Ritos de paso

Matar a Frankestein

28.03.2016 | 04:00
Matar a Frankestein

Cuando la realidad abruma, y Bruselas abruma en demasía desde el martes, es difícil encontrar explicaciones, incluso hacerse preguntas como ¿por qué unos estudiantes de Erasmus vuelven de madrugada y con lluvia de las fallas a Barcelona? ¿Era más barato? ¿Para quién? Los resultados de estas cábalas hacen imposible que alguien pague la ronda porque la ronda no tiene precio. Han creado monstruos. No son comparables, por supuesto, la inmediatez y urgencia de los viajes y la fiesta, y la locura asesina de los talibanes monoteístas; también los hay en los otros dos monoteísmos, pero ya mataron antaño. Nada es comparable, por eso me refugio en el quinteto de directores, mi quinteto, nacidos en los años veinte y treinta, y disfruto de su prosa y de algunos versos sueltos.

Stanley Donen (1924) nos regaló a Audrey Hepburn y Albert Finney, geniales, en Dos en la carretera (1967), película en la que hacía una fugaz aparición una jovencita de nombre Jacqueline Bisset. Ella también se luce en Asesinato en el Orient Express (1974) de Sidney Lumet (1924-2011), película en la que repite Finney y aparecen otros muchos y muy buenos. Pakula (1928-1968) legó al menos dos joyas, Klute (1971), Jane Fonda y Donald Sutherland nos enamoran, sus personajes y sus interpretaciones, y Todos los hombres del presidente (1976), para verla siempre. La lista de Sidney Pollack (1934-2008) es larga y rica en matices; me quedo con Tal como éramos (1973) y Los tres días del Cóndor (1975). Y sobre el quinto, Stanley Kubrick (1928-1999), elegir es imposible, por eso opto por la más dolorida y trágica, Lolita (1962), imperturbable adaptación de la novela de Nabokov. Hoy ambas, película y novela, serían llevadas a los tribunales por apología de alguna cosa.

Esta es mi receta para matar estos días a Frankenstein, que asesina en Bruselas, asesinó en París, Londres, Madrid y Nueva York, pero asesina sobre todo y mucho más, en las tierras donde viven sus gentes, ese Oriente Medio de nuestros pecados coloniales. Y por mucho que se empeñen los franceses, esto no es una guerra, es algo peor, es un estado de pánico que solo puede ser destruido con inteligencia, inteligencia que requiere dinero, bastante, pero no tanto como el que los fabricantes de armas pretenden. La guerra asusta y justifica recorte de libertades. No nos engañen otra vez, por favor, que ya hemos crecido viendo cine.

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