Éxodos

No quiero renunciar

04.06.2016 | 04:00
Joaquín Sánchez

Cuando va pasando la vida nos damos cuenta que, de alguna manera, nos vamos reduciendo y, sin pretenderlo, somos una fotocopia. Todo el mundo hacemos lo mismo, limitamos nuestra capacidad de pensar y sentir. Cuando llegamos a este punto, es fácil que alguien nos pueda conducir en una dirección u otra, somos obedientes, lo que nos dicen 'nuestros jefes' es lo que hacemos. La vida la empequeñecemos, cuando tenemos muchas posibilidades de vivir en plenitud y con plenitud. Nos vamos autolimitando a la mínima expresión de lo que somos y de lo que nos gustaría ser, aunque hubo un momento en nuestra existencia que teníamos horizontes llenos de ilusiones, de esperanzas, de sueños, de posibilidades y, sobre todo, de ganas de poder alcanzarlos. El mundo se ofrecía como un mar de posibilidades, que con esfuerzo, sacrificio, honestidad y fidelidad podemos llegar a conseguir pequeñas metas, que se convertían en punto de partida para otras metas. La vida se ofrecía inacaba, todo en construcción, todo en proceso y con la máxima de dejar el mundo un poco mejor de que nos lo hemos encontrado.

Pensábamos que todo es espontáneo, natural, que los acontecimientos ocurren no con una causalidad, sino por casualidades, hasta cerramos los ojos y pensamos que el mundo 'no existe', pero, existe ese mundo donde hay gente que impone su maldad, sus hipocresías y destruyen esperanzas e ilusiones sí existe y lo primero que nos hacen ver es que ellos son los que mandan y nos hacen que aprendamos el verbo renunciar y a conjugarlo en toda su crudeza. Vamos renunciando a muchas cosas, a muchos valores, a muchos principios éticos, a muchas esperanzas, a muchos sueños y este verbo no termina con 'ellos renuncian', sino 'yo voy a vivir mi vida como pueda y me dejen'. A lo largo de muchos años, he visto con tristeza y desolación a gente conocida y amiga que ha renunciado a luchar, a amar, a transformar sus ambientes, a ser ellos mismos, a defender la verdad que ellos creyeron en un momento determinado.

Aprendemos por mecanismos de coacciones y de no complicarnos la vida que este mundo es así y a disfrutar todo aquello que nos permitan disfrutar, no elegimos nosotros, eligen aquellos que controlan la sociedad, que condicionan nuestras vidas, porque nosotros hemos renunciado a elegir, sólo nos dejan hacerlo, por ejemplo, entre la cerveza con alcohol o sin alcohol, y no es ningún disparate. Podemos elegir lo que está permitido, elegir más allá de eso es entrar en conflicto.

Por toda esta reflexión no quiero renunciar a la libertad, a mi libertad de pensar y sentir de lo que vaya descubriendo y a manifestarlo, a pesar del miedo y la preocupación. Recuerdo, hace años, que un periodista me preguntó si pensaba que las mujeres debían ordenarse sacerdotes; a continuación, añadió que si quería no respondiera, que entendía que no contestaro o que no publicara la respuesta que pudiera dar si decía que sí. No esperaba esta pregunta, me quedé pensativo, porque estaba (estoy) de acuerdo con que la mujer pueda llegar al ministerio sacerdotal, y que esta Iglesia rompiera su machismo y su patriarcado; sabía que si decía lo que pensaba y le decía que podía publicarlo me iba a meter en un lío monumental. Decidí hacer un acto de libertad y, en efecto, me cayó un buen chaparrón institucional.

No quiero renunciar a seguir denunciando que existe un curia romana y no romana que sólo busca el poder, la ambición, estar al lado de los enriquecidos. ¿Cómo es posible que muchos obispos mexicanos estén al lado de los narcotraficantes en vez de estar al lado de su pueblo sufriente, de esas mujeres que son violadas y asesinadas? No quiero renunciar a mi estilo de vida, no quiero encerrarme en un traje negro con el clériman para diferenciarme de la gente, quiero estar al lado de la gente, con mis errores, equivocaciones y mis contradicciones. No quiero renunciar a expresarme con cariño, con ternura, con bondad, a querer, a amar, a sonreír, a celebrar la misa desde la vida y no desde la rigidez de normas litúrgicas. Hay que compartir la vida, hay que cantar, hay que bailar. Creo que a Dios lo aburrimos y lo desesperamos con tanto báculo y mitra.

No quiero renunciar a entender la democracia desde la libertad, la justicia y la fraternidad, a luchar contra los poderes fácticos, como son los del Ibex35, a que la gente tenga las condiciones decentes de vida, materiales y de sentido que les permita vivir en un mundo habitable, con armonía y calidez.

No quiero renunciar a seguir luchando contra los desahucios, el trabajo precario, el genocidio de los refugiados, los recortes en derechos sociales, laborales? No quiero renunciar a estar al lado de la gente que sufre y que te mira con esos ojos perdidos, llenos de amargura, sin capacidad de reaccionar.

No quiero renunciar a vivir la vida con amplitud, sin que me importe el qué pensarán y el qué dirán, a guardar las formas y la compostura. No quiero renunciar a la expresividad, a la creatividad, a la reflexión y a buscar caminos de liberación.

Es verdad que hay momentos en que te quedas sin fuerzas, en que lloras, en que no sabes qué pensar o sentir, pero, a pesar de ello quiero vivir la vida con dignidad (sin arrodillarme), con coraje (que el miedo no impida que siga luchando y amando) e inteligencia (descubriendo los mecanismos de la manipulación, la mentira y el miedo). Se trata de vivir la existencia mirando la vida de frente. Por eso no voy a cambiar de canal cuando veo noticias sobre temas sociales.

Por eso, animarnos a renunciar al miedo, a romper las barreras sociales y religiosas y legales, que impiden hacer el bien, querer y construir una humanidad con humanidad y no es ninguna redundancia.

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