Punto de vista

Lucha intelectual

10.04.2016 | 04:00
José Luis Villas Cañas

La irrupción de Podemos no solo cambia la lucha política. También altera la batalla por la opinión pública. Surgen nuevos medios y empresas de comunicación, y con ellas irrumpen nuevas firmas. Y esto a todos los niveles, desde televisiones a revistas y periódicos. Como todo el mundo sabe hasta qué punto la empresa de comunicación es la verdadera empresa política, es inevitable que las afinidades se asocien en la misma batalla. La de los intelectuales es la lucha política por otros medios. De este modo, la guerra política se reproduce con la misma acritud y dureza en la llamada batalla intelectual. Como es previsible, la una y la otra se hace al modo hispánico, algo que desde Goya suele visualizarse a garrotazo limpio.

Así hemos llegado a la polémica sobre los intelectuales. Primero fue el largo libro de Gregorio Morán, de glorioso título „El cura y los mandarines„, y ahora ha tenido su continuidad en el de Ignacio Sánchez Cuenca, con el menos críptico pero no menos rotundo título, La desfachatez intelectual. Gregorio Morán es el típico intelectual paria, testigo del arcano español, candorosamente maledicente, cuyo mayor defecto es que siempre fue demasiado listo para el sistema, fuera este el que fuera. Arrinconado en la jaula de oro de La Vanguardia, encontró un nuevo público entre los seguidores de Podemos, que hicieron conveniente la reedición de su viejo libro sobre la transición. Sánchez Cuenca es un académico entregado a la sociología y en su libro hay mucho de lamento corporativo por la poca presencia de su disciplina en el debate público central. Yo como filósofo no puedo dejar de sonreír ante su queja.

Miro esta guerra con mucha distancia, y eso en el caso de que sea una guerra y no un cruce demasiado complejo de batallas más o menos viejas. Hace unos días, Justo Serna se quejaba de esa confusión en su comentario al libro de Sánchez Cuenca. En realidad, se quejaba de que el libro sobre la desfachatez intelectual incluyera en sus páginas a su admirado Antonio Muñoz Molina. Al igual que Serna, creo que Muñoz Molina no tiene nada que ver con esta actitud que denuncia Sánchez Cuenca. Él es un hombre bastante representativo de una buena parte del público ilustrado español y las acusaciones de Sánchez Cuenca de instalarse en un moralismo limitado no me parecen justas. El libro sobre la corrupción española „Todo lo que era sólido„ sobrevivirá a esta triste época por su valentía y nervio. Es un libro político. En todo caso, también la visión moral de las cosas debe tener su espacio público, y cuando todos los actores disputan por configurar el sentido común español, no podemos ignorar que Muñoz Molina es uno de los que lo conforman. Por lo demás, sus artículos sobre arte contemporáneo me parecen informados y sutiles, además de literariamente muy eficaces. Cuando habla de la cultura española no promueve un grosero casticismo. En suma, no lo veo formando parte de ese ´club de amiguetes de la cultura´ del que habla Sánchez Cuenca. No hay evidencias sociológicas de que forme parte de un grupo.

En realidad, no hay evidencias de que nadie forme un grupo. El hecho de que escriban en el mismo sitio no hace de ellos un grupo. Como dijo el genial Eric Sati, «somos siete pero nunca nos hemos contado». Sánchez Cuenca quizá olvida que la vida de eso que llama el intelectual es la de un lobo cuya evidencia fundamental es la soledad despiadada.

Aquí, las categorías de la vida académica, organizada en consistentes escuelas y grupos, perturban la mirada sobre el espacio público. Esa soledad explicaría los cambios extremos de posiciones. La fobia de Morán hacia los académicos alberga la misma mirada de desprecio que un Araquistáin, que tenía que ganarse la vida día a día con sus artículos, le dedicaba a Ortega, que tenía un sueldo solvente a fin de mes. Las condiciones sociológicas de un gremio hacen que unos vean como un competidor innoble a quien, además, reclama su posición académica como una cualificación para aparecer ante la opinión pública. Por supuesto, como el propio Sánchez Cuenca sabe, nada desprecia más el académico que al diletante. Pero es preciso convenir que nuestros literatos son hermanitas de la caridad comparados con los que crearon las ideas de guerra de 1914 y que levantaron las iras quijotescas de Weber. El asunto, como se ve, es viejo.

Luego hay muchas cosas a tener en cuenta. Por supuesto, la principal, que la vida humana es demasiado larga. Ya lo era en la época de Shakespeare, y eso fue lo que le hizo decir al rey Lear que con frecuencia la naturaleza hace a los hombres viejos antes que sabios. Esto tiene difícil arreglo. Además, lo que sea un literato hoy en día es una cosa muy especial. Es cierto que algunos de ellos hablan cada vez más como Quico Rivera, pero cada uno es feliz con su público. Nadie debería quejarse de eso. Afortunadamente vivimos en una sociedad que no es Corea del Norte. Así que no tenemos que tragarnos nada en contra de nuestra voluntad. Quejarse de la manera en que se ha constituido la opinión pública española, por tanto, me parece que forma parte de aquellas cosas de las que los estoicos decían que era tonto quejarse. Creo que la divisa aquí debe ser no codearse con quien te caiga mal y dejar que el sol alumbre a todo buen paisano.

Y esto es lo que me parece más bien ingenuo de los libros como el de Morán y el de Sánchez Cuenca. La carencia de alternativas viables para atajar cualquier cosa de las que censuran. ¿En quién van a confiar las instituciones del Estado cuando ponen en marcha su programa neoimperial del español en el mundo? Pues en alguien como Ruiz de la Concha, melifluo y hábil, de quien cabe esperar que no pronuncie una palabra inconveniente. ¿Iban a confiar en alguien como Morán, que se reiría de cualquiera tan pronto diera media vuelta? Es absurdo quejarse de eso. Del mismo modo, cuando la batalla arrecia, las partes confían en los incondicionales. ¿O es que lo iban a hacer más en un académico descomprometido capaz de una fría objetividad? Si uno de ellos tiene una idea útil, cosa improbable, se apropiarán de ella en silencio, y a otra cosa. Y está bien así. Para eso cobran a fin de mes.

Lo que se aprende a lo largo de la vida es que cada uno está cerca de donde elige estar, y que es absurdo medir tu felicidad o tu tortura por criterios ajenos. Por debajo del argumento de Sánchez Cuenca, en realidad podemos ver su obvia autopostulación: viene a decir que los que intervienen en la forja de la opinión pública deberían parecerse más a él. Esto se descubre con facilidad en un hecho: Sánchez Cuenca no es capaz de aplicar su talento sociológico a identificar un ejemplo del tipo de intelectual con el que se sentiría confortado. Esa operación puede ser legítima, pero creo que es más bien estéril. Lo único oportuno para defender la posición propia es ejercerla. Aquí la comunicación indirecta es lo único legítimo y eficaz a la vez. Afortunadamente, no conozco a nadie que quiera escribir y no lo haga a su gusto, y hacer hoy una revista digital cuesta menos que una comida decente. Así que lo mejor es que cada uno se retrate como sepa y pueda, y defienda la justicia como le parezca, se contraste con su propio tipo ideal y pida al destino que la naturaleza le haga sabio antes que viejo. Para callar a tiempo.

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