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Ron pirata

20.04.2016 | 04:00
Ron pirata

Cualquier parecido con la realidad NO es pura coincidencia, es pura realidad. Esta es la historia del mundialmente conocido Ron Havana Club, y la de su famosa marca. La destilería proviene de 1935 y fue fundada en Cuba por una familia española, los Arechabala. En la revolución castrista fue nacionalizada, y el Gobierno cubano comercializó el célebre ron directamente, si bien, aunque por efectos del embargo este apreciado ron no se podía beber en EE UU, donde llegaba a precio de oro; las regalías se las llevaba el régimen cubano, que conservaba su exclusiva explotación y comercialización. Vale. En 1993, cuando Cuba se queda sin las ayudas económicas rusas, ha de hacer caja, y entonces vende esos derechos a la empresa Ricard, que se forra ron-roneando la preciada marca por todo el mundo mundial.

Pero cuatro años después, como los americanos la tenían clavadita, con eso de que los herederos de los propietarios Arechabala eran los legales propietarios, y no la incautación castrista, hacen de Celestina por y para joer, y éstos venden sus derechos a la firma Bacardí, que empieza a fabricar también el jodío ron en Puerto Rico y con la mismitica marca, que se hace la competencia entre sí pero con intereses diferentes. El follón reside en una norma de 1998 que impide registrar marcas expropiadas por el Gobierno cubano a sus legítimos propietarios, si bien esa ley fue cuestionada por la propia Organización Mundial de Comercio. Pero junte usted billetes, intereses y política y ya sabe lo que puede salir de eso€

Ahora resulta que la tortilla toca darle la vuelta en la sartén, pues los Gobiernos americano y cubano están a partir un piñón, se levanta el embargo, empiezan a darse el pico, y entonces se encuentran con un conflicto que ellos mismos se han encargado de alimentar entre dos poderosas multinacionales que, durante nada menos que veinte años, han librado una batalla legal por la comercialización de una misma marca de ron, si bien que con dos fabricantes distintos y dos productores diferentes: el ron Havana Club. El tomate está servido.

De esta rocambolesca historia, real como la vida misma, se desprenden, al menos, un par o tres de conclusiones. La primera es los efectos de la puñetera globalización, los malos efectos cuando menos. Una anomalía como esta llega hasta el último rincón del planeta sin ningún cuestionamiento, como, por ejemplo, ni de calidades, ni de denominación de origen, ni de garantía de nada que se exigen al resto de los demás. Salvo, claro, los royalties económicos de los que sacar tajada. Lo demás, puritito cuento. La segunda es la constatación de que al consumidor le pueden colar cualquier producto sin que ni siquiera se cuestione el porqué una misma marca puede cubrir dos productos de diferente elaboración, sin ninguna dificultad. Una cosa es la realidad y otra el interés.

Y la tercera y última es que, a pesar de todo, ese monumental tinglado de intereses financieros, estratégicos y políticos podría venirse abajo como un castillo de naipes tan solo que con un único gesto: que los millones de consumidores de ron Havana Club dejaran de tomarlo una vez visto que lo único original del producto ha sido la tomadura de pelo. O sea, la constatación de que las grandes estructuras económicas en realidad se sostienen en la sola voluntad personal de cada ser humano. Una simple decisión colectiva, y lo más aparentemente sólido se desvanece como humo de pajas.

La clave reside en la tendencia de ese mismo ser humano al mimetismo, a la imitación, al gregarismo, la emulación o el borreguismo€ Crea una moda, consigue introducirla haciéndola costumbre, y lo demás funcionará solo, por sí mismo. Los que se creen originales solo son clones de otros que lo creen exactamente igual. Esa es la mecánica. Pero es una estrategia que también funciona en sentido contrario. La diferencia reside en que el combustible que usa el primero es el yoigual, y el que mueve lo segundo es la inteligencia. Ahí está la cosa.

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