Nos queda la palabra

Dame veneno

02.07.2016 | 00:23
Dame veneno

Algo tendrá el agua de la desaladora de Escombreras cuando, aun sin ser año mariano, le bendicen. ¿Irá realmente cargada de arsénico, tal y como ha denunciado el que fue jefe de la instalación autonómica tras advertir que los contadores de este letal elemento fueron manipulados? ¿Irá realmente irradiada de otros metales y vitaminas propias de la dársena del Puerto de Cartagena, de donde se toma y nace la tubería hacia nuestros grifos, tal y como investiga estos días la Guardia Civil? De una forma u otra, parece que nos sienta bien. Tan estupendamente como a los hombres solteros a los que rescataban de su soledad, mediante amables dosis, las dos tiernas viejecitas de Arsénico por compasión. Por misericordia, nos suministran la ponzoña, el cóctel de materiales tóxicos que se generan en cualquier puerto, para no sufrir la soledad política que nos invade. Una muerte dulce que, en los últimos estertores, no nos impide depositar el voto, sin ver los cadáveres que se esconden en los baúles y en los armarios. «Dame veneno que quiero morir, dame veneno», cantan contentos los más entusiastas de las canciones populares; mientras hay quien piensa que los aditivos que convierten el agua de Escombreras en milagrosa tienen un carácter más alucinógeno, que convierte el negro en rosa. El maestro Fernando Savater asegura que no tener miedo es el axioma de la felicidad. En la Región de Murcia hemos demostrado que somos más valientes y aguerridos que el bueno de Bud Spencer que en paz descansa desde el domingo, como nosotros. Sus películas se parecen a las del Oeste como nuestra sociedad a una sociedad ideal. Tanto en sus cintas como en nuestro modo de vida lo que prima es el espagueti, la pasta, en vez de la honestidad y la solidaridad. El pueblo es soberano, que quede más claro que el agua o el brebaje que no sacian, y no seré yo quien interprete Solo ante el peligro, pero no me negarán que aquellos forajidos eran mucho más divertidos e, incluso, entrañables. Además, nunca sobrevivían ni, por supuesto, resucitaban.

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