Palabras

Sueño y realidad en el Bosco

11.09.2016 | 04:00
Pedro Guerrero Ruiz

El Museo del Prado presenta, hasta el 25 septiembre, la exposición que conmemora el quinto centenario de la muerte de El Bosco, uno de los artistas más enigmáticos e influyentes del Renacimiento.

Heronimus van Aken (h. 1450-1516), conocido en España como El Bosco, nació y vivió en la actual Holanda, a la que vinculó su fama al firmar sus obras como ´Jheronimus Bosch´. Aún quedan unos días para ver una exposición esencial y completa de El Bosco, donde están las obras que hay en España y otras que han llegado hasta El Prado para conformar así una idea global de este genial pintor. ¿Por qué España ha sido el país elegido para esta exhibición y no Holanda, su país natal?

Por espacio y por conveniencia de tan descomunal obra pictórica trataremos de fundir aquí la idea del artista y su pintura en, tal vez, la más deslumbrante de sus obras, la más enigmática, influyente y compleja, El jardín de las delicias. De las 25 obras originales que existen de El Bosco, España tiene ocho, y seis de ellas están en El Prado. Y no sólo son seis; son seis de las más importantes. Esta ´enorme´ presencia de El Bosco en España se debe a la admiración que Felipe II sentía por él. Fue, junto a Tiziano, su autor favorito. Este último también fue para el veedor del Rey, el pintor Velázquez.

Hasta la fecha, he tenido la suerte de poder ver El jardín de las delicias muy cómodamente y sin tener a nadie delante, y es que, durante años, siempre que he ido a Madrid y he podido pasarme por el Prado este es uno de los cuadros de mi interés, y lo he logrado ver solo, con el interés de quien desea descifrar vida y pensamiento en el arte más complejo jamás conocido, porque para mí El Bosco representa parte importantísima de los prolegómenos de la pintura moderna y, en particular, este cuadro es representativo, por sí mismo, del surrealismo.
Antonin Artaud y el movimiento surrealista supieron extraer de este la raíz de sus propias prácticas artísticas, filosóficas y vitales. La razón produce monstruos, dijo Goya. Así la obra de El Bosco es una hermosa obscenidad refinada. Es un cómic antiguo y grotesco hecho performance en el siglo XXI, como bien ha dicho Laura Corcuera, quien añade: «Su huella en la tierra es una pincelada apretada, cuidada, precisa. El Bosco va más allá de la descripción. Su enunciación es un acto. Y enfrente, medio milenio después, la multitud encantada olvida por un momento las miserias, las crisis y las violencias cotidianas para observar la línea cambiante del horizonte (tan variable como el viento, el mercado o la imaginación). La multitud hormiga detenida ante el trazo, la huella, el color de un paisaje onírico. Una multitud detenida ante la observación provocadora de su paisaje interior. Lanzo ya la hipótesis [...]: esta exposición es una performance y El Bosco fue el primer performer visual de Europa. Lugares extraños, árboles personajes alucinógenas, figuras post-humanas, santos muy kitsch que podrían salir hoy de una fiesta marica, peces voladores, erotismo, un manuscrito sagrado, sexualidades ad libitum, tabúes, revelaciones, secretos, un amanecer, la luz del opúsculo, un castigo, la injusticia, una ciudad en llamas, las navetas de la hipocresía, un sueño, flores por el culo, un pato que lee, el nacimiento y la muerte. Un camino por andar. Un cielo que acariciar».

María Zambrano escribió que las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. «Hay cosas que no pueden decirse», y es cierto. Pero esto que no puede decirse, termina Corcuera, es lo que se tiene que escribir, pintar o performar. Esto, quizás, El Bosco ya lo sabía.

Esta obra es una de las pinturas más enigmática en la historia del arte. Su fantasía erótica, los mensajes cifrados, las fabulas poéticas, el conjunto del sueño o la parcelación de su retórica no perfumada, sino abierta a las pasiones y evocaciones, han fascinado durante siglos a todos los que han contemplado esta obra de cerca. ¿Qué ve el espectador cuándo mira este cuadro? ¿qué nos quería contar el pintor? ¿por qué creó está obra? Herejía para algunos, utopía o sátira moralizadora para otros, lo cierto es que el cuadro no deja indiferente a nadie. Cuando el tríptico, pintado al óleo sobre tres tablas, está cerrado, muestra en su parte exterior un globo terráqueo, la Tierra dentro de una esfera transparente aludiendo a la creación del mundo. Al abrirlo, aparece antes los ojos un verdadero jardín de imágenes oníricas.

El paraíso, con Adán y Eva, a la izquierda; la lujuria y los placeres de la carne, en el centro, y el infierno, a la derecha. La tesis del historiador Reindert Falkenburg es que el tríptico de El jardín de las delicias fue concebido como un elemento de conversación para la corte de los duques de Nassau. Esa conversación, que comenzó hace quinientos años en Bruselas, continúa ahora con las reflexiones de Falkenburg y las de otros protagonistas como escritores, historiadores, músicos y artistas, que van abriendo pistas para ayudar al espectador a entender el cuadro, el pintor y su época.

Dice J. M. Costa que El Bosco volvió a ponerse en boga, los surrealistas encontraron en él una verdadera mina y la psicodelia de los 60 lo puso definitivamente en órbita popular. De todas formas, lo que hoy se exhibe en El Prado como una gloria de la colección, El jardín de las delicias, se exponía hace unas décadas junto a una puerta en una de las grandes salas y con bastante mala iluminación. El Bosco no era tan apreciado, por mucho que se diga, sobre todo porque las dificultades inherentes a su obra y trayectoria le hacían aparecer un poco como una especie de ensueño extraño, raro e inclasificable de la realidad pictórica. Eso sí, avalado desde siempre por los filósofos del arte y aquellos pensadores que saben que su huella es inmortal. Pero ahora, quinientos años tras su muerte, seguramente ha llegado el momento para volver a apreciar su trabajo en el contexto en que se produjo. El racionalismo sigue dominando nuestro pensamiento pero hoy sabemos y sentimos que las imágenes de El Bosco pertenecían a un mundo que nunca se fue del todo, sino que permanece en el subconsciente mientras el der humano vive, piensa, o sueña.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine