Pasado a limpio

La cátedra y el púlpito

23.05.2016 | 04:00
La cátedra y el púlpito

«Como todo principio y concepto tiene su opuesto, la libertad de cátedra se malversa en los profesores que, aun siendo versados en su ciencia, se pierden en dogmas ajenos a la enseñanza y aventan sus proclamas ideológicas. La demagogia también es enemiga del rigor y de la academia»

Pablo Iglesias menosprecia a un periodista de un diario nacional en la presentación de un libro en una Facultad. El resumen de las alusiones y la contestación de una periodista que abandonó el acto indignada fue primera página de noticiarios. Luego Iglesias se disculpó diciendo que había sido un error. No consideraré si las disculpas eximen de la falta, pues en criterio penalista, sólo podrían atemperar el grado de la sanción, porque en tales infracciones sólo el perdón del ofendido es circunstancia eximente y lo demás, sólo atenuante.

Pero la alocución y la apostilla del ofensor, al decir que eso no era una rueda de prensa, sino un acto académico, hizo saltar en mi memoria todas las alarmas del despotismo entarimado. Primero porque no lo era por el simple hecho de celebrarse en la universidad. Lo es lo que enseña el profesor desde la tarima, no desde la tribuna de un salón de actos. Pues tampoco era la defensa de una tesis doctoral. Sentado que era extraacadémico, señalo otros avisos de intolerancia. Quien habla ex cathedra es el papa, haciendo uso de su infalibilidad divina, que la humana es harina de otro costal.

La libertad de cátedra es esencial en la enseñanza, especialmente en la universitaria. Ha sido refugio frente al poder ilimitado del tirano. Bien que lo supieron Enrique Tierno Galván, José Luis Aranguren y Agustín Garcia Calvo cuando apoyaron las manifestaciosnes estudiantiles en el año 65. El régimen franquista los expulsó de sus cátedras, pero el exilio los elevó al ara de la libertad.

Hoy en día la amenaza proviene de la burocracia, que cada vez más la constriñe y entorpece, tratando de reducirla en instancias administrativas. Con la excusa de acabar con arbitrariedades, las guías docentes, los informes metodológicos y las encuestas del alumnado, despistan del verdadero objetivo, que es la enseñanza del conocimiento. Aquí muestro uno de los grandes males de nuestro tiempo, pues otrora el pedagogo acompañaba a los niños al colegio y ahora es quien impone criterios lectivos a los profesores de la mano del legislador, que demuestra con ello ser más impúber que los infantes patricios de la antigua Roma. Así, la ley proclama altisonante hueros principios, para abocar en el apartamiento del didascálico, el ostracismo del pensador y la ignorancia de la ciencia.

Me recordó el líder de Podemos a un antiguo profesor de mi época de alumno. Alguien que a veces utilizaba la cátedra como púlpito para el exordio político o el dogma de fe. En una época que un amigo comparaba con la de los copistas medievales, los profesores más apreciados eran aquellos que hablaban con cierta cadencia, para que los alumnos tomáramos apuntes casi al dictado. Ya se empezaba a olvidar que el conocimiento científico se plasma por escrito y nos conformábamos con los manuales antes que acudir a las fuentes de cada disciplina. Era bien apreciado ese elogio de su prosodia, que excusaba los excesos de su libertad catedralicia. Tenía a gala mostrar su arrogancia, su soberbia, su desprecio de la ígnara audiencia, tan atemorizada en el aula como en la lotería de su postrera inquisición. Entraba todo en un examen final oral, no había parciales ni exámenes tipo test, hoy por otra parte tan lamentablemente extendidos.

Pero la demagogia también es enemiga del rigor y de la academia. Y en esto me confieso peripatético discípulo de Aristóteles. Poco aprendí de aquel profesor que no estuviera ya en los libros y si algo se me quedó fue su prosodia, hoy recordada por la bilis que destilaba. Aunque tal vez por eso aún recuerde algunas definiciones y principios generales que pronto olvidó la ley que falsamente proclama la democracia, no siendo más que tecnócrata.

Las clases presenciales no podrán ser sustituidas por las nuevas tecnologías. Los genes humanos programados durante generaciones en la costumbre de escuchar antes de que la evolución nos volcara en internet. Hoy tenemos grandes medios a nuestro alcance que aceleran los procedimientos de la investigación. Pero el viejo profesor, que muestra a sus alumnos el ejemplo en una metáfora; el paciente instructor que moldea la mente del alumno, forja lentamente el metal, la piedra labrada, tallado el diamante. Ese viejo enseñante es hoy rara avis. No porque no exista, pues puedo citar a algunos compañeros que ejercieron sobre mí su magisterio y a quienes hoy sigo profesando enorme admiración. Juan Roca Guillamón me dio la bienvenida a su Departamento cuando entré como un feligrés en una catedral: el antiguo y torpe alumno recibido por el ínclito maestro.

Como todo principio y concepto tiene su opuesto, la libertad de cátedra se malversa en los profesores que, aun siendo versados en su ciencia, se pierden en dogmas ajenos a la enseñanza y aventan sus proclamas ideológicas. Cada cual tiene su propia lista, pero permítanme que les hable de otra, pues ha poco que salieron en un semanario de la prensa, con lujo de frases y de flashes, los ministros que durante cuarenta años rigieron la enseñanza de nuestro país, marcándola con leyes que llevan su marchamo. Por desgracia resulta ser el de los embutidos, pues han llevado a la Enseñanza por los derroteros de las industrias cárnicas, olvidando el lustre de las bibliotecas pobladas de polvorientos libros donde reposa el alma de la sabiduría forjada en siglos y siglos de paciencia. Sus declaraciones eran tan iluminadas como las de los antiguos papas o de la del innombrado catedrático. Para seguir la metáfora eclesiástica, el mismo Iglesias hace dogma presentando a Otegui como paladín de la paz ¡Dios mío! ¿Por qué nos has abandonado? Así va la enseñanza en este país, merced a quien confunde la autoridad con el cargo, porque ignora que la verdadera se gana con el saber.

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