Buenos días

Irse

02.08.2016 | 04:00
Irse

Pienso de un modo habitual en la muerte. Lo hago para no olvidar que no somos más que un guiñapo bañado en oro –como el becerro del desierto– y, además, para recordarme que algún día habrá que admitir que seré un viejo y, así, abrazar a la huesuda antes de que todo sea olvido y decrepitud. Algunos lograron convertirlo en poesía. A Jeff Buckley se lo llevaron las aguas del río Mississippi. Cuentan que la corriente se lo tragó vestido, y que él, de algún modo, se dejó llevar tras dejar el magnífico Grace como genial epitafio. Ocurrió –y esta vez es una certeza– en el hogar de Sylvia Plath. La poeta protegió a sus hijos del gas del horno donde se recostó para olvidar que era mujer y convertirse en mito. Y Alfonsina –¡cómo lo canta Calamaro!–, que se perdió en el mar, que se fue «con su soledad» y su locura. Sí, hay que pensar en la muerte. Y no por aquello de que «la vida son dos días» y hay que aprovecharlos, sino más bien por lo que dejó escrito Gil de Biedma. Acaso no hay verdad más bella: «Envejecer, morir,/ es el único argumento de la obra».

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