Espacio Abierto

Solimán ante las urnas

07.07.2016 | 04:00
Solimán ante las urnas

La historia pone ante nuestros ojos, entre otras cosas, los problemas que han ocupado a quienes nos precedieron. Y cómo los han afrontado. Unas veces torpemente, otras con brillantez. El repertorio va desde grandes desastres a éxitos rotundos pasando, que de todo hay, por victorias pírricas. Y es así como la historia se convierte en magistra vitae, maestra de la vida que enseña sin moralizar ni adoctrinar porque, a diferencia de los modernos holligans de la educación en valores, se limita a ofrecer al hombre su testimonio. Y el que quiera escarmentar bastante tiene con la cabeza ajena. Y quien quiera ignorar la historia, volverá a tropezar con la misma piedra.

Hay un pasaje de la historia europea que me ha venido a la cabeza estos días, a raíz de las recientes elecciones. Recordarán que el emperador Carlos estuvo enzarzado prácticamente toda su vida en contiendas diversas. A las guerras con el francés Francisco I (al que logró hacer prisionero) hay que añadir mil conflictos esparcidos por toda Europa y norte de África por no mencionar algunos asuntillos en el Nuevo Mundo que no vienen ahora al caso. Sí es el caso, si queremos que esta página de la historia arroje luz sobre las últimas elecciones, señalar que todas las trifulcas en que anduvo tienen el común telón de fondo de lo que podríamos denominar la Europa cristiana. El paradigma cultural que comparten los distintos reyes, los príncipes alemanes aliados en torno a Lutero incluidos, es un mismo modo de concebir el hombre y el mundo, la vida, la muerte y el sentido de todo el más acá y el más allá. Dentro de ese paradigma cultural cabe disputar con Francisco sobre el Milanesado, y luchar (con tiento, no vayamos a topar con la Iglesia) con ese señor feudal que reina en Roma; en fin que, como lanza el pirata desde su temido bajel: ahí mueven «feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra». Pero cuando el sultán otomano Süleyman I asoma la coleta por Oriente no estamos ante un ciego rey más: se pone en cuestión el marco compartido mismo. Solimán no pretende jugar una buena mano: quiere romper la baraja. Es enemigo de todos a la vez. De ahí que no faltase quien propusiera la conveniencia de unir fuerzas frente al adversario común, salvar la civilización occidental y luego ya a lo nuestro, a ver quién se queda con el palmo de tierra en Flandes o Milán.

Diré ahora mi tesis relativa a las elecciones del 26J. En mi opinión, y refiriéndome sólo a los cuatro grandes partidos, las han perdido tres pero no las ganado el PP. Y ahora me explico, por si interesa.

Todos recordamos que en las elecciones de 2015 irrumpieron con fuerza dos partidos: Podemos y Ciudadanos. Intentaron convencernos de que el viejo bipartidismo PP-Psoe rezumaba corrupción y estaba anquilosado. Los partidos jóvenes venían a regenerar la vida política y la democracia, en suma.

En las de 2016 surge, sin embargo, un elemento nuevo. Aparece Solimán el Magnífico. Y entonces la cuestión no es qué pesa más si los Pujol, los Ere o los Bárcenas. El asunto se polariza de tal modo que, siendo todo lo indicado (y mucho más) de enorme trascendencia, lo que hay sobre el tapete y sobre lo que somos convocados es otro asunto. Es, nuevamente, una elección entre dos alternativas. Pero no se trata ahora del bipartidismo (elección entre dos partidos), sino entre dos sistemas políticos. En las elecciones del 26 J hemos elegido si queríamos permanecer en un régimen democrático o si optábamos por uno totalitario. Y al igual que ante Solimán la cuestión de Lutero o el problema de Alsacia son perfectamente irrelevantes, lo eran en estas elecciones los elementos programáticos de las distintas formaciones.

El PP no ha ganado ni por sus argumentos, ni por sus gestos. No es que su dolorosa política de saneamiento de la economía haya convencido por fin a los españoles que ven la reactivación, el descenso del paro y demás síntomas. No es que haya recuperado a quienes lo abandonaron en 2015 enfadados porque su política no responde a los valores de sus votantes. No. A mi juicio, los votantes del PP en 2016 no han votado al PP. Han votado por la democracia. Porque el único partido que encarnaba en estos comicios este marco constitucional inequívocamente era el PP. Bien haría el PP en tomar nota. Que, expulsado Solimán, volvemos a disputar por cada palmo de tierra con la pérfida Albión y con cada Astérix local. Sigue vigente el mensaje que se le envió en 2015.

Mi generación ha asistido a todas las elecciones que ha habido en España desde la Transición y, como en el chiste, siempre ocurría que el perdedor decía aquello de «ha ganado la democracia». Era mentira: la democracia era el marco que permitía relegar a quien no nos convencía y echarlo simplemente metiendo una papeleta en la urna. Es la primera vez que es verdad que ha ganado la democracia. Porque es la primera vez que se la ha cuestionado seriamente en las urnas.

Han perdido los otros tres partidos, es decir, el bloque totalitario. Porque eso es y fue siempre el comunismo que ha galvanizado a la izquierda. Y en ese ala estaba el Psoe, haciendo la travesía del desierto al que le llevó las políticas de Zapatero (el mejor presidente de España según Solimán). El sector democrático del Psoe debe mostrar que, como les señala hasta Felipe González, permanecer en este bloque es la muerte de la democracia y del Psoe mismo. Debe, por tanto, propiciar que gobierne el PP si no quiere perder a sus votantes demócratas.

Y en este bloque estaba también Ciudadanos que, en no pocos lugares, ha dado el gobierno a Solimán. Así lo han sentido quienes no lo han votado. Rivera ha gestionado mal los resultados de 2015. No ha sido consciente de que ha ido de compañero de viaje o 'tonto útil', por usar la terminología ortodoxa entre ciertos socialdemócratas. Ciudadanos habría sido otra cosa y todavía puede serlo si entiende que salvar la democracia es la prioridad. Salvar la democracia hoy es hacer posible que gobierne el PP. No por mérito (ni por demérito) del PP, como he dicho. Y Ciudadanos puede conquistar el centro pero sólo si primero contribuye a salvar un sistema en el que hay libertad de prensa, separación de poderes y esos otros rasgos que son características de una democracia liberal.

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