Cervantes noruego y Chéspir in Spain

30.05.2016 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz

Unas aerolíneas noruegas estampan la imagen supuesta de Cervantes en el alerón de popa de algunos de sus más modernos y mejores aviones. Es normal, porque siendo noruego, como era, el autor de las andanzas de un loco idealista por los fiordos, es un deber patrio. ¡Anda que si llega a ser español y su personaje hubiera corrido aventuras por la Mancha! ¡La que se hubiera montado aquí! precisamente en nuestra casa, ¡el país de la fiesta! para conmemorar el IV Centenario.

Para imaginarlo, amable lector, piensa cómo hemos celebrado el de Chéspir, que sólo estuvo en España de vacaciones. Haré una breve reseña de las obras del bardo sajón que están unas escritas y otras inspiradas en nuestro país:

Aquí fue donde empezó a escribir el ¡Oh, Celo! pronúnciese O Tello en el idioma que inventó él mismo y que por eso llaman la lengua de Chéspir, cuando anduvo por la costa de Andalucía, enrabietado porque tantos morenos de faz tostada al sol ligaran con las rubias suecas, mientras él de piel ebúrnea y blanquecina como las escandinavas, se amojamaba y enrojecía como la amapola. Allí nació una leyenda que lo quiere situar entre los miembros de cierto lobby gay.

Al año siguiente, probó mejor fortuna en la costa levantina, pero sólo pudo ligar la idea de su siguiente tragedia amorosa Romero y Julita, que acaba peor que los bolsos de Louis Vuitton que regalaron a la Rita.

En Cataluña, al escuchar la sardana, se le ocurrió la comedia de enredo y conspiraciones Mucho ruido y pocas veces, inspirada en el laberinto catalán.

De su viaje por Asturias y un empacho de cabrales le surgió la idea para su ¿Más? ¡Ves!, sobre la ambición de quererlo todo y comerse todos los quesos de la cueva de las Fatídicas.

Un viaje que le llevó por la ruta de la plata, en busca del sabor, que no el saber, ibérico, donde se le ocurrió una de sus obras maestras, Ham let!, el drama de un dubitativo príncipe danés entre el jabugo y el guijuelo, entre el rioja y el ribera.

Como todos los ingleses, gran aficionado a las apuestas en los hipódromos, le encantaron las carreras en la playa de Sanlúcar de Barrameda, donde nació, mientras daba cuenta de una botella de buen manzanilla, el argumento de Ricardo II, Enrique V, para la primera y Ricardo III, Enrique IV, para la segunda.

En Galicia, todo un verano lloviendo le dio tiempo para escribir La Tempestad. Y una larga travesía por la interminable estepa castellano-manchega, continuando por Aragón para concluir su periplo en la playa de Barcino, frente al mar, le dio para escribir El rey Lear, a la luz de la Blanca Luna e inspirado en el estado de las autonomía como paradigma de la descentralización que depauperiza a la patria, perdón, al papá Estado.

Y cómo no hacer mención a la obra que escribió en mi tierra murciana, después de cenar un caldero del Mar Menor, con esa manía que tienen los ingleses del arroz nocturno. Entonces fue cuando parió El sueño de una noche de verano, una fábula de duendes, hadas, faunos, ninfas del bosque, hechizados por dardos y bebedizos amorosos, seres que nacieron de tan pesada digestión que llegó hasta el alba.

En las Vascongadas, medio enamorado de una bilbaína, entintó la pluma para rasguear La fierecilla domada. Y en el metro de Madrid, queriendo ir a Chamartín para acabar en Cuatro Vientos, cayó en la cuenta del argumento de La comedia de las equivocaciones.

Y, por supuesto, ¡cómo olvidar Zamora! Allí el genio de Stratford-upon-Avon confundió la muralla de la ciudad con los muros de la iglesia, de ahí su «¡con la iglesia hemos topado!». Pero fueron sus desvelos por la sin par Dulcinea los que motivaron decenas de cartas febrilmente enamoradas de aquella zamorana a quien por fin dedicó sus Trabajos de amor perdidos.

Por eso en España estamos que nos salimos recordando al bardo bretón, todo un lujo para la Alpujarra, donde lo nombraron hijo adoptivo. Allí escribió Tito Antróñico ya se sabe que los ingleses con los acentos, las erres y todo eso, se arman un lío, Al sur de Granada y El laberinto español. Aunque éstas son de Philip Marlowe, pero firmadas por Chéspir. En realidad para hacerle un favor a su compatriota Gerald Brenan, que quería escribir un libro de historias de España. Total, a quién si no se le hubiera ocurrido leer una obra de Marlow o de Brenan, si no fuera porque iba firmada por el fundador de The Globbe. Mas las grandes celebraciones por quien sólo fue un ilustre visitante son una muestra más del carácter festivo de nuestro pueblo.

¡Ah! Si el bueno de Miguel, en lugar de noruego hubiera sido complutense, jamás habríamos estampado en un avión su figura cual sello de correos, un pueblo tan ilustrado y tan leído como el nuestro, donde todos, sin ser vikingos, conocemos la obra del Manco del Báltico.

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