Dulce jueves

La balada de Oscar Wilde

08.09.2016 | 04:00
La balada de Oscar Wilde

Cuánto depende nuestra vida de las cosas que no entendemos, de lo que nos dicen y no escuchamos, de las señales que no somos capaces de descifrar. Todas esas cosas van abriendo cráteres en la parte invisible de lo que vivimos de tal forma que aunque creemos olvidarlas nunca desaparecen, ni siquiera se hacen pequeñas; permanecen ahí como si estuvieran a la espera de cobrarse su precio. Y cuando ese día llega, si ya no pueden causar dolor se vengan mostrándonos lo inconscientes que fuimos en la felicidad. Cerramos entonces la puerta al pasado sin atrevernos a preguntar si lo vivimos como se merecía.

En una esquina de Merrion Square en Dublín está Oscar Wilde encaramado a una enorme roca de cuarzo en una postura que lo representa en su madurez, todavía con la chulesca actitud con la que mejor se le recuerda: zapatos relucientes, chaqueta de terciopelo verde con puños y cuello de color burdeos, una pipa en la mano y la sonrisa trazada con el sarcasmo habitual de sus diálogos dramáticos. Semioculto entre los árboles, está recostado sobre la piedra lisa, pero alza ligeramente la cabeza para asomarse por encima de la verja del jardín y mirar hacia las ventanas de su casa.

Me he acordado de esta escultura de piedra al leer en el periódico que la cárcel en la que pasó dos años al final de su vida está vacía y se ha convertido en un centro de cultura y homenaje a artistas que han sufrido prisión. Wilde fue condenado por conducta indecente cuando estaba en la cima de su carrera. Al salir de la cárcel era un hombre arruinado y despreciado que pasó sus últimos días en París con una nueva identidad. Pobre, alcoholizado y solo, no escribió ninguna obra de teatro más, aunque sí el poema La balada de la cárcel de Reading. Cada domingo en la capilla de la prisión diferentes artistas leen fragmentos de De profundis, la carta de Wilde al amigo que lo traicionó. En ella dice que «el mayor de los vicios es la ligereza; todo lo que llega hasta la conciencia es justo». Esa frase aparece subrayada con lápiz en el viejo ejemplar de esa obra que un amigo me regaló hace muchos años. Hojeo el libro y leo una y otra vez la dedicatoria, a punto de descubrir el mensaje que nunca llegué a entender.  

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