Lo que hay que oir

El jurisprudente jurisdiccional

13.08.2016 | 04:00
El jurisprudente jurisdiccional

Dormitaba yo cierta película yanqui que pasaban por la tele un sábado estival cuando me disipó el sopor una frase expelida por uno de los personajes, policía de paisano, aunque el doblaje lo transformase en ´detective´. Así gritaba: «¡No podemos actuar en Santa Mónica. Allí no tenemos jurisprudencia!». Vaya por Dios, me dije, ya se ha muerto la palabra ´jurisdicción´: llámase ahora ´jurisprudencia´. Descanse en paz.

Así será si lo quieren los hablantes, pero yo no lo veo la razón, pues tanto uno como otro término designan conceptos claros y diferentes, o los designaban, por lo menos. A ver qué nos dicen los diccionarios y la costumbre. Es la jurisprudencia la ciencia del Derecho. Por lo tanto, es correcto y se entendía muy bien que alguien nos informase de que había empezado sus estudios en la Academia de Jurisprudencia. Además, el vocablo nombraba al conjunto de las sentencias de los tribunales, y la doctrina que contienen. Por último, la usábamos divinamente cuando invocábamos el criterio sobre un problema jurídico establecido por una pluralidad de sentencias concordes. Valía, por lo tanto, decir: «La urisprudencia, o sea, la doctrina reiterada del Tribunal Supremo, constituye fuente indirecta del Derecho». Nuestros policías de paisano de la película disparataban, pues: «¡No podemos actuar en Santa Mónica. Allí no tenemos doctrinas reiteradas de los tribunales ni un conjunto de sus sentencias!»

O sea, que se confundían los ´detectives´ o sus dobladores. Mal asunto si el error es de la autoridad. Mal si es de un profesional que vive de su lengua. Seguro que querían emplear ´jurisdicción´, que sería, en el caso que nos ocupa, el territorio al que se extiende una autoridad. Los agentes no podían actuar en la citada localidad californiana (no tenían jurisdicción sobre ella o en ella) al no contar con autoridad en la misma (la jurisprudencia no les amparaba allí). Con mucho humor, cierto concejal de seguridad ciudadana me contaba cómo había acompañado al equipo de fútbol de sus amores a un partido en una comunidad autónoma limítrofe con la suya. Al final del encuentro, se formó cierto desbarajuste en la evacuación de aficionados por lo que nuestro hombre quiso colaborar al buen fin del asunto indentificándose ante el policía al mando del dispositivo (u ´operativo´). Pero no debía estar el horno para bollos y obtuvo como respuesta un desabrido: «¡Pues aquí usted no manda nada!» (Es decir: está usted fuera de su jurisdicción). Menos mal que nuestro edil lo resolvió con su saber estar y su gracia: «Ya, hombre, ya.

En mi ciudad tampoco mando nada. Solo era para echar una mano». Y estas menudencias del lenguaje acabaron por llevarme a Jovellanos, ahora que el español mundo rezuma fiestas para agarrarnos a agosto. Ahí va el pedazo de cita: «Aunque los saraos o bailes nobles y públicos no sean acomodables a pequeñas poblaciones, rara ciudad habrá en que no puedan celebrarse algunos con lucimiento y decoro. Dirigidos por personas distinguidas, costeados por los concurrentes, arreglado el precio de los boletines de entrada con respecto a su número y a la exigencia del objeto, y bien establecida su policía, ¡cuán fácil no fuera disponer esta diversión, y repetirla en las temporadas de Navidad y Carnaval, en que la costumbre pide algún regocijo extraordinario! Donde hubiere teatro o casa de comedias, el magistrado público pudiera franquearle a este fin. Donde no, tampoco faltaría otro edificio, público o privado, conveniente para el objeto. El magistrado, lejos de desdeñar esta intervención, debiera prestarse voluntariamente a ella, sin tomar en la diversión más parte que la necesaria para fomentarla y proteger el decoro y el sosiego del acto, y aún esto sin forma de jurisdicción o autoridad, que se avienen muy mal con el inocente desahogo». Palabras tan claras y distintas como ´jurisprudencia´ y ´jurisdicción´ y tantas otras camino llevan de batiburrillarse (perdón por el neologismo) para mayor confusión de todos. Pues aunque exista jurisprudencia lingüística no parece que la jurisdicción analfabeta conozca límites.

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