Pasado a limpio

Mi primera vez fue en otoño

17.06.2016 | 04:00
Mi primera vez fue en otoño

La primera vez que lo hice fue en otoño del año 82, el año de Naranjito, ¡quién se acuerda de aquella mascota! No me resultó extraño, porque ya lo había visto hacer un par de veces antes, incluso de alguna manera había participado en la elección. Así que, podría decirse que, por persona interpuesta, ya lo había hecho un par de veces antes de la primera vez. Recuerdo que por aquel entonces estaba estudiando en Madrid. Vine a Murcia aquel fin de semana, porque sabía que me estaba esperando. Y puedo jurar que la ilusión que me hacía era... Sé que alguna de mis lectoras también lo ha sentido.

Sí, yo soñaba por aquel entonces con hacer lo que estoy haciendo ahora, escribir para ti, amable lector que sigues la caligrafía de mi alma a través de esta confesión. La noche anterior a la partida había estado en el mitin de cierre de campaña del partido que saldría vencedor. Fue una velada memorable en la Ciudad Universitaria, amenizada por George Moustaki y por Joan Manuel Serrat. Lo más sorprendente es el contraste entre lo que allí se dijo, lo que yo sentía y lo que ha pasado al cabo de 34 años, las convicciones que se han afirmado y las que quedaron en el cajón de un joven de 18.

Aquella cara de satisfacción que tenía ese día no la recuerdo en el espejo, pero puedo asegurar que era una de mis mejores sonrisas. Hasta mi madre lo tuvo que notar. La culminación de una larga espera, el orgullo de sentirme adulto. Es verdad, ahora lo recuerdo, que sólo pensaba en lo que suponía para mí. Era prácticamente una proeza, una constatación de lo que era capaz de hacer. Y ella tenía experiencia, no era la primera vez. Cierto era que el mundo había cambiado bien poco, aunque he de reconocer que, a pesar de su experiencia, estaba mucho más ilusionada que yo, que aquello fue el fruto de una pasión vívida, intensamente esperada.

Al día siguiente volví a Madrid. A mi alrededor, miradas entusiastas, acaso reflejo de mi espíritu, se alternaban con algunas, he de reconocerlo, llenas de incertidumbre, cuando no algunas definitivamente sombrías. Habrían de pasar unas cuantas semanas todavía hasta Navidad, un tiempo que se me hizo eterno y difícil, por problemas que no tienen mérito en esta historia. Supondrás, querida lectora, que en aquel transito de un año a otro hubo más ocasiones. Mas no, las cosas son siempre mucho más complicadas de lo que uno pueda imaginar. Se interponía la familia, incluso los amigos. Y aquella sonrisa límpida, tremendamente enamorada, no se volvió a repetir, quedó para siempre en el recuerdo como la del primer amor correspondido, vencedor entre la timidez y la locura. Recuerdo incluso unas letras que le envié. Al tiempo, cuando volvimos a vernos, me dijo que le habían encantado, que estaban maravillosamente escritas, pero que hablaban poco de nosotros. ¡Qué quieres que te diga! Contaba cómo era Madrid, una ciudad que ya había empezado a querer. Pero era, sobre todo, la ciudad por la que caminaba enamorado, con la mirada clavada en su recuerdo. Cada calle, cada rincón, parecían devolverme su sonrisa; su cabello rubio estaba en cada reflejo de la luz; veía su piel suave en los cielos puros y celestes, con imprimaciones de cirros entre las sonrosadas y tersas mejillas. ¡Cuánto añoré sus abrazos en los atardeceres de aquellos meses que caminaban, ya destemplados, hacia el invierno que indefectiblemente llegaría! Una y más veces sonaba Serrat en aquel casete pequeño y metálico, que servía también de grabadora para los pinitos incipientes de aquel aprendiz de plumilla.

¡Cuánto me quedaba por aprender! Que la burocracia podía amargarte la vida y frustrarte una prometedora carrera entre las rotativas, que el Derecho no enmendaría aquella sensación de impotencia ante las puertas de la ley, que el amor iba y volvía igual que la vida te arrastra como la corriente de un río, sin dejarte poner los pies en el suelo. Todavía repetí su nombre entre humedecidas almohadas y en la sequedad de una copa vacía. En la soledad de una barra, ni siquiera el viejo perdedor de Ana Belén hacía que me sintiera bien. Fue mucho antes de que Sabina tocase al piano del amanecer todo su repertorio.

Pasó el invierno, mientras las rotativas daban cuenta del caso Rumasa, la reconversión de los astilleros de Sagunto y la siderurgia vasca; antes de que las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla, diez años después, alimentasen la codicia de tanto advenedizo. El mundo nunca era como esperábamos verlo. Pero aquella primavera que vino después volvió a calentar la sangre y el cuerpo pidió más. Esta vez, antes que volver a Murcia a repetir una experiencia primera, decidí hacerlo en Madrid. Ya en la primavera del 83, en las municipales siguientes, voté por correo.

¡Ah, perdón! Les hablaba de la primera vez que voté. No sé si lo habían advertido. Sólo que no pude evitar recordar a una chica por la que siempre guardaré un recuerdo juvenil y primerizo.

Permítanme que siga conservando en el cajón secreto del bargueño de la memoria el nombre de la rosa, para delectación de una historia que nunca se habrá de olvidar.

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