El show de Samsa

Los héroes quietos

29.08.2016 | 04:00
Pedro Pujante

Bartlebys ha habido muchos y de todos los colores. Chicos desentendidos del mundo que han optado por hacer de la pérdida una causa perdida, que han decidido ser ociosos y abanderar la desidia extrema con el lema ´prefería no ser´.

Enrique Vila-Matas pergeñó un libro sobre los procastinadores literarios, esos muchachos que, como el escribiente de Melville, prefirieron no hacerlo: desde Rimbaud, pasando por Rulfo o Salinger, escritores de páginas vacías.

Esta especie de nihilismo vital se podría extender a otros campos menos loables que la escritura. Hay personajes ficticios que han decidido decir no a otros asuntos. Por ejemplo, Peter Pan, quien dijo no a la adultez. O este otro Pan moderno que es Joseph Kowalski, personaje de Ferdydurke. Un treintañero que se ha plantado y ha comenzado a vivir como si fuera un adolescente, acudiendo al colegio y enamorándose perdidamente de una chiquilla deportiva y colegiala.

A algunos la desidia les ha llevado a no moverse de la cama. Oblómov es un personaje ruso que no sale de su habitación, que duerme y bosteza y que no hace absolutamente nada de provecho a lo largo de gran parte de su existencia novelesca. Algo similar a algunos héroes de Kafka, que atienden sus asuntos desde su lecho, como al parecer le ocurrió a Onetti en los últimos años de su vida o a ese hombre que duerme de la novela de Perec, o al protagonista de El cuarto de baño, de Toussaint; o como John Giorno, el amigo de Warhol que protagonizó el film Sleep; Una cinta en la que Warhol filmó a Giorno mientras dormitaba durante más de cinco horas. Casi nada, que es mucho decir.

Hay otros héroes quietos. Héroes inmóviles o bartlebianos, que dicen no. Los novios de la obra El no, de Virgilio Piñera, se niegan en rotundo a comulgar con la sociedad en la que viven. Personajes beckettianos en espera de la nada, en constante reproche con el mundo que los quiere enredar en su rueda imparable de convenciones y afirmaciones Hay más ejemplos de estatismo, a veces llevado a órdenes gregarios, que traspasan la esfera de lo personal. Por ejemplo, tanto Julien Gracq, como Coetzee o Buzzati han dibujado escenarios desolados en los que tenían lugar guerras que no llegaban a fraguarse. Por razones misteriosas, por mera desidia de los contrincantes, el tiempo parecía suspenderse en un limbo difuso e indefinido alargando o deteniendo la acción. Como ese primigenio y bartlebiano Aquiles del que nos habla Zenón, que persigue a la tortuga sin éxito a lo largo y ancho del tiempo.

Si el héroe clásico se alimentaba de sus propias hazañas, si se definía por sus acciones, el nuevo héroe, desde Alonso Quijano, que por no ser no era ni caballero andante ni tan siquiera era realmente Don Quijote, se caracteriza por no hacer nada. Por estarse quieto, en silencio. Por decir NO. Por no acumular en su haber más méritos que el de haber sabido renunciar a la vida, a esa extraña sucesión de acontecimientos, que como insinuaba Lennon, le ocurre a los demás mientras estamos sin hacer nada.

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