Es la economía

A qué 'juegan' nuestros políticos

28.08.2016 | 04:00
Juan Antonio Gisbert

Los psicólogos dicen que para los niños es muy importante jugar, porque ello forma parte de su proceso formativo, les ayuda a experimentar y a resolver problemas. Los juegos, sean para niños o para adultos, son un modelo; un modelo de situaciones conflictivas –cuando los jugadores se enfrentan– o cooperativas, con pautas que, a menudo, se repiten en el mundo real.

Los científicos han desarrollado modelos matemáticos para analizar los juegos; los estadísticos, por ejemplo, han diseñado tácticas vencedoras en juegos de azar. Pero no todos los estudios sobre juegos se dedican a analizar los elementos aleatorios, lo que conocemos como teoría de los juegos está enfocada al análisis de los comportamientos estratégicos.

Se reconoce al matemático John von Neumann la paternidad de esta disciplina. Von Neumann cooperó con el economista Oskar Morgenstern en el desarrollo de esta teoría para aplicarla a la resolución de problemas económicos, y juntos escribieron, en 1944, Theory of Games and Economic Behavior (Teoría de juegos y comportamiento económico). Desde entonces, la teoría de juegos ha alcanzado un alto grado de sofisticación matemática y ha demostrado su capacidad para la resolución de problemas en el campo de la Economía; pero no sólo los economistas se han beneficiado, también los psicólogos, los juristas, los sociólogos o los politólogos.

A pesar de su complejidad, hasta un libro introductorio de Economía (por citar solamente un ejemplo: Frank & Bernanke, Principios de Economía) nos enseña que la teoría de los juegos estudia la forma en que se comportan los agentes en situaciones estratégicas. En esencia hay dos tipos de juegos, que plantean problemas diferentes y que exigen formas diferentes de análisis. Si los agentes se comunican y negocian nos encontramos ante un juego cooperativo, cuyo estudio se circunscribe al análisis de las posibles coaliciones, o acuerdos, y a su estabilidad.

Pero los hay en los que los agentes no pueden llegar a acuerdos previos; son los conocidos como juegos no cooperativos. Cuando los jugadores no cooperan, los resultados de una estrategia determinada dependerán de cómo respondan los adversarios; por ello, antes de decidir cuál es nuestra mejor opción, debemos prever cuál va a ser la respuesta de los demás, e incluso, a su vez, cómo reaccionaríamos nosotros y qué otras posibles réplicas provocaría nuestra respuesta.

Para simplificar, supongamos que existen solamente dos jugadores: cuando uno de ellos tiene una estrategia que da lugar a los mejores resultados, cualquiera que sea la respuesta que adopte el otro, se dice que ese jugador tiene una estrategia dominante. Por el contrario, se conoce como estrategia dominada cualquier otra estrategia de la que disponga un jugador, que también tiene una estrategia dominante.
Si he conseguido que llegara usted hasta este punto, puede que, ahora, le vea usted algún sentido al título de este artículo.

En muchos aspectos de la vida real, las cosas no suelen ser tan simples, y podemos encontrarnos con ´juegos´ en los que intervienen más de dos ´jugadores´. Sabemos que para que el parlamento elija a un presidente de gobierno hace falta, en primera votación, la mitad más uno de todos los diputados (176 de 350), o bien, en segunda votación, que el candidato consiga más síes que noes.

En las elecciones del 26J, hubo 9 partidos o coaliciones que obtuvieron representación parlamentaria (con independencia de lo que, posteriormente, hayan decidido hacer a la hora de formar grupos). De esos nueve, cuatro (PP, PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos) absorben casi el 93 por ciento del total: 325 de 350 diputados. Sin lugar a dudas, juegan el papel más relevante a la hora de investir a un próximo presidente del gobierno, aunque la elección de la mesa del Congreso demuestra que existen otros que pueden jugar un papel determinante para la formación de una mayoría suficiente para el fin que nos ocupa.

El presidente del partido que ha obtenido la minoría mayoritaria, PP, con 137 diputados, ha recibido el encargo de someterse a la investidura. Y para lograrlo, desde el primer momento, ha diseñado una estrategia dominante: el PSOE debe apoyar la investidura de Rajoy, por activa (votando a favor, lo que permitiría alcanzar el resultado en primera votación) o por pasiva (absteniéndose, lo que, en segunda votación, hace imposible que existan más noes que síes, siempre y cuando, como resulta incuestionable, todos los diputados del PP voten afirmativamente). Desde esta perspectiva, todos los demás partidos son, a los efectos de la elección del presidente, absolutamente prescindibles.

De esta forma, lo que palmariamente es un juego no cooperativo (nadie esperaría que el Real Madrid y el Barcelona no se enfrenten por el campeonato) se convierte en uno cooperativo. Obviamente estamos ante un intento de manipular el mundo real.

Lo cierto es que nos enfrentamos a un juego que se ajusta al modelo del dilema del prisionero. Estamos ante un dilema del prisionero cuando cada jugador tiene una estrategia dominante y cada uno la elige, dando lugar a un resultado peor que si hubieran elegido una estrategia dominada. El dilema del prisionero nos muestra que, en determinadas situaciones, es difícil que los agentes cooperen, incluso cuando la cooperación pudiera resultar beneficiosa (cosa que, a priori, no saben).

Tenemos, pues, un dilema del prisionero con 9 potenciales jugadores o, simplificándolo bastante, de 4. Desde esta visión más real, si el PP quiere la presidencia del gobierno (es el partido con más posibilidades de alcanzarla), tiene dos posibles estrategias: presentar a Rajoy (como ha elegido, al menos de momento) o presentar a otro candidato (lo que actualmente está descartado). PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos, a su vez, tienen tres opciones, votar a favor, en contra o abstenerse. Esto da lugar a 24 posibles situaciones diferentes, (2x4x3), aunque algunas de ellas resultarían indiferentes para investir al candidato.

A estas alturas, todo apunta a que uno de los jugadores, Ciudadanos, ha decidido pasar de tener una estrategia dominante, a tener una estrategia dominada, lo que –de confirmarse con absoluta certeza– simplifica el número de posibles situaciones, reduciéndolas a 18 (2x3x3).

Sin embargo, no importa que esta sea la realidad; la estrategia dominante del PP es situar al PSOE como responsable de que exista o no gobierno, por tanto, de que vayamos o no a unas terceras elecciones. Pero este es otro juego muy reconocible, el juego del gallina, en el que, en este caso, Rajoy juega el papel de halcón (en otras versiones, el chulo) y presiona para que Sánchez juegue el de paloma (en otras versiones, el gallina). Para quienes conozcan el juego, Rajoy ha tirado el volante por la ventanilla y no piensa frenar. Declarada esta estrategia, la teoría dice que lo ´razonable´ sería que Sánchez girara el volante para evitar el choque. Pero eso, a pesar de la peligrosidad del juego al que nos somete Rajoy, no siempre sucede, y, en tal caso, la responsabilidad de la colisión tendrán que compartirla todos, siendo el presidente en funciones el principal actor.

La teoría de los juegos es muy útil para analizar este u otros problemas, para diseñar estrategias, e incluso para poder explicar la posición de cada uno, pero no es eficiente para predecir qué es lo que va a suceder.

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