La busca de la felicidad

18.04.2016 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

La declaración de independencia de los Estados Unidos, con Jefferson y Franklin entre otros, proclama como derechos inalienables la vida, la libertad y la busca de la felicidad. Eran gente inteligente. Pensadores que sabían que nadie puede reclamar la felicidad, y no hay derecho sin acción judicial que lo pueda demandar, pero sí el derecho a buscarla.

La felicidad se asocia con frecuencia al más preciado de los placeres, que es el amor. Aunque no debemos confundir la gimnasia con la magnesia. Decía el maestro de maestros, Rodríguez Adrados, que los griegos no habían inventado la poesía amorosa, pero que no dejaron sin tocar ningún tema del amor en la poesía. Ya Safo de Lesbos se había consagrado como la mejor poetisa del mundo conocido, no sin cierta leyenda que la asocia a la poesía lésbica por algo más que un patronímico. Hasta el punto que Catulo llamó Lesbia a su amada Clodia, tal vez por el despecho a su pasión, aunque a ella van dirigidos los más hermosos poemas, que musicara Karl Orff en sus Catuli carmina. Pero ese estadío en que nos hallamos cuando al leer una obra literaria, escuchar una pieza musical personalmente no concibo mayor proximidad a la gloria que la música de Bach, un banco en un hermoso parque, contemplar un trabajo que inspirara cualquiera de las nueve musas, no es una sensación extraña para quien conoce la naturaleza de las cosas como Lucrecio en su legado De rerum natura. El mundo se pacifica alrededor de ti, incluso cuando te doy una canción, se abre una puerta y de la sombra sales tú. Y si no te apareces, no me importa, yo te doy una canción.

Ese no me importa de Silvio Rodríguez, expresa el estado de la dicha que se alcanza cuando entiendes que, más que el camino de la felicidad, puedes encontrar la felicidad en el camino. Pues el mismo andar libera endorfinas, que son las hormonas que nos hacen felices. Hay quien piensa que esa es la dicha y que ser efímera es su condición. Tal vez por eso tendemos a creer que es un don divino, cuando estoy convencido de lo contrario. ¿Por qué los dioses antiguos habrían de fijarse y hasta encapricharse de los simples mortales? ¿Por qué tomarse tanto interés en quienes no alcanzan ni una infinitésima parte de su poder y su gloria? Sabe, amigo lector, que es por algo que los humanos tenemos y ellos no. No es el fuego que Prometeo robó a Zeus, sino la capacidad de amar, que sólo la puede dar la condición mortal. Pues los humanos trascendemos el tiempo y el espacio en un instante de placer. Ellos, seres atemporales y ubicuescentes, que pueden concebir todo pensamiento y toda sensación humana, no entienden que la vida, al ser efímera para nosotros, pueda provocar sensaciones tan intensas.

Carpe diem, susurra Horacio, para aprovechar el instante, como un momento de dicha. Todo fluye, decía Heráclito. Las mismas gotas de lluvia no empaparán tu cuerpo dos veces. Y soñar, cuando la noche nos rocía con el polvo de las estrellas, el material del que están hechos los sueños. Y, a veces, sólo unas pocas, también el cine, porque es el arte de nuestro tiempo, como antes lo fueran el teatro, la danza, la ópera. Los sueños son el alimento de la vigilia y por eso cualquier estado semejante a ésta puede ser un momento de felicidad

Catulo, como Safo unos siglos antes, lo había entendido: me parece semejante a los dioses; parece, si se me permite, superior a ellos, quien sentado frente a ti, te contempla y te escucha riendo dulcemente...

Pero no todos los besos fueron escritos en Grecia o traducidos del griego. Pues algún titán expulsado del Olimpo tuvo la habilidad de engendrar a Quevedo, quién alcanzó uno de los de las cimas más extraordinarias de la poesía amorosa al hablar del amor intemporal más allá de la muerte: «polvo seré, más polvo enamorado». Ni el mismísimo Caronte podía evitarlo.

Tan antiguos como aquellos, los dioses orientales inventaron la ataraxia y el nirvana, paraísos terrenales que trascienden los placeres. Epicuro los hizo accesibles para el paciente delectador, antes de que los dioses semitas los negaran bajo la forma del pecado. Los sacerdotes del Dios cristiano enumeraron hasta siete: la ira para la fuerza y el coraje; la lujuria frente al placer del sexo; la gula como antítesis del paladar culinario; la pereza para negar la contemplación y la parsimonia; la avaricia contra la ambición; la soberbia ante el orgullo; y la envidia como reverso de la admiración.

Michelangelo en la Sixtina representa a Dios padre creando a Adán a su imagen y semejanza. Hay quien dice que fuimos nosotros quienes creamos a los dioses bien parecidos a nosotros. Pero no es así, son ellos quienes liban indolentes la ambrosía servida por el copero Ganímedes. Sin tanta afectación, nosotros disfrutamos al beber una caña bajo una pérgola de vegetal sombra o al escanciar el vino en la copa servida para la conversación y la amistad.

Pues permíteme, lector, que haga mía la expresión de Kant, sapere aude, atrévete a saber, y te anime a conocer cuál es la dicha de los humanos que tanto envidian los dioses y te muestre Ovidio en qué consiste el arte de amar. Para ello citaré los maravillosos versos, ¿de quién? pues de nuevo de Catulo: vivamus, mea Lesbia, atque amemus, vivamos, Lesbia mía, y amemos.

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