Ida y vuelta

La vida acaba mal

21.05.2016 | 04:00
La vida acaba mal

La vida es un drama que sabemos que acaba mal pero que, aun así, no somos capaces de dejar de vivir. La vida es una crueldad innecesaria. Una trampa de la que no nos atrevemos a huir. La vida es dolor. Nada más. No hay palabras. No hay frases ingeniosas, ni retruécanos amables. No hay nada. Porque la vida acaba mal. Y se muere. Y se pierde todo. Y nada queda. Pero no hay quien pueda dejar de vivirla.

La vida es melancolía. Un tango en una calle solitaria de Buenos Aires. Repleta de gente, de piernas que van y vienen, de un bandoneón al que nadie le ha dicho que se puede respirar sólo aun y rodeado de una multitud, sentirse abandonado mientras te besan, saberse perdido cuando te abrazan. Ves la lluvia caer. Gotas ni frías, ni calientes. Gotas que no son más que viento vuelto agua sobre tu rostro que se alza a las nubes que llueven cansadas, al sol que baja agotado, al mundo que gira y gira porque no sabría qué hacer si no girara.

La vida es un adiós que todos niegan pero que siempre está ahí. Un fracaso en el que estás condenado a perderlo todo y en el que sin embargo pasas toda tu existencia acumulándolo todo. Un día te descubres muerto y tu mujer veinte años más joven se ha ido con otro. Tus hijos, que dijeron que nunca te olvidarían, se despiertan ya por más de tres meses sin recordar tu voz. Tus amigos siguen pasando las noches entre cervezas y risas. Tu madre te reza en la iglesia. Tu recuerdo se perdió en un laberinto llamado pasado. Y tú, muerto y enterrado, te preguntas si mereció la pena ser tan cabrón como fuiste o si debiste haberlo sido aun más.

La vida es una broma de mal gusto en la que nos inventamos la existencia de un dios porque a alguien hay que echarle la culpa. Una canción que empieza con lloros y que termina con lágrimas. Un drama tan lacrimógeno que se vuelve ridículo y que no inspira más que la risa cruel del que se ríe de los muertos, empezando por uno mismo, trasunto de cadáver andante.

La vida es una putada donde no hay tantas putas como debiera. Donde no se folla bastante pero todos te joden. Donde los tontos son legión y los listos se vuelven tontos. Patria de la inteligencia de la fruta madura, de las cabezas podridas, del quiero, quiero, quiero, pero no soy nada, porque el miedo hace querer, pero sólo la conciencia te permite ser. Ser un suspiro que se sabe efímero, gol en el último minuto con cinco a cero en contra, sin tiempo ni ganas para disfrutarlo. Una mierda, un asco, una porquería.

La vida se acelera, te deja atrás, es la reina de Alicia, siempre deprisa, deprisa para no moverse del sitio, para que no la echen de él, para saber que está condenada a ser desahuciada, botada de su propia casa, arrojada a la fría calle de la realidad llamada pasaste ochenta años creyéndote alguien y nunca fuiste más que una bolsa de agua sucia, un montón de polvo con ansias de sexo anal, un mal bicho perverso y oscuro, incapaz de no sonreír, de no mentir, de vivir, vivir, vivir. Vivir una fantasía que llamaste vida y que no tuvo mayor sentido que no tener sentido alguno. ¿Te gustan las bromas? Fuiste una en la que el chiste tenía tu nombre y tu mirada vacía y escurridiza.

La vida corre, vuela, ya pasó casi toda ella, ya casi no queda nada, y tú te apuntas a un gimnasio, corres bajo los edificios de cristal, te tomas un batido energético, avergüenzas a tu mujer con tus amores con una secretaria. La vida es una parodia y tú crees que reinas allí donde la arena corre bajo tus pies viejos, gastados, cansados de caminar sobre la cintita del ratón, de la rata que es todo hombre que se descubre vivo y que no tiene el valor suficiente de actuar en consecuencia.

La vida es hermosa, te dicen. La vida es alegría y felicidad, te cuentan. Tienen hijos, se hipotecan, se casan por la Iglesia, se compran mil y una cosas. Se hacen una estética. Se toman pastillitas para levantarse la indecencia de viejo amante del dolor. Se emborrachan, comen, fuman, drogan, sexo con niñas, gritos nocturnos, policías y sobornos, aúllan las piedras y un mosquito te chupa la sangre. Lo ves sobre tu brazo. Sientes como su aguijón te roba el líquido espeso y oscuro. Lo observas callado. Desearías acariciarlo. Acunar al ladrón que se lleva tu vida. No la quiero. Tú, al menos, no sabes que la tienes. Desearía no haberlo sabido nunca.

La vida es caos. Es desorden. Huele mal. Todo huele mal en un mundo en el que los caballeros se perfuman y las mujeres se esconden detrás de murallas de maquillaje. La vida es una máscara que el dulce Óscar arrancó y le enterraron en una cárcel. Porque la sensibilidad está prohibida. El amor vedado. Los sentimientos censurados en el teatro de la humanidad. Donde las moscas dirigen los bancos y los mortales luchamos porque nos presten un poco de su mierda. Con la que comer. Con la que vivir. Seguir viviendo. No ser capaz de dejar de vivir.

Porque lo más atroz de la vida no es que termine. No es que al final acabe mal y lo pierdas todo. No es que no tenga sentido pues de ella nada quedará y ni el recuerdo vivirá más que la sombra de tu cuerpo en una caja. Los pajaritos sobre la madera, tu suegra riendo entre carcajadas, una muchacha cantando sus penas en la esquina. Lo triste es que no somos capaces de dejar de vivir. Es que aun y conociendo el drama y habiendo descubierto sus escondrijos de tramoyista malvado, no somos capaces de hacer nada. Nada mujer, nada mi amada, nada mi pesadilla. Más que seguir viviendo. Más que esperar pacientes, cómodos, arrugaditos, a la hermosa muerte. A la ansiada nada.

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