Bueno Días

Auschwitz

18.04.2016 | 04:00
Francisco Valero

Auschwitz es una visita indiscutible si se presenta una oportunidad en la vida. Por eso, cuatro amigos oriolanos aprovechamos el viaje a Cracovia para inmiscuirnos en el campo de concentración nazi. Aunque la explanada invita a sospechar que es un recinto edulcorado por el turismo, la torpe sensación desaparece cuando la guía –historiadora polaca– toma la palabra en un preciso castellano para conducirnos hacia la entrada del campo, que recibía a los deportados con la macabra paradoja en alemán: 'El trabajo os hará libres'. La infamia residía ahí, en cada pisada por el campo, en cada barracón: los miserables dormitorios de los presos, la sala del ginecólogo que esterilizaba a las mujeres o el bloque 11, el bloque de la muerte, donde se torturaba hasta matarlos por asfixia o de hambre. El recorrido se hace en silencio hasta las cámaras de gas y los crematorios, mientras escuchamos: llegaron engañados con la esperanza de un empleo, «hacia la idílica Canadá», y hallaron el horror. Una vez Polonia se planteó si Auschwitz debía ser destruido, pero la cita de Santayana se mantiene vigente: «Quien no recuerda el pasado está condenado a repetirlo».

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