Desde mi picoesquina

Europa resquebrajada

15.03.2016 | 04:00
Europa resquebrajada

Andrés Laguna, un humanista que llegó a ser médico personal del emperador Carlos V, del rey Felipe II y de los papas Paulo III y Julio III, invitado el 22 de enero de 1543 a dar una conferencia en la Universidad de Colonia, dejó atónito al auditorio, compuesto de príncipes y nobles, al hacer un llamamiento a la unidad y la concordia, en una Europa asolada por las guerras de religión, el latrocinio y la insolidaridad. Laguna fue un adelantado a su tiempo, un precursor de quienes, como el abate Saint-Pierre, Rousseau, Bentham y Kant, propugnaron también ideas europeístas y universalistas. Pero la construcción europea, que en el pasado siglo recibió el impulso de personas como Konrad Adenauer, Winston Churchill, Alcide de Gasperi, Jean Monet y Robert Schuman, entre otros, es hoy un proyecto renqueante. La Unión Europea (UE), integrada hoy de lleno en el sistema-mundo (Immanuel Wallerstein), que precisamente los países más prósperos del continente en el siglo XVI (Inglaterra, Francia, España, Portugal?) impulsaran, no es hoy el espacio de paz y solidaridad con el que sus precursores soñaran, pues la actual UE, que arrancó con el Tratado de Roma y se consolidó con los de Niza, Maastricht, Acta Única y Lisboa, responde más a la defensa de los intereses de las corporaciones transnacionales, de aquí y de allá, como lo atestigua el apoyo del Europarlamento al TTIP.

Al decir de analistas como William I. Robinson, el capital transnacional requiere que las naciones-estado, diluida su soberanía en favor de instancias supranacionales, desempeñen funciones como la adopción de políticas fiscales y monetarias que garanticen la estabilidad macroeconómica, y medidas para el control, el orden y la estabilidad social. Y esa labor la cumplen a la perfección las actuales instancias comunitarias y el Fondo Monetario Internacional (Troika).

En relación con el drama de la inmigración, en los últimos días dos pactos lacerantes llevan la firma del Consejo Europeo. Por un lado, el suscrito con el Reino Unido, pensado para garantizar su permanencia en la UE a cambio de permitirle discriminar a los trabajadores que quieran entrar a su territorio en función de su pasaporte. Por otro, el acuerdo con Turquía, que por 6.000 millones de euros se dispone a constituirse en el Estado-tapón que facilite al Gobierno de Erdogan (el mismo que masacra al pueblo kurdo, ante lo cual la UE mira hacia otro lado, como ante el cierre del paso fronterizo a 90.000 civiles que huyen de ese horror) visados y acelerar el acceso a la UE. Una desesperada llamada de socorro recogida de las redes sociales, lanzada por una de esas personas voluntarias que intentan prestar ayuda en el campo de Idomeni, frontera entre Grecia y Macedonia, es ilustrativa del drama que se está viviendo: «Ya es noche cerrada. Diluvia. No hay lugar para resguardarse en el campo. Críos llorando por todas partes. Padres corriendo con sus bebés. Esto es terrible? Todo el suelo es barro. Es territorio UE. Siento vergüenza de ser europeo». Esto está ocurriendo a diario. También en Calais. Es un exterminio lento, pero consentido, asimilable al que se diera en abominables campos de la muerte como Auswichtz, Treblinka, Dachau? Y el Mediterráneo, otrora mar que facilitara los contactos y vínculos culturales entre sus pueblos ribereños, cumple hoy la función de las cámaras de gas nazis.

El drama es sangrante. Y no nos sirve de excusa, para lavar nuestras adormecidas conciencias, que 'sólo' el 20% del total de personas que emprenden la peligrosa aventura de llegar a la ansiada Europa son sirios, un 7%, afganos, y un 3%, iraquíes, por lo que los dos tercios restantes serían personas catalogadas como migrantes económicos. Las instituciones comunitarias de esta Europa rica, que por fortuna alberga gentes capaces de sentir empatía por el otro (la respuesta ante los atentados de la estación de Atocha de Madrid, de los que ahora se cumplen doce años, y los de París, son un ejemplo), vienen actuando, ante el drama de la inmigración, con una tremenda hipocresía.

Sorprendieron, en su día, las extrañas apelaciones de Angela Merkel a la necesidad de adoptar medidas humanitarias. Quizás porque un porcentaje de esa población joven y formada era precisa para compensar la baja natalidad alemana y el descenso, por tanto, de la producción y consumo internos. Pero no nos sorprenden las respuestas reaccionarias ante la supuesta islamización de Occidente, pues los primeros promotores de la estigmatización de la población inmigrante son los propios Gobiernos de la UE; las declaraciones filonazis (asimilables a las del norteamericano Donald Trump) y/o las actuaciones de los primeros ministros de Hungría, Eslovaquia y Croacia, entre otros, son una constatación de ello.

Como decía hace unos días Varoufakis, el actual proyecto europeo, insolidario en lo interno en virtud de políticas austericidas que condenan a sus pueblos, y en lo externo, del que el drama actual de los inmigrantes es un ejemplo, contiene ya todos los elementos para considerarlo fracasado. Esta Europa que se resquebraja por tantos frentes no es un proyecto ilusionante ni, por supuesto, de futuro.

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