Espacio Abierto

¿La República del 31 o la Monarquía del 78?

05.05.2016 | 00:38
¿La República del 31 o la Monarquía del 78?

Pasó otro 14 de abril para la conmemoración de un paradigma histórico: la proclamación de la Segunda República, todavía tan loada por la izquierda moderada e 'institucional', como idealizada y celebrada en las calles (con escaso éxito, por cierto) por la 'ultra'; cuyos ayuntamientos llamados 'del cambio' (por mor del apoyo del PSOE) no han tenido empacho alguno en izar (ilegalmente) banderas tricolores en sustitución de las rojigualdas constitucionales. Manifestación de añoranza por aquella República que utilizó una izquierda radical y sectaria para imponer sus preceptos sobre media España, hasta el punto de que quien había sido uno de sus más destacados promotores intelectuales, José Ortega y Gasset, exclamara aquello de «no es esto, no es esto». De ahí que la ultraizquierda podemita abogue por hacer tabla rasa del que califican como 'régimen del 78', erigido bajo un consenso y una reconciliación que no disimulan en rechazar.

No está de más recordar que la Monarquía, sin cuyo papel histórico no puede entenderse la unidad y permanencia de la nación, se halla identificada, al menos desde nuestra primera Constitución de 1812 (aunque con lamentables excepciones, eso sí), con la instauración de sistemas constitucionales y de libertades en España. Y que, en cambio, los experimentos republicanos han generado desestabilización y caos político y social. Son algunas de las razones que nos llevan a defender un régimen constitucional de Monarquía Parlamentaria que tan buenos frutos nos ha reportado en general; en especial la surgida de la actual Carta Magna, que ha dado paso al periodo de más libertad y mayor prosperidad de la historia reciente de España.

Así por ejemplo, y si nos centramos en el nivel de las libertades, el sistema de Monarquía Parlamentaria vigente en España garantiza y protege el derecho de los republicanos de ultraizquierda a salir a las calles con banderas, por cierto, inconstitucionales (tanto como lo puedan ser las franquistas), y para pedir el final del mismo régimen político que ampara el ejercicio de sus libertades. Calidad democrática de la que carecía esa Segunda República cuya restauración demandan, ya que, en aplicación de una malhadada y liberticida Ley de Defensa de la República, prohibía la exhibición de cualquier símbolo monárquico, y por supuesto cualquier manifestación pública en favor de la Monarquía. Es oportuno resaltarlo ante la tramposa y burda identificación que desde cierta izquierda se hace de 'república' con 'democracia', con la mera intención de dar a entender que el actual régimen constitucional no llega a ser democrático. Bien, a las pruebas cabe remitirse.

Frente a quienes descalifican al régimen constitucional surgido de nuestra ejemplar transición tachándole de 'candado', cabe destacar que nuestra misma Carta Magna establece unos procedimientos para su reforma que incluyen la posibilidad de cambiar la forma de Estado, y a ellos hay que atenerse como Estado de Derecho que somos; lo que, en cualquier caso, requeriría consensos muy amplios, y que, por ejemplo, aquellos que abogan por un sistema republicano se impusieran democráticamente: es decir, no adueñándose de la vía pública al estilo populista-golpista, sino ganando en las urnas, como corresponde a un régimen de democracia representantiva.

Por lo demás, monarquías parlamentarias tan 'anacrónicas' como la británica, la holandesa, la danesa, la noruega, la sueca o la belga son democracias consolidadas y prestigiosas, y a un nivel superior al de muchas repúblicas en cuanto a reconocimiento de derechos y libertades. En estos casos, el cometido de la jefatura del Estado, simbólico y representativo de la unidad y permanencia de las naciones por encima de divisiones políticas, no procede de las monarquías en sí y de su sistema hereditario, sino de las constituciones (en el caso de la británica, no escrita) emanadas de las soberanías nacionales, que residen en los pueblos, y que en su momento decidieron la forma de Estado monárquica.

De tal manera que el sistema de Monarquía Parlamentaria se asienta en una Constitución que nos dimos los españoles como depositarios de la soberanía nacional; de 'impuesta', como da a entender el rupturismo, nada. Por el contrario, esa Segunda República 'tricolor', cuya vuelta exige la izquierda más o menos radical, vino tras unas elecciones municipales (no generales) que para más inri habían ganado los partidos monárquicos (si bien los republicanos se impusieron en las principales capitales de provincia), y como consecuencia de unos hechos consumados que tuvieron lugar después de la huida de Alfonso XIII vía puerto de Cartagena. Porque no fueron los españoles en las urnas quienes decidieron el rumbo a seguir tras la marcha del Rey: quienes tomaron el poder en esos momentos proclamaron la República por las bravas, sin establecer ninguna fórmula de referéndum para que los españoles decidieran la forma de Estado. Se limitaron a interpretar 'a su manera' los resultados de unas elecciones que se celebraron solo para elegir concejales y que, además, en realidad perdieron los republicanos. Así pues, ¿cuál de los dos sistemas, la República del 31 o la Monarquía del 78, se podría considerar 'impuesto' y sin tener realmente en cuanta la voluntad de los españoles manifestada en las urnas?

Encima, contra el referido régimen republicano actuaron y conspiraron los mismos que contribuyeron a su implantación una vez perdieron unas elecciones (estas sí, generales) y tuvieron que dejar paso en el Ejecutivo a unas derechas a las que negaban cualquier legitimidad para gobernar: de ahí las revoluciones (golpistas) de 1934 en Asturias y Cataluña contra un Gobierno de centro-derecha (radical-cedista) que, paradójicamente, y pese a su carácter no republicano en esencia, tuvo que encargarse de defender la legalidad republicana. Y de aquellos polvos, vinieron posteriores y trágicos lodos.

He aquí la legitimidad democrática de origen del ejemplo histórico a seguir de cierta izquierda, sobre todo de la antisistema. Lo cual, teniendo en cuenta sus actuales faros del mundo, de Cuba a Venezuela, no es en absoluto de extrañar.

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