Las cuentas de la vida

Ya no moriremos

04.04.2016 | 04:00
Daniel Capó

Cada época crea sus mitos particulares. En la Edad Media se esperaba la inminencia del Apocalipsis, del final de los tiempos en el que se juzgaría a los vivos y a los muertos. El siglo XVIII trajo el despotismo ilustrado y la fe en el poder absoluto de la razón. El romanticismo inauguró la sentimentalización de la política, ese paso previo a la brutalidad, si hacemos caso al psiquiatra inglés Theodore Dalrymple. El marxismo actualizó la promesa mesiánica de una sociedad sin clases, sosteniéndola en una justicia sin escrúpulos. En el siglo XXI, dos mitos impulsan a los países en su marcha hacia el futuro: uno es colectivo; otro, elitista. El primero confunde la democracia con la vía estrecha de los plebiscitos; el segundo cree que todos los grandes problemas de la vida responden a una causa técnica y que, por tanto, se pueden solucionar.

La concepción de la sociedad como un artilugio complejo de ingeniería se puede rastrear, por ejemplo, en las cartas anuales de la Fundación Bill y Melinda Gates. La curación de las enfermedades terminales, el final de la pobreza extrema, una vacuna para la malaria o la depuración universal del agua serían sólo cuestión de décadas, no mucho más de medio siglo. En algunas entrevistas, Bill Gates ha declarado que no interpreta el mundo de una forma muy distinta a un software. Las injusticias, las enfermedades, el hambre, etc. vienen a ser fallos de programación en el sistema. Nada que no pueda arreglarse si aplicamos nuestra inteligencia y utilizamos el método adecuado.

La fe en la ciencia pronostica también el fin de la muerte. «Ya no moriremos», profetiza el historiador israelí Yuval Noah Harari, autor del best seller De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad (Debate, 2014), en una conversación que mantuvo hace un año con el Nobel de Economía Daniel Kahneman. «La actitud actual hacia la enfermedad, el envejecimiento y la muerte es que son básicamente problemas técnicos –leemos en la entrevista–. [?]. La gente no se muere porque aparezca el Ángel de la Muerte, sino porque su corazón deja de bombear o porque una arteria se ha atascado o porque las células cancerosas se extienden por el hígado o algún otro órgano. Todos estos son problemas técnicos y, en esencia, deberían tener una solución técnica. Esta manera de pensar se está consolidando como la dominante en círculos científicos». Y concluye afirmando que, al menos para los multimillonarios, la muerte podría llegar a «ser opcional».

La parte más interesante de la entrevista sin embargo viene a continuación, cuando Kahneman se pregunta qué sucederá con las personas que dejen de ser necesarias. Y la respuesta de Harari resulta iluminadora: «El proceso básico es el de la desconexión entre inteligencia y consciencia. [?] El problema hoy es que al sistema político, militar y económico, en realidad, no le hace falta la consciencia. Necesita inteligencia. Y la inteligencia es algo mucho más fácil de obtener que la consciencia». Por lo que, sencillamente, a medida que las máquinas sean capaces de realizar trabajos cada vez más especializados, mucha gente va a sobrar.

Todo eso presagia un malestar social y una brutal atomización de clases, cuyos primeros síntomas empezamos ya a percibir. Para Harari la situación no resulta muy distinta de la que se vivió a principios del siglo XIX, cuando se puso en marcha la Revolución Industrial. Entonces surgieron nuevos conflictos, como el proletariado urbano y el dominio de unos pocos países sobre el resto del mundo. Con millones y millones de trabajadores sobrantes, la robótica y los ordenadores sustituyendo a las personas, la pregunta por el sentido de la vida se anuncia inquietante. ¿Qué haremos cuando seamos innecesarios? ¿Cómo se canalizará nuestra inquietud? ¿Hasta qué punto el incremento en el consumo de drogas legales e ilegales –según apunta Harari– puede tener que ver con la sensación de que ya sobramos? No lo sé. Pero el hecho es que creer que los problemas humanos responden sólo a cuestiones técnicas resulta un espejismo como cualquier otro. Sin duda, la ciencia avanza y en su camino aporta soluciones y crea nuevos conflictos que, tarde o temprano, habrá que resolver.

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