Así lo llevo

El ascensor

28.07.2016 | 17:32
El ascensor

Nos habían encargado escribir una colaboración a medias. Se trataba de hacer un diálogo en el que sólo aparecieran las intervenciones de los personajes sin más acotaciones, descripción o narración. Era una colaboración desinteresada, me venía fatal de tiempo y no me apetecía para nada, pero Fran es amigo y nunca he sabido decirle que no.

Al tipo en cuestión, a mi compañero de la ficticia conversación, no lo conocía en persona y poco había oído hablar de él. Lo había leído en alguna ocasión, pero estos últimos días, desde que Fran había propuesto nuestra participación, lo estaba siguiendo con más atención. Había buscado incluso imágenes suyas en Google movida por la curiosidad, pero en todas aparecía con sombrero y gafas de sol. He de reconocer que tenía una pinta bastante interesante. La verdad es que leyéndolo me lo había imaginado como un tipo apuesto y hasta podía escuchar su voz en cada página. Sus textos jugaban con una perfecta combinación de violencia, elegancia, sensibilidad y música. El tío sabía lo que se hacía. Ofrecía ese tipo de literatura que te atrapa sin renunciar a la calidad. Eran, en su mayoría, relatos breves en los que te colabas de manera irremediable, atrapado por el ambiente de humo, juego y jazz y acababas amando u odiando a los personajes que menos esperabas, cuando menos lo esperabas.

En fin, que casi me lamentaba por haberlo leído, me hacía sentir muy pequeñita y torpe y maldije a Fran por haberse acordado de mí. Fran nos propuso quedar en una cafetería, hacer las presentaciones y hablarnos de un proyecto futuro si veíamos que funcionábamos bien juntos en esta primera ocasión. Inmediatamente, pensé en declinar su amable oferta, la de la cafetería, pues después de haber leído a mi compañero de letras, presentía un peligro inminente y no quería que la relación pudiese ni de lejos traspasar el límite de lo profesional. Por favor, que el último mes me había enamorado veintisiete veces, ¡Basta ya! Decidido, iba a llamar a Fran y pedirle el correo electrónico del personaje pues si algo tenía claro es que los lazos afectivos no se llevaban bien con el trabajo. Lo sabía, me estaba armando un poco la película, pero prefería evitar cualquier riesgo por remoto que fuera.

- Hola, Fran. Seguro que te pillo bien, sé que siempre es un buen momento para hablar conmigo (Escuché su encantadora risa al otro lado)- Respecto a lo de vernos en Atticus con este muchacho, no sé cuándo hemos quedado pero me viene mal.
- Jajaja, Sofía, ¿qué tal, locuela? Si no sabes ni la fecha, quedemos que tengo muchas cosas que contarte e interesantes ofertas para ti. Ya está bien de volar bajito y en solitario.
- En serio, Fran, estoy bien como estoy y respecto a ese encuentro, de verdad, de verdad, que mi madre no me deja.
- Jajaja, mira que eres cabezona. ¿Cómo trabajaréis? ¿Por telepatía?
- Bueno, yo había pensado en algo que requiera menos esfuerzo mental, algo así como que me dieras su correo.
Como quieras, cobardica. Apunta: laspuertasdelaverno@gmail.
- ¿En serio? Será presuntuoso, pretencioso, prepotente y todo lo que empiece por pre.
- Sí, Sofía, así es, la policía siempre investiga los correos electrónicos de los sospechosos, pueden llegar a decir mucho de una persona.
- Vale, Fran, hasta luego. Tengo cositas que hacer, por supuesto, no tan interesantes como hablar contigo y que te rías de mí.
- Ciao, loca.

No esperé a llegar a casa y desde el autobús le envié el primer correo electrónico con un pretendido y estudiado tono aséptico, rápido, directo y breve, como un mal polvo. Su respuesta no se hizo esperar.

«Estimada y desconocida Sofía:
Sofía... ¡quién la pillara! ¿verdad? La sabiduría... Me han dicho que te ha gustado mucho mi correo y que te has creado un segundo mail, laspuertasdelaverno2. Me parece un detalle entrañable por tu parte. Dime cuándo nos vemos. Emoticono de beso en la frente aquí. Corto y cambio».

Sin duda el imbécil de Fran se había ido de la lengua y le había puesto en antecedentes. Me sentía furiosa y en desventaja, dos sentimientos que siempre vale la pena ocultar. Le respondí a los dos días. Que espere, me dije, a ver si se le pasa el buen humor.

«Perdona que no haya contestado antes pero el correo me va fatal y no me apetecía. No podemos vernos, ya te habrá dicho el discreto de Fran que mi madre no me deja. Pero por este medio podemos comenzar una tormenta de ideas, si te parece bien».

Su respuesta, inmediata:
«¡Huy!, me pillas en muy mal momento ahora para intercambiar fluidos electrónicos, pero lo de la tormenta me ha puesto romántico y no he podido evitar contestarte. Sofía, ¿qué haremos con la calma que sigue a la tormenta?»

Mi compañero en potencia aprovechó la tontería de que el correo electrónico me iba mal para pedirme el Whatsapp. Ese movimiento es de primero de relaciones digitales, pero miré para otro lado. Las conversaciones eran fluidas e iban subiendo frecuencia y tono. Sin embargo, no avanzábamos en el diálogo para Fran. Bromeábamos diciendo que íbamos a despachar al bueno de Fran enviándole las capturas de nuestras conversaciones y que hiciera un corta y pega, total todo lo que hablábamos eran genialidades, decía el descarado.

Un buen día entró un nuevo mensaje en mi bandeja. Me extrañó porque hacía tiempo que habíamos abandonado ese medio. Sólo Whatsapp y sólo texto, nada de fotografías o vídeos, nada de llamadas ni audios. Aún no sabía si la voz que leía sus páginas por mí era la correcta o una impostora. Sus ojos también eran un misterio. Sus manos, lo único que dejaban al descubierto las fotos de Google, me encantaban.

«Querida desconocida:
Cuanto más la conozco a usted, más me desconozco yo. Eso no me gusta nada, pero no soy rencoroso así que le informo de que hoy, como cada día, voy a comer en el Continental, sé que a usted esto de quedar siempre le viene mal, lo mismo es porque no le gusta que la vean comer en público, por eso he reservado habitación para dos y así podemos comer y trabajar fuera de incómodas miradas. Yo estaré en el hall sobre las dos y media, a las dos y treinta y cinco en el ascensor y a las dos cuarenta comiendo contigo, por ti o a ti, ya se verá».

Este tío es idiota, me encanta. Sofía, vamos a ir, vamos a comer y a trabajar, me prometí. Pobre Fran, se lo debo.

Cogí un taxi, a las dos y veinticinco estaba en la puerta del hotel, a las dos y veintiséis vibró mi móvil, podía verlo a él de espaldas a la puerta consultando el reloj. Era un whatsapp suyo: «Antes de que llegues al ascensor te habré besado».

Sonreí, lo demás es otra historia.

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