Pensando en voz alta

Humildad cultural

13.06.2016 | 04:00
Humildad cultural

Un gestor cultural es aquella persona que motivada por la inquietud y el interés en la cultura, e independientemente de su área de conocimiento y formación académica, decide dedicarse a promover, incentivar, diseñar y realizar proyectos culturales desde cualquier ámbito. Esta persona tiene que dar forma a los contenidos culturales de los que dispone, debiendo integrar funciones diversas relacionadas con la gestión administrativa, económica, formativa, comunicativa y artística, además de intermediar entre los diferentes agentes locales que interactúan en lo cultural.

Desarrolla su actividad en muy diversas áreas, tanto públicas como privadas, con fines lucrativos como no lucrativos (los no lucrativos son los más corrientes), utilizando técnicas de administración de recursos para conseguir unos objetivos determinados; entre esos objetivos no está el de darse autobombo ni el de ir pregonando lo que uno ha hecho o ha conseguido. Las redes sociales, hoy día, son herramientas muy poderosas para posicionar en el mercado al gestor cultural; estas armas hay que manejarlas con cautela, teniendo cuidado con qué se publica y qué comentarios se hacen.

Pensando en todo esto he de decir que el mejor gestor cultural es aquel que pasa desapercibido y de él se conoce su obra pero, la mayoría de las veces, no se sabe quién inició tal o cual evento, quién pone en marcha esta o aquella iniciativa. Los grandes gestores son aquellos de los que, al cabo del tiempo, se habla de su obra porque sigue vigente y mejorada; mejorada hasta tal punto que consigue reconocimiento, no sólo en el ámbito donde se alumbró, sino más allá, incluso a nivel nacional.

La humildad debe ser el distintivo de todo gestor. Si alguien ama realmente la cultura, en cualquiera de sus formas, lo único que debe perseguir es acercarla a las personas y poco a poco hacerla más grande. Por lógica el tiempo pasa y puede ocurrir que, en un momento determinado, no siga la misma persona que puso en marcha un acto cultural puntual al frente del mismo y que sean otros quienes gestionen, siendo muy posible que reciba dicha labor premios y reconocimientos y aquel que, en su día, alumbró lo ahora premiado no sea nombrado y que, incluso, nadie lo recuerde. No pasa nada? la satisfacción personal de ser el padre de la criatura no se la quita nadie. No hay que salir a las redes sociales a quejarse ni a montar una pataleta. La verdadera humildad es crear, parir, ver crecer el proyecto y, como toda criatura que crece, dejarla marchar para que siga su singladura, posiblemente bajo la dirección de otros gestores.

Si lo parido es bueno y perdura en el tiempo siempre habrá alguien que recuerde al padre del hecho y no habrá momento u ocasión en que, si es pertinente, lo nombre. Desde aquí pido humildad a todos los que tengan algo que decir en el campo cultural. Que la misma sea la insignia y el faro que guíe a otros.

Otra cuestión es el respeto a otros gestores. Nadie debe, por tener más medios, por ejemplo, pasar por encima de otras personas. Respeto máximo y en la medida de lo posible organizar sinergias que engrandezcan las actividades culturales de sus zonas de influencias. Hay que tener muy presente que nadie es imprescindible y que todos somos contingentes. Lo más hermoso, insisto, es la íntima satisfacción de saber que eso que se está celebrando lo puso 'uno' en marcha; que aquella placa dedicada, a tal o cual personaje está colocada porque la trabajaste con la administración; que aquel monumento se levantó gracias a tu esfuerzo? en fin, lo que es grande es poner en marcha proyectos y que estos anden, se hagan mayores y al cabo del tiempo sigan funcionando.

Que el ego no nuble la vista de nadie. Para quien esto redacta no hay nada más hermoso que ver sobre un escenario que se está celebrando un acto o una conferencia que nació en tu cabeza y se le dio forma trazando unas notas antes de lanzar la idea al viento; lo que más placer me produce es ser útil para la sociedad en la que vivo y en la que estoy inmerso. No hay mayor alegría que poder ayudar a que la vida cultural mejore, en mi caso la de Cartagena, y para ello no tengo ningún problema en compartir: compartir trabajos, ideas, conocimientos y contactos ya que solo no puedo.

Reitero, nadie es imprescindible y todos somos contingentes.

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