Tribuna Libre

Pedro, hablemos en serio: ¿Gobierno de cambio?

"El objetivo de desplazar al PP es, sin duda, deseable, pero también lo es eliminar las políticas económicas, sociales o civiles de ese partido. Políticas que no sólo se han demostrado injustas, sino profundamente ineficaces para salir de la crisis"

11.03.2016 | 04:00
Pedro, hablemos en serio: ¿Gobierno de cambio?

El pasado viernes asistimos, con cierta expectación, a la primera investidura fallida de nuestra historia parlamentaria. Con 131 votos a favor y 219 en contra, el candidato Pedro Sánchez fue rechazado por la mayor parte del Congreso. Esta semana, la mayoría de los grupos políticos manifiestan que ningún pacto de investidura será posible si el PSOE no varía sus posiciones, bien sea abriéndose definitivamente a la Gran Coalición con el PP, bien sea virando hacia un Gobierno de cambio con Podemos. Sin embargo, el candidato Sánchez permanece impasible, solemne, seguro de que no es él quien se tiene que mover y que toda responsabilidad recae sobre Podemos.

Hoy me gustaría comentar algunas de las ideas-fuerza que repite el candidato Sánchez, porque creo que los representantes públicos deberíamos estar interesados en desbloquear esta situación institucional y plantear el debate político en los términos más honestos y realistas posibles.

1. «No hay mayoría suficiente en esta Cámara para sumar un Gobierno de izquierdas». Hay que empezar reconociendo que un Gobierno progresista necesitaría de la abstención „y no el voto favorable„ de DIL y ERC. Fuerzas políticas que, a pesar de todo, tienen un amplio apoyo entre la ciudadanía catalana y que están al frente de la Generalitat. La abstención de las fuerzas catalanas no supondría, como repite Pedro Sánchez, «entregar la gobernabilidad de España al independentismo» sino un primer paso para recuperar el diálogo y tender puentes entre la institucionalidad española y catalana. Pedro Sánchez iba en esa dirección cuando facilitó que ambas fuerzas pudieran formar grupo parlamentario propio en el Senado. Otra cuestión, claro está, son las líneas rojas que tanto Susana Díaz como los viejos barones impusieron al candidato Sánchez durante todo el proceso de negociación. Lo que ha quedado demostrado, en cualquier caso, es que la alianza PSOE+C´s (130 diputados) suma menos que un acuerdo progresista (161 diputados), y más cuando pactar con C´s no sólo te hacer perder el apoyo de las izquierdas de este país, sino también el de los nacionalistas.

2. «Estamos obligados a mezclarnos. Tenemos que hacer mestizaje ideológico». El PSOE y Pedro Sánchez han hecho un mal diagnóstico de lo que está en juego en esta ´segunda transición´. A diferencia de 1975 no nos estamos jugando el paso de una dictadura a un régimen democrático donde, como se suele decir, todas las partes tenían que ceder ante los riesgos evidentes de involución. No. Lo que realmente estamos presenciando es el tránsito de una democracia todavía frágil a una democracia limitada, oligárquica, con el telón de fondo de una Europa alemana que vacía de contenido la propia noción de soberanía e impone duros planes de ajuste a su periferia. Por consiguiente, no estamos en una época de cesiones mutuas para lograr el ´objetivo deseado´. Antes bien, vivimos unos tiempos acelerados donde los grandes agentes económicos han decidido desmontar el Estado social e imponer su agenda de reformas neoliberales.

La sumisión del PSOE a los planteamientos de Luis Garicano, cerebro económico de C´s y FEDEA, revela desorientación y ausencia de proyecto autónomo. A pesar de que el programa electoral del PSOE compartía importantes elementos con el de Podemos, como la renegociación de los plazos de déficit con Bruselas, la reforma fiscal y el aumento de la presión a las rentas más altas, o la subida del salario mínimo para reactivar el consumo, los socialistas han optado, finalmente, por una síntesis tan estéril como imposible: una política económica continuista con la del PP, que sigue a pies juntillas el Diktat alemán, y un plan de rescate social light, que nadie explica cómo se financiará.

3. «Podemos debe elegir entre apuntalar a Rajoy o votar un Gobierno de cambio» Pedro Sánchez sabía que la alianza con C´s no daba para que una mayoría parlamentaria le invistiera presidente. Y a la vista de los acontecimientos, uno tiene la sensación de que Pedro Sánchez nunca pretendió disputar el Gobierno, sino el relato. El viejo relato de la ´pinza´: PP y Podemos votan juntos. Y el nuevo relato del ´fracaso´: Podemos tiene la culpa de que vayamos a nuevas elecciones. El problema es que la sociedad ha cambiado. Los viejos relatos no pueden funcionar como hace veinte años, y los nuevos no soportan el escrutinio público de una sociedad cada vez más informada y conectada. En este sentido, la operación no puede considerarse un éxito.

Pablo Iglesias fue el primero que puso sobre la mesa un acuerdo de coalición, que repartía carteras, sí: como ha pasado en Valencia con Compromís, o en Andalucía, con IU, o en Cataluña, con ICV y ERC, o como posteriormente hizo el mismo Albert Rivera. Sin embargo, Sánchez sólo se quejó de Iglesias.

Cuando tanto Iglesias como Rivera le dijeron a Sánchez que eligiese entre uno u otro, el aparato socialista volvió a culpabilizar a Iglesias, obviando las exclusiones de C´s, que siempre pidió un acuerdo con el PP y que advirtió de que no apoyaría un Gobierno que saliera con la abstención de la formación morada.

El objetivo de desplazar al PP es, sin duda, deseable, pero también lo es eliminar las políticas económicas, sociales o civiles de este partido. Políticas que no sólo se han demostrado injustas, sino profundamente ineficaces para salir de la crisis. De no hacerlo así, quitaremos a un mal jefe, pero la política de la empresa seguirá siendo la misma. El pacto entre C´s y PSOE, en este sentido, no elimina mucha legislación contrarreformista del PP, con lo que se queda cojo, y no cumple la promesa electoral del PSOE de eliminar dicha legislación y revertir los recortes.

Pedro Sánchez no puede culpar a nadie de sus decisiones, pero puede enmendarlas y poner rumbo hacia un Gobierno de cambio, para el que hay números en el Parlamento y amplio respaldo popular en la calle.

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