Espacio Abierto

Un futuro desagradable

31.03.2016 | 04:00

Se entrega la célula islamista de Molenbeek tras 2.000 retuits a un corazón con la bandera belga»; «Daesh abandona la ciudad de Raqa tras la ola de velas aromáticas de IKEA en las embajadas de Bélgica». ¿No les suenan estos titulares? Pues en el kiosco de la calle Piruleta, esquina con la plaza del Melocotón en Almíbar, toda la prensa lleva mensajes de este tipo en sus portadas. Uno de ellos lleva en la portada una fotografía de un chaval con un cartón en el que ha escrito en grandes letras rojas 'Stop islamofobia' y tal. ¿Que no? Si a usted le parece absurdo y hasta sonrojante, entonces puede que haya llegado el momento de preguntarse what the fuck estamos haciendo y qué reacción esperamos que generen nuestros actos ante las masacres islamistas.

A la vista de lo sucedido, puede concluirse que el uso de Twitter como catalizador de la idiotez pública puede llegar a comprometer la seguridad nacional. Nadie niega el poder y el interés de las redes sociales ante acontecimientos de interés global, pero en demasiadas ocasiones generan más ruido que otra cosa. Ruido que atrae a miles de personas, como una canción de Daddy Yankee en una discoteca de Puerto Rico. Referencias musicales al margen, la reacción de los europeos ante el último atentado yihadista en Bruselas sigue la vergonzante tendencia marcada por la que ya vimos y padecimos tras los cometidos en Francia en los últimos meses.

Las redes sociales se han poblado de banderitas, corazones, «pray for Brussels», y lemas buenistas contra la supuesta fobia al Islam. Europa, ante la mayor amenaza para su integridad desde la Segunda Guerra Mundial, sólo es capaz de recurrir a cirios rojos con la imagen de la Virgen del Carmen y a textos de Paulo Coelho. No somos capaces de enfrentarnos a ellos, ni tan siquiera de pedir a nuestros gobiernos que actúen, que dejen sus recelos a compartir información y esfuerzos y planten cara de una vez por todas al enemigo. Sí, al enemigo, porque en las guerras hay enemigos. Porque como no supimos o no quisimos hacer frente a la situación cuando el terrorismo islámico era aún calificado como amenaza, hoy tenemos que lidiar con un problema real a gran escala.

Está bien, y puede que incluso sea necesario para la psique colectiva, arremolinarse en tribu para condenar los atentados, expresar la solidaridad con las víctimas y canalizar nuestro dolor, pero todo eso no vale de nada si no supone un medio para alcanzar algo; si no es la base para alzar la voz y pedir a nuestros gobiernos una respuesta integral, dentro y fuera de Europa. Esa unidad aparente que se genera en los momentos primeros de consternación colectiva se resquebraja a las pocas horas, porque enseguida nos ponemos a mezclar conceptos y problemas.

Y sí, pero no. Porque el paso siguiente a este cóctel a caballo entre lo político y lo emocional, consiste en igualar cuestiones que son distintas y en que algunos empiecen, no a justificar pero sí a entender a los terroristas, a entender que esta inhumana Europa que les da educación, sanidad y les permite disfrutar de un Estado del Bienestar que en sus países ni imaginan, es quien tiene la culpa por no darles el cariño y comprensión suficientes. Así, iniciamos un ejercicio de empatía tan siniestro como peligroso para nuestra propia existencia futura. Tras los regueros de sangre y terror caminamos aturdidos, no ya por los muertos, sino por la idea de que es más que probable que tengamos que hacer cosas bastante desagradables para salvar el pellejo de nuestra civilización.

No queremos ver la realidad que nos inmoviliza y que nos deja la idiotez consciente como único refugio de nuestra felicidad y de nuestra conciencia. Y entonces, en vez de sacudirles a los que nos ponen las bombas, soltamos unos cuantos guantazos, dialécticos por ahora, a quienes nos señalan las verdades incómodas. Incómodas, insisto, no sólo por desvelar nuestros errores pasados sino por marcarnos un futuro en el que tendremos que mover el culo si no queremos perderlo.

Escribía hace unos días Muñoz Molina que lo que más le gustaba de la idea de Europa es que «es completamente artificial; que no se basa en los lazos místicos de la sangre, ni en una lengua primigenia, ni en la leyenda de una comunidad originaria. Nadie se va a llevar la mano al corazón delante de una bandera europea». Y es cierto. Lo más interesante del proyecto europeo no es la historia común, sino la oportunidad que nos brinda de aunar esfuerzos y voluntades para defender nuestro sistema de libertades como base irrenunciable de nuestras sociedades.
Pero para que Europa sea viable hay que afrontar los problemas tal como son, dejando a un lado nuestros autodestructivos complejos de culpa que llevan a gobiernos como el belga a decirle a su gente que no se manifiesten para no molestar a la comunidad islámica. Pero los hechos son tozudos y tendremos que prepararnos para un futuro inmediato como algo que quizá no somos, una sociedad madura que vela por sus generaciones venideras; deberemos estar listos para un futuro desagradable. Si no por responsabilidad, al menos por puro instinto de supervivencia.

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