Desde la Torre Amores

En el oportuno estío

"Cada instante, cada segundo, ha de contemplarse como el más óptimo, genuino y embriagador de felicidad de nuestro universo"

11.07.2016 | 04:00
Juan Tomás Frutos.

El verano, como sabemos, invita a la reflexión, fundamentalmente porque, en teoría o en la práctica, estamos en tiempo de vacaciones, esto es, en un período propicio para tomarnos un poco de descanso y para otear las cuestiones esenciales y, asimismo, aquellas que no lo son tanto, percibiéndolas con más perspectiva incluso.

Cada nuevo estadio debe recoger los mejores beneficios del anterior o anteriores, y así debemos procurar obtener un poco de partido de la experiencia acumulada, que siempre es poca a la hora de descifrar el objeto de la existencia humana. Por ende, reflexionar y filosofar en el mejor sentido o apreciación es siempre un hábito edificante que debemos defender y sustentar.

En el recorrido histórico, en el de cada cual, palpamos hechos, personas y circunstancias de toda complacencia o gusto. Hay quien, desde una mirada pesimista, vocifera que estamos en un tiempo de descuento, y, en consecuencia, a su juicio, cada día que pasa es una jornada menos. Conviene alejarnos de esas personas.

Hemos de preferir una interpretación más leal, honesta, relumbrante, llena de opciones, esto es, debemos divisar de otra manera más ilusionante y positiva: cada 24 horas suman una unidad de vacaciones que se añade, o debe, a la fortuna que disfrutamos constantemente, habitualmente, casi sin percibirlo, en la condición de estar aquí, en el Planeta, en esta dimensión. Los milagros cotidianos no se interpretan de esta guisa, aunque deberíamos.

Cada instante, cada segundo, ha de contemplarse como el más óptimo, genuino y embriagador de felicidad de nuestro universo. No hay tantas posibilidades como nos gustaría, pero las hay. A veces las cartas vienen mal dadas, mas hemos de girarlas para rendirles el supremo jugo. Lo fácil no viene rápido, y, cuando así procede, corremos el riesgo de que se nos vaya raudamente también.

Debemos sacar provecho hasta de la tarea más reiterada y silente, por estrecha que sea. Si la afrontamos con alegría será menos sacrificada. Todo pasa muy deprisa como para perder lo más valioso: nuestras vidas. Meditemos sobre muchas mezquindades, sobre tropiezos inútiles y sobre estandartes que no conducen a parte alguna. Lo nimio debe quedar atrás, a un lado. Demos frescura a lo "normal" y liberemos cuerpos y almas.

Por lo tanto, puede que lo más inteligente sea ver cada salida de sol como una era de vacación, en el sentido de jovialidad, de preámbulo respecto de unos motivos de contento. Lo es. Es una suerte estar respirando y conscientes, mas hemos de demostrarlo en nuestro interior y externamente. La llamada, la vocación, se ha de cargar de esperanza y de credibilidad en los eventos que se suceden y que están por ocurrir. Vislumbremos lo oportuno.

Las vacaciones, por deducción, tanto si las comenzamos como si no lo hacemos en estos días (cada vez andan más "deslocalizadas"), se han de prolongar eternamente, porque si nos deleitamos con cada hora que exprimimos, sea lo que fuere lo que emprendemos, el sosiego está asegurado desde el entretenimiento y en la seguridad de que lo pasamos estupendamente porque no vemos duras faenas sino realización personal y puede que hasta colectiva en cada menester.

Compañeros y compañeras, depende de nosotros. Lo escudriñamos. No alberguemos miedo, que todos, verdaderamente, tenemos derecho a estar aquí.

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