¿EXISTE LA CLASE OBRERA?

«Se invisibiliza la confrontación laboral para invisibilizar a la clase trabajadora como tal y para que no se establezca un nexo entre el conflicto laboral y el social, de manera que no se perciba que en realidad ambos beben de la contradicción principal que subyace a la casi totalidad de los conflictos, a saber, la que enfrenta al capital con el trabajo"

18.04.2016 | 04:00
José Haro

Tuve el gusto, hace unos días, de presentar el último libro de José Daniel Lacalle, intelectual marxista, ingeniero de formación, que ha orientado su trabajo hacia la situación de las clases sociales en España. El libro tiene por título Conflictividad y Crisis, y describe las luchas populares ocurridas durante el período 2008-2014. Lo primero que sorprende con la lectura de este texto es el nivel de desconocimiento que existe, también entre la izquierda informada, respecto de la conflictividad estrictamente laboral que se ha producido en esos años.

Efectivamente, y tras bucear el autor en fuentes estadísticas un tanto escondidas, descubrimos que durante el período de crisis las huelgas se han incrementado considerablemente respecto de la etapa precedente, concentrándose en pequeñas y medianas empresas y situándose por encima de la media europea, lo que describe un comportamiento anticíclico realmente atípico. Nadie sospechábamos ni siquiera algo parecido, lo cual nos conduce a una conclusión: se ha procurado, por parte del Régimen y sus medios, la invisibilización de la disputa laboral. Y a mi entender ello se debe a dos razones. En primer lugar, en ese tiempo tuvo lugar una amplia movilización que podríamos calificar de carácter ciudadano, centrada en la oposición a los recortes y en demanda de regeneración democrática.

Esta conflictividad eclipsó la que se desarrollaba en el seno de las empresas, que era fundamentalmente de carácter defensivo (del convenio, de los salarios, contra los despidos, etc). La segunda razón nos remite a una intencionalidad política explícita: se invisibiliza la confrontación laboral para invisibilizar a la clase trabajadora como tal y para que no se establezca un nexo entre el conflicto laboral y el social, de manera que no se perciba que en realidad ambos beben de la contradicción principal que subyace a la casi totalidad de los conflictos, a saber, la que enfrenta al capital con el trabajo.

Vayamos por partes. La invisibilización de la clase obrera es un hecho sociológico fuera de toda discusión. La fragmentación y la precariedad del mundo del trabajo han llevado a que sus componentes más precarios subjetivicen que no están incluidos en ninguna clase por cuanto su situación es inestable, de tránsito hacia otra; por su parte, los trabajadores que todavía mantienen cierto estatus salarial y de estabilidad no se consideran miembros de una clase a la que vinculan a una posición de fragilidad. Por consiguiente, si no existe la clase obrera no existe un proyecto de clase que se confronte con el de la burguesía; en suma, no tiene existencia la propia lucha de clases y su referente más gráfico, la huelga laboral.

En esta perspectiva, las mareas y otros movimientos que han surgido a lo largo de la crisis tendrían un componente ciudadano, no de clase, y se confrontarían con las élites o la casta, habiendo desaparecido la contradicción capital-trabajo como la fundamental en el seno de la sociedad capitalista. Este análisis ha impregnado buena parte del discurso de la izquierda, y en mi opinión es erróneo.

En primer lugar, porque el conflicto laboral convencional existe, e incluso se ha reforzado, contra todo pronóstico como hemos visto, en época de crisis. En segundo lugar, porque buena parte de las movilizaciones sociales son un desplazamiento hacia la calle del conflicto que tiene lugar en el seno de la empresa (por ejemplo, cuando un barrio se moviliza para que no cierren una fábrica que da vida a esa población).

Y en tercer lugar, porque los movimientos de nuevo tipo surgidos al calor de la crisis, como las mareas, son en última instancia conflictos por el salario. En la marea blanca, por mencionar la más paradigmática, se entrelazan la lucha por las condiciones de trabajo del personal sanitario, amenazadas por la privatización, con la exigencia de una sanidad pública y universal de calidad, lo que no es sino la expresión del salario indirecto.
Marx tenía razón: el conflicto capital/trabajo ocupa la centralidad en las sociedades capitalistas. Y la estrategia de la izquierda ha de tenerlo muy presente.

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