Desde mi picoesquina

La trompeta de Isidro

24.05.2016 | 04:00
La trompeta de Isidro

"Isidro y otros muchos miles de republicanos fueron subidos a trenes que les condujeron al campo de concentración de Albatera, a menos de 40 kilómetros de Murcia, un campo del horror preparado para acoger a 500 presos que llegó a albergar a 20.000"

Asistí, el pasado día 11, en el IES Licenciado Cascales de Murcia, a la presentación de la novela Isidro, un relato basado en hechos reales sobre el campo de concentración de Albatera editado por La Fea Burguesía. La autora, Isabel María Abellán, que compagina su labor docente como catedrática de Historia en el IES Alfonso X el Sabio de Murcia con su dedicación literaria, escribió esta novela a partir de un viaje de estudios que hizo a Madrid con su alumnado de Bachillerato de esa población alicantina. En la Fundación Pablo Iglesias encontró un sobre con los planos de aquel campo vallado. Pidió al archivero que se los fotocopiara. Ahí empezó todo.

Isidro es un deportista profesional. El alzamiento fascista del 18 de julio estalla cuando participaba en una prueba ciclista en el sur de Francia. Decide, de inmediato, incorporarse como miliciano anarquista, voluntario, a la defensa de la República. A partir de ahí, el relato nos traslada a la Barcelona del 36 y a los hechos de primeros de mayo del 37 en ese ciudad, con los enfrentamientos entre los comunistas del PSUC, anarquistas y militantes del POUM, que supusieron la aniquilación de Andreu Nin y la caída del Gobierno de Largo Caballero; al frente de Aragón, y al campo de concentración de Albatera, un lugar de horror y muerte a menos de cuarenta kilómetros de Murcia.

La novela describe, con realismo y crudeza, la lucha por la supervivencia de Isidro y otros compañeros, tanto en el frente de batalla como en su cautiverio. A finales de marzo y primeros de abril de 1939, miles de personas se agolpaban en el puerto de Alicante. Pero pocas pudieron subir a bordo del buque carbonero británico Stanbrook para marchar al exilio. Otros barcos que zarparon desde Marsella para la evacuación fueron interceptados por la Marina italiana. Desesperadas, muchas personas se suicidaron en el propio puerto. Isidro y otros muchos miles de republicanos fueron subidos en trenes que les condujeron a un vallado campo de almendros y luego al de concentración de Albatera. Preparado para acoger a 500 presos, llegó a albergar 20.000. Campo del horror, desnutridos y sin cobijo alguno, fueron obligados a permanecer largas horas en formación, en las visitas de las comisiones que buscaban presos de todas partes de España, y viendo cómo, frecuentemente, fusilaban a otros compañeros o los rociaban con gasolina.

Por la novela desfilan otros personajes: la joven Käte, 'madrina de guerra' de Isidro, enfermera huida junto a su madre de la Alemania nazi, que recala en Barcelona y que coincide con el protagonista en el frente de Aragón; Pedro 'Pedrito', el adolescente deficiente al que Isidro le había enseñado el oficio de electricista; el alcalde, huido de Málaga en febrero de 1937; José, el anarquista con la cruz en el pecho y convencido de que Jesucristo fue el primer anarquista? Como hilo conductor, el afán de supervivencia de unos seres humanos que intentaron no perder la dignidad y el ansia de vivir cuando tenían tan próxima la muerte. Una arenga dirigida a los prisioneros del campo por Ernesto Giménez Caballero, ideólogo del fascismo, nos da una idea de la situación: «No sois hombres. Sois una masa amorfa. Sois horda, una turba miserable. Hemos obtenido una victoria total. Sin ayuda de nadie. Estáis todos a nuestra merced. [?] Nosotros no tenemos que responder ante nadie».

Esta novela es, además, un alegato contra la sinrazón de las guerras. Reproduzco (con ciertas licencias respecto del texto original) parte del relato de un hecho acaecido en la Serranía de Cuenca:

«[Isidro] vio cómo un arbusto se agitaba. Disparó. Esperó largos minutos; el miedo lo paralizaba. Por fin, arrastrándose hacia el arbusto, vio a un hombre tumbado. Le había disparado en pleno estómago. El moro se estaba desangrando. Isidro le levantó la cabeza y le ofreció su cantimplora. El herido le miró con gratitud.

Trompeta le dijo.

No te entiendo, paisa, ¿qué quieres decir?

Trompeta allí en el suelo le dijo el soldado marroquí.

¿Qué quieres que haga con ella?

Tú guardar, tú acordarte de mí. Yo perdonar –dijo el moro.

Se miraron en silencio».

La autora, Isabel María Abellán, al terminar de contarnos este episodio, cogió del suelo una trompeta y la colocó sobre la mesa. La trompeta de Isidro. La que aquel soldado marroquí le pidió que custodiara. El silencio y la emoción se apoderaron de la sala. Una vieja trompeta. Símbolo del perdón, que no significa olvido. Y también de la reconciliación entre los descendientes de quienes sufrieron en sus carnes esa absurda guerra y la represión posterior. Pero hay quienes aún siguen negándose a ponerla en práctica.

P. S. La novela Isidro ha sido editada, el pasado abril, por La Fea Burguesía, un proyecto editorial auspiciado por personas entusiastas como el escritor y mercero Paco López Mengual, el economista Paco Marín García y el maestro, y también editor de Alfaqueque, Fernando Fernández Villa. La sociedad murciana tiene mucho que agradecer a estas personas que se han embarcado en la aventura de propagar el saber.

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