Pasado a limpio

El último dinosaurio

21.03.2016 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz

«El problema del dinosaurio es que no se había dado cuenta de que era el último de una especie. Que todos los seres que le rodeaban pertenecían a la familia que representaba el signo de la evolución. Claro que mientras no se extinguiera, los demás se veían acobardados por su sola y gigantesca presencia»

La soledad, la incomprensión, el desprecio, persiguen a un individuo en su huida, que es al tiempo una búsqueda de su identidad. Hasta que descubre quién es, que todos los seres que le rodean son mamíferos, que él es el último de los dinosaurios. Ese es en síntesis uno de los relatos de Italo Calvino, autor imprescindible de la literatura italiana y universal, aunque con frecuencia sus argumentos se ocultan tras historias no trascendentes. La sensación extraña del protagonista no era falta de respeto, es más, se le trataba con cierta consideración, no exenta de cierto temor. Es uno de los cuentos de su desternillante Las Cosmicómicas, uno de los libros más hilarantes y divertidos que he leído. Entre los nuestros, sólo Eduardo Mendoza ha alcanzado similares registros.

Pero quería hablarles de algo más que de Literatura, porque las lecturas de Italo se proponen a distintos niveles de análisis, como en la Trilogía de nuestros Antepasados con su genial Barón rampante. Sus relatos cortos son metáforas o alegorías cuyas claves es preciso conocer, pues Calvino, militante comunista, nunca fue servil al burgués. Los noticiarios y la prensa escrita echan humo estos días, pero me interesan dos noticias muy relevantes, una de ámbito nacional: la retirada de Cándido Méndez como secretario general de UGT. Y el disonante Garre pidiendo a Rajoy que dé un paso atrás.

El problema del dinosaurio es que no se había dado cuenta de que era el último de una especie. Que todos los seres que le rodeaban pertenecían a la familia que representaba el signo de la evolución. Claro que mientras no se extinguiera, los demás se veían acobardados por su sola y gigantesca presencia.

Cándido Méndez se retira en el momento más impopular de los sindicatos, otrora instrumento necesario para la reivindicación de los derechos de los trabajadores en el primer impulso de la democracia, hoy no sólo salpicados, sino implicados en tramas de corrupción impresentables. La baja afiliación les obligó a buscar fuentes alternativas de financiación, cosa que hicieron a través de los cursos de formación. Luego vendrían los ERES y demás películas sobradamente conocidas. Al tiempo que el recurso de la huelga general se pervirtió en arma política, uso y abuso incluido. Pero Méndez, responsable político último de estas perversiones, prefiere pasar página. Lástima que también los sindicatos la hayan pasado cuando Zapatero inició el programa de reformas y recortes laborales elaborado por la derecha europea. Y no ya porque piense que esas leyes han agravado la crisis, sino porque la condescendencia de los sindicatos con aquellas políticas coincidieron –¡oh, casualidad!– con el descrédito de su deriva ideológica. Al contrario, EE UU salió de la Gran Depresión de los años 30 aplicando medidas políticas contrarias a las que se aplican ahora en Europa –la Historia Económica es una disciplina que debiera estudiarse con más esmero–.

Por poner un ejemplo: ¿dónde estaban las organizaciones sindicales en los procesos de remodelación bancaria? ¿Dónde en las intervenciones del Banco de España y en los 'escándalos desvelados'? Estas asociaciones horizontales formaban parte del gobierno de las Cajas de Ahorro y sabían perfectamente, como también lo sabía el Banco de España, de los tratos de favor, de los préstamos a interés cero, de la trampa de las preferentes y demás derivados, y, claro que sí, también de las 'tarjetas black'. Su economistas debieron estar atentos a los criterios contables que han servido a unos para maquillar y a otros para esquilmar el negocio de las Cajas de Ahorro. Y lo mismo hubieran debido estar los juristas con conocimientos en Derecho Civil y Mercantil para saber que lo que hicieron en algún proceso fue pura y simplemente un negocio simulado, disfrazando auténticas donaciones mediante compraventas con precio irrisorio. Pero los sindicatos ni siquiera protestaron cuando la gran banca regularizaba sus plantillas con despidos camuflados. «¿Quiere usted seguir trabajando con nosotros, verdad? ¿Qué le parece un ascenso como director de la oficina de San Petersburgo? ¡Ah! Que tiene usted familia en Murcia, pero ellos podrán arreglárselas sin usted una temporada. Y en San Petersburgo también se habla inglés, lo que será para sus hijos una forma de perfeccionar la lengua universal de los negocios. ¡Qué lástima que rechace usted la oferta, porque su puesto de trabajo va a ser amortizado!».

Pero, como saben, las especies de dinosaurios fueron muchas y se extinguieron más o menos al unísono. Aunque yo tengo mis dudas sobre esa teoría científica. No creo que el honorable Garre sea el único que piense lo que dice, pero, como Quevedo, se habrá de preguntar aquello de «¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de pensar lo que se siente?». Y dice lo que creo que, si no es de dominio general entre los militantes, sí es lo que piensan los votantes. Los trabalenguas de Rajoy ya no son ni graciosos. Su argumento para rechazar la formación de Gobierno en un primer momento ha sido vista por todos, propios y extraños, como una cobardía, porque inmediatamente después estaba proponiendo al PSOE una gran coalición presidida por él, ya que había ganado las elecciones. En realidad, como sabemos, todos ganaron. También su mayor antagonista, a pesar de haber sido el peor resultado de la historia de su partido.

Parece que quedan algunos dinosaurios; su extinción está por ver. Pero, ¿saben qué? Cada vez hay más pruebas científicas de que algunos transformaron las escamas de su piel en plumas. Se convirtieron primero en saurios alados y devinieron en pájaros. Esa fue su evolución. Claro que no la del tyrannosaurus rex, ni la del diplodocus. Pero no vendría mal aconsejar a algunos: no hace falta que se extinga usted, señor preboste; conviértase en pájaro... y vuele, vuele lejos. ¡Es tan hermoso el vuelo de los pájaros! Hubo un tiempo en que se hacía auspicios con el vuelo de las aves. Eso fueron los etruscos. De ahí lo aprendieron los romanos, que también leían el futuro abriéndoles las entrañas. Práctica que hoy está prohibida por las leyes de protección de animales. Siempre Roma, eterna Roma.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine