Lavado de Otegui

No se está divulgando a un monstruo, sino a una ideología monstruosa

22.04.2016 | 08:49
Javier Orrico

¿Debería un periodista, de haber podido, entrevistar a Joseph Goebbels, ministro nazi de Propaganda, o a Heinrich Himmler, responsable de las SS e ideólogo del Holocausto, o a Pol-Pot, el comunista genocida de Camboya, o al mismísimo Josif Stalin para que explicaran las razones que les impulsaban a promover el exterminio organizado que llevaron a cabo?

Este es un viejo conflicto periodístico y, por tanto, moral, sobre si se puede, sin asimilarse con el asesino, ponerle un altavoz al mal para que pueda presentarse como el bien. Es decir, para que pueda argumentar, en este caso entre la neutralidad impostada de quien le hace de altavoz, sus razones para el asesinato, lo que termina por presentar el crimen como razonable.

Lo que no podemos ignorar es el contexto y la actitud de quien hace de interlocutor del mal. La actuación de amplificador de Évole, un personaje que finge ser lo que es, hay que situarla en el centro de la actual campaña de lavado o blanqueo de Otegui, aspirante a presidente del País Vasco con el apoyo de Podemos, con el fin de presentarlo como un hombre razonable y pacífico, que si protagonizó, justificó y apoyó los crímenes de una banda neonazi, fue porque no pudo hacer otra cosa.

Y algo más terrible aún: porque era justo hacerlo. Por eso no pueden pedir perdón ni arrepentirse. Al contrario, lo que pretenden es imponer una interpretación de cuarenta años de terror por la que las víctimas fueron inevitables, y dolorosas, pero la razón era de ETA.

Porque lo espantoso, lo que se quiere blanquear para siempre, el mal verdadero no es Otegui, sino la ideología que encarna Otegui, el odio étnico e ideológico por el que aquellos nobles muchachos descerrajaban un tiro en la nuca o ponían bombas a las niñas sin pestañear. No estás divulgando a un monstruo, sino a una ideología monstruosa. La misma por la que hombres que amaban a Beethoven enviaban a seres humanos a las duchas de gas.

Sólo una cosa más. En un momento, Otegui pide que ya que ellos, la ETA, ha renunciado a seguir asesinándonos, es hora de la reciprocidad: de soltar a sus presos, dedicarles una calle y asignarles un buen retiro. Dejar de matarnos merece un premio.

Lleva razón Otegui: nunca hubo reciprocidad. España no utilizó a su Policía para sacarlos como ratas de sus casas y asesinarlos de rodillas como ellos sí hicieron con Miguel Ángel Blanco. Siempre, salvo el chapucero y triste episodio de los GAL, el Estado actuó con la ley y desde la ley.

La grandeza de esta democracia que tanto baqueteamos, y uno de los mayores motivos de orgullo que deberíamos sentir los españoles, es que, en efecto, Otegui, nunca hubo reciprocidad. Como escribí en una ocasión ya lejana, nosotros siempre pusimos los muertos y la pasta. Hoy, gracias a Dios y a unas policías ejemplares, y no, desde luego, a vosotros, ya sólo ponemos la pasta.

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