Picar el folio

Un aventurero feliz

11.06.2016 | 04:00

Sobre Hemingway pensaba que sabía más de lo que en realidad creía.  Recientemente ge descubierto muchas curiosidades sobre su carácter, personalidad y metodología creativa que no han hecho más que acrecentar mi admiración por su talento, lejos de la opinión de algunos críticos que desmerecen su ingenio relacionándolo con las miserias personales que marcaron algunos períodos de su vida.

Su desastrosa vida sentimental, afición por el alcohol e inclinación por actividades violentas como la participación voluntaria en las guerras o la práctica de deportes de alto riesgo son anécdotas que nos sirven para entender mejor algunas de las ideas del genio que fue y será, pero que no deberían servir en ningún caso para juzgar la categoría de sus obras, puesto que su pericia para escribir y contar historias está muy por encima de este tipo de detalles sin importancia que llegado el caso pueden desviar la atención de lo esencial.

Desde mi punto de vista, es mucho más interesante e instructivo conocer la causa de su destreza con los hechos y las palabras. La respuesta se encuentra en los orígenes de su carrera periodística como reportero del diario de provincias Kansas City Star. Allí un joven Ernest aprendió el secreto de su éxito de la mano del director del diario que obligaba a sus redactores a escribir de forma clara, objetiva, directa, concisa y sencilla. Sobre todo, sencilla. En cualquier redacción pesaba más la calidad que la cantidad; contar mucho con muy poco. Esto, sumado a un talento natural para suprimir de los relatos el hecho principal y despertar en el lector la curiosidad y las ganas por descubrir ese retazo vital de la historia es lo que consiguió y consigue que el público se implique en sus obras de una forma muy personal en la que, curiosamente, le corresponde a éste y no el escritor averiguar esa pieza del puzzle que completa y desvela el principal misterio del relato. Capacidad de la que ninguno de los de su generación puede presumir por mucho que sus vidas fueran mucho más modélicas y ejemplares que las del creador de El viejo y el mar. Una obra maestra de un valor literario incalculable que se vale de la ficción y de una prosa breve, pero brillante para abordar temas como la soledad, la lucha contra la adversidad y la constancia y la valentía necesarias para afrontarlas. No creo que Dos Passos o Scott Fitzgerald hubieran sido capaces de crear tanto en tan poco a partir de una ballena. 

De un tiempo a estar parte, no entiendo muy bien por qué, un sector específico de la crítica se han empeñado en desmontar el mito que él construyó de sí mismo y que en su momento le permitieron forjar para mostrarnos a un hombre menos que fracasado, una ruina humana, sin nada en la vida que mereciera la pena para despertar su ilusión y que le llevó a volarse la cabeza a los 62 años. 

Un Hemingway melancólico y apenado que en el último artículo de opinión que leo sobre él, Vargas Llosa define como «un hombre torturado, con manías curiosas, con períodos de paralizante depresión a los que trataba de conjurar con borracheras». El escritor peruano se despacha a gusto con el magnífico escritor de Fiesta y Por quién doblan las campanas desde su atalaya privilegiada sin reparar que en un futuro cuando él ya no esté habrá unos cuantos pretenciosos que se centrarán en sus secretos de alcoba para cuestionar su valía profesional. 

Hace unos meses desde esta columna defendí a Vargas Llosa con teclas y dientes para que no se relacionaran sus avatares sentimentales con su trayectoria profesional. Ahora me arrepiento cuando leo las opiniones vertidas en su columna sobre Hemingway y me reafirmo más que en nunca en la idea de que el genio que dio vida a El viejo y el mar fue ante todo un aventurero feliz.

Como no fue genial, no tuvo enemigos. Oscar Wilde

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