno, el presidente dirigió sus últimas palabras y, a las dos de la tarde, y según fuentes oficiales, Salvador Allende se suicidó. Esa mañana a las 9,10 se había oído en la radio: «Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes.  La Fuerza Aérea ha bombardeado las antenas de Radio Magallanes.  Mis palabras no tienen amargura sino decepción.  Que sean ellas un castigo moral para quienes han traicionado su juramento (...). Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡No voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. 

Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente.  Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza.  La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo.  En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, crearon el clima (...). Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino.  Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse.  Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición».

Chile rindió homenaje el domingo pasado al presidente Salvador Allende, derrocado hace 43 años por el golpe de Estado que lideró el general Augusto Pinochet, con un nuevo llamamiento a la memoria, la justicia y la verdad. El acto principal se celebró en el Palacio de La Moneda, que fue bombardeado por aviones de la fuerza aérea quel 11 de septiembre de 1973. En las calles hubo ofrendas florales ante la estatua de Allende en la Plaza de la Constitución, junto a la sede presidencial, y la tradicional marcha organizada por organismos de derechos humanos hacia el Cementerio General, donde reposan los restos del exmandatario. «Cuarenta y tres años han pasado desde que en este mismo palacio se apagara momentáneamente la llama de la democracia, instalando la dictadura, el terrorismo de Estado y la arbitrariedad en el corazón de nuestra patria», dijo la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.

Bachelet manifestó que millones de chilenos han nacido después del golpe de Estado y de la recuperación de la democracia en 1990, aunque es necesario que todas las generaciones sepan lo que ocurrió en el país en esos oscuros años: «Tenemos frente a nuestros hijos y frente a los que se fueron la tarea de dar a la memoria el lugar que merece. De dar a la justicia la profundidad y el espacio que requiere, de honrar a nuestros muertos, sus nombres y sus luchas». Tal vez aquí habría que añadir que el golpe de Estado no fue producido por ninguna causa extraña a la alta traición de los militares golpistas en connivencia con los Estados Unidos, ya que una vez desclasificados los informes y papeles que, con carácter general se obtuvieron de USA sobre aquel golpe, hemos podido conocer que este país utilizó todos los recursos disponibles para poner fin el Gobierno allendista. El país norteño promovió y financió a la oposición chilena que, a su vez, impulsaba acciones de desestabilización como paros de transporte o huelgas generales. Y es en este sentido que en el informe Actividades de la CIA en Chile se puede leer: «La CIA también suministró ayuda a grupos militantes de extrema derecha para debilitar al presidente y generar una atmósfera de tensión».

Debo hoy y aquí confesarles que todos los años recuerdo en estos días a aquel gran presidente. Y vienen a mí una impotencia y unas lágrimas imposibles de detener. Mi pena es por él y por el pueblo chileno, por el terror de las dictaduras que, como la Chile o la de España, son veneno contra la libertad y sufrimiento criminal contra los pueblos, de aquel pueblo que se levantaba en la esperanza y que nos contaba José Luis en casa de Alberti. Por la vida y por la muerte, lloro de tristeza y angustia, por tanto crimen y por tanto desaparecido por la injusticia y el asesinato de pueblos, contra el crimen de los malditos fascistas y las fuerzas militares conocidas o las desconocidas pero enmascaradas en las agencias horror.

Este año creo que pasarán por internet el documental Allende mi abuelo Allende, realizado por su nieta Marcia Tambutti sobre aquel personaje tan inolvidable como excepcional. Puede ser un hermoso homenaje al Chicho (así le llamaban familiarmente).

Y, después de 43 años, puede que respire ajeno al terror, y sin lágrimas.

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