Dulce jueves

La chica de Exeter

25.08.2016 | 04:00
Enrique Arroyas

El cielo está tan claro que todavía se ve la luna menguante flotar a merced del viento y esparcirse entre las nubes como polvo de talco. Desde la terraza del bar de la universidad se puede contemplar el horizonte ondulado de las colinas de Exeter y, en la parte de abajo, el río que discurre plateado cuando no se oculta en los bosques. Hasta aquí solo llega el graznido de las gaviotas, que vuelan arrastrando sus sombras sobre los tejados. En el suelo van desapareciendo los restos de la escarcha que por la noche hacía crujir las pisadas.

En la fiesta de anoche estuve hablando un buen rato con una chica, aunque apenas recuerdo lo que me dijo, y ahora he subido a la terraza con la esperanza de volver a encontrarla. Primero la vi sentada en el césped con las piernas encogidas a la contraluz del jardín, desde el que las hojas del laurel mojado parecían iluminar su pelo. Estaba recostada sobre una maleta y miraba pensativa una fuente de piedra. Me detuve un momento y estuve a punto de preguntarle si podía ayudarla, pero apenas la conocía y no me atreví. Más tarde, ya en la fiesta, volví a verla sola y entonces sí hablamos. Me contó que era muy feliz, pero que después de un año en la ciudad le había llegado el momento de partir. No llegó a decirme dónde porque desapareció repentinamente como la franja amarilla del cielo que al anochecer cayó detrás de las colinas.

Ahora me he acordado de un poema que escribió Edward Thomas, quizá muy cerca de aquí. En ese poema, que se titula Llueve, dice que es tan feliz como es posible serlo, explorando los bosques a su antojo e «imaginando a dos que caminaran / y se besaran ajenos a la lluvia».

¿Quiénes son esos dos cuya evocación es suficiente para hacernos sentir que la vida está bien? Si alguna vez existieron, todavía deben andar por ahí caminando juntos bajo la lluvia. La chica parecía haber perdido algo y, como el poeta, se lamentaba de que nunca, si no era sola, volvería a caminar por los bosques de Exeter. Si me hubiera acordado entonces del poema, podía haberle dicho que si se lleva con ella la escarcha del laurel, como ´diamantes de lluvia´, el pasado volverá con la luz.

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