Desde la Torre Amores

Evitemos las trincheras

14.03.2016 | 00:21
Juan Tomás Frutos

reo en la fuerza del grupo, en las mayores opciones que tenemos cuando actuamos en comandita, como conjunto, que puede más que la individualidad. Siempre he hecho ese análisis interpretativo: no he hallado hasta ahora motivos para cambiar de opinión en este ámbito.

No obstante, entiendo que debe quedar claro que la pertenencia a un sector no ha de ser una condición absoluta y ciega de defensa de unos criterios frente a los demás. Las oportunidades vienen de la libertad, de la independencia, de la autonomía personal y de la sociedad para tomar determinados caminos, para mudarlos, para modificar las posturas que no dan resultados o que puedan estar equivocadas. Rectificar, dice el aserto, es de sabios.

Ciertamente estamos en una etapa de defensa de los que andan en los mismos grupos sin tener presentes, en un adecuado contexto, sus razones (no siempre), sus carestías, sus conocimientos o sus posibles aciertos. Se cumple aquello de «con los míos con razón o sin ella». Entiendo que se proteja a nivel afectivo a aquellos que se encuentran en idéntico trecho vital, pero eso, así lo perfilo al menos, no significa que podamos sostener lo que no es defendible. Tampoco ayudamos a los nuestros con esta óptica, con esa protección supuestamente justificada.

Amigos hemos de tener para acompañar y para que nos acompañen, pero no les hacemos ningún favor, ni siquiera a ellos, y mucho menos a nosotros, cuando cimentamos la relación sobre ladrillos que no tienen ni base ni altura. Puede que estén en nuestro barco, pero cuando se distancian con sus acciones hemos de cambiar el rumbo y no quedarnos a su lado, salvo para que no se sientan solos en el plano espiritual, o para que mejoren.

Es una desgracia enorme que muchos grupos se mantengan diciendo y haciendo lo que no es ni coherente no cohesionador. La credibilidad viene dada por la superación de esos apegos que no alumbran verdaderamente los itinerarios conjuntos. Hemos de ejercer la democracia en lo interno y en lo externo, en lo pequeño y en lo global.

Los clanes cerrados, ésos que no admiten más gentes, los que no oxigenan sus actos y sus pensamientos, acaban pudriéndose y corrompiendo al sistema, pues rompen las reglas más elementales y lógicas de la convivencia, de la pluralidad, de la honestidad, de la libertad, ya antedichas, y de los buenos quehaceres.

Quizá por eso se propone en algunos ámbitos el reciclaje periódico de responsables y elementos estratégicos dentro de todo modelo, de cualquier universo o situación, que, por bien que funcione, acaba por palpar rutinas y protocolos que se hacen menos rentables en todos los niveles precisamente porque es más fácil (menos problemático) la continuidad que el cambio, al que le tenemos o bien miedo o, cuando menos, una determinada resistencia.

Los estigmas que nos colocan, o que ubicamos en otros, con los que llenamos de estereotipos sociales, económicos, políticos, etc., a los miembros y entidades de una comunidad cualquiera, entorpecen el entendimiento para las transformaciones que se puedan o deban producir, que quedan apagadas o ralentizadas, o hasta paradas, por la intervención de aquellos que se conexionan con las decisiones más altas.

Los clanes generan lazos y estimulan la permanencia y la pervivencia, lo cual es óptimo, pero también, cuando no hay un claro liderazgo, o cuando se producen excesivas ataduras a los estadios técnicos intermedios o hacia actos o hechos dirigidos a la continuidad del orden necesitado de mejorías, pueden estropear ese destino de felicidad al que tenemos derecho.

Vivimos momentos complejos, de falta de valores, de ausencia de personalidades de peso en cuanto a su inteligencia y cariño. Es una etapa de crisis que nos fragmenta aún antes de intentar lo que ha de tener futuro. Vivir en comandita está bien, pero para que sea ideal hemos de añadir el plus de no ser sectarios ni fanáticos de los nuestros, a quienes no ayudamos cuando les damos la razón sin poseerla de manera global y total.

No olvidemos que las trincheras producen incomunicación, y con ésta no se generan verdaderas soluciones a los problemas actuales.

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