Espacio Abierto

El laicismo de las instituciones, garantía de paz y progreso para todos

16.04.2016 | 04:00

Y cuando escribo ´para todos´ quiero significar ´para todos´, no como otros que escriben sólo pensando en sí mismos.

Cuando Europa se conmueve ya en varias ocasiones a causa de personas que se inmolan llevándose por delante a tantos menos culpables que ellos de muerte y sangre, cuando la crisis de valores impulsada por la globalización a todos nos confunde, cuando en cualquier lugar del planeta los ricos quieren más dinero y los pobres son cada vez más pobres, cuando el cinismo nos rodea, entendiendo por tal lo que debe entenderse en buena lid, esto es, que ante la falta aparente de valores yo puedo merendarme lo que me salga de la punta del mismo nabo o de mis ovarios, cuando no se recuerda que aunque Dios no nos sea tan patente tenemos la obligatoriedad de amar a nuestros semejantes, entonces el laicismo es algo fundamental para la convivencia en un globo así de comunicado, o peor, de tan mal comunicado, porque la mala comunicación es lo que abunda por doquier, para ganancia de los que casi siempre ganan, que en política muchas veces son los más impresentables.

Ahora bien, aún quedan conciencias auténticas, acá y allá, esparcidas por este inmundo mundo de dios o del big bang, o de ambos a la vez que vaya usted a saber, porque ello de suyo está del lado de lo nouménico, que saben que el laicismo es la postura más humana y defendible para nuestras instituciones, aquí, en Pekín, en Damasco, en New York, en Moscú, en cualquier parte.

Ya está bien de destruirnos, de enfrentarnos en nombre de ningún creador; y evidentemente asímismo está igualmente bien de atizarnos los unos a los otros por ningún motivo, mas difícilmente ahora sería yo capaz de escribir acerca de cómo evitar en poco tiempo el que el uno por ciento del globo se fagocite al otro 99. Y sin embargo, sí es fácil escribir lo que sigue: que el laicismo es la manera más sana de encarar la convivencia en sociedades tan complejas como las que nos toca casi padecer más que disfrutar.

No quiero señalar el sinfín de tropelías a que nos conduce cualquier tipo de fundamentalismo, entendido éste como la forma política de basar las relaciones humanas y las decisiones colectivas en los textos sagrados. Preferible es a todas luces „escribe un ciego físicamente ´hablando´ „abordar todos nuestros problemas políticos desde la óptica del arma más segura que tenemos para organizarnos: la razón, la inteligencia y el corazón. ambos instrumentos constitutivos de la especie humana se muestran como bien eficaces para funcionar, y luego, en el interior de cada uno de nosotros fluya el apetito de lo religioso: del religare con lo sagrado, sin embargo, al legislar hágase siempre con razón y corazón, sin sometimiento a textos donde la razón no esté presente en todos sus renglones: y bien sabido es que en ellos la razón se ausenta por doquier en aras de un deseo muy plausible pero no por eso menos, simple deseo.

Si Dios a la postre está ahí para juzgarnos seguro que se aterrorizaría de que en su nombre cometamos, por otra parte, tantas tropelías, tantos abusos, tantos gestos parciales, incluso se avergonzaría de habernos hecho libres si la libertad nos conduce a destruirnos entre nosotros supuestamente hijos suyos.

Pongamos, pues, en nuestro obrar, sea en un consistorio, en un parlamento, en una institución de carácter internacional lo mejor de nosotros mismos como hombres, por encima de aquellos intereses supuestamente divinos, conscientes de que el poder reside en todos los hombres, los cuales lo delegan en representantes que deben ser justos, más que sacerdotes.

Cf. www.laicismo.org
para mayor abundamiento.

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