Pasado a limpio

El rey republicano

06.03.2016 | 04:00
El rey republicano

TVE coproduce con la francesa Cinétévé un documental sobre el rey Juan Carlos I, calificado por el director francés como la persona que más ha hecho por la democracia en Europa, claro que detrás de De Gaulle. Perdonaremos su chovinismo, pues no en vano Francia pinta más en Europa que nosotros. Y digo que afortunadamente. Porque al director de TVE no parece gustarle la laudatio y no tiene prevista su emisión. Será que tiene alguna lección de democracia que darnos a los españoles, o al mejor de los monarcas que jamas gobernara en nuestros reinos.

Cuando los romanos expulsaron a Tarquino el Soberbio, su último rex, no fue por que fueran más republicanos, sino porque abominaron de su abuso de poder. Había envidia de la virtud de Lucrecia y pensó que podría seducirla. La patricia fue violada y el delito ya es grave sin necesidad de llamarlo machista. Y tan romana era ella que con su propia mano se quitó la vida para ocultar su deshonra. Lucio Junio Bruto sí, antepasado del asesino de César, aunó los deseos de venganza de su primo Colatino y el hastío hacia el tirano que ya colmaba la indignación de un pueblo de campesinos guerreros. Y para que no volviera a suceder un abuso como aquel, decidieron que el Ejecutivo sería una diarquía: los dos cónsules con igual poder ejercerían durante un año el mando del Ejército y la suprema magistratura. Todo ello bajo la supervisión del Senado, que no necesitaba potestad, porque tenía auctoritas.

En la España franquista, el sucesor del caudillo heredó el poder absoluto. Pero al contrario que Tarquino, Juan Carlos I lo usó como soñaría el mejor de los anarquistas, para destruirlo. Renunció a un poder histórico para que España tuviera una democracia como los países de nuestro entorno. Encargó la misión a un joven del régimen, Adolfo Suárez, tan convencido de su tarea que la cruel Némesis le regaló el alzheimer para que de la mayor lucidez sólo quedase el olvido.

Juan Carlos no escatimó esfuerzos ni coraje cuando hubo de mostrarlo. Su sola presencia acalló el golpe de Estado del 23F, aunque nunca acallara la maledicencia. Y durante sus 39 años de reinado trabó amistad, de la buena, con todos los líderes mundiales, fueran demócratas o abominables sátrapas, que la diplomacia nunca ha despreciado la mano del canalla, confiando que la proximidad de la virtud sea bálsamo de Fierabrás. Bien que ha servido para que España no rompiera relaciones con EE UU. cuando la ignorancia de un presidente hizo desertar a los nuestros de un frente de batalla; por más que pudiera tacharse de guerra injusta, no está en el juicio del soldado abandonar al compañero en plena batalla. Su amistad con los Bush, de la misma intimidad que la de Clinton, apaciguó al enfebrecido republicano. La que tenía con los jeques del Islam ha reportado algún contrato macroeconómico a cierta empresa española que algo tributará a nuestra Hacienda. ¿Importa mucho si cazó algún oso con Putin o las relaciones con la segunda potencia militar del mundo han de excusarse por un purismo animalista, tan alejado del amor a la naturaleza que tiene todo buen cazador? Lástima que Delibes no viva para seguir contándolo con su pluma magistral que envidiara más de un Nobel.

Jamás vi que hiciera uso de sus prerrogativas constitucionales de inviolabilidad, inmunidad o la más divertida, la irresponsabilidad, precisamente la que le permitía no tener que pedir perdón por haberse ido a Bostwana a matar un elefante y que el responsable de todo fuera el ministro de Asuntos Exteriores, aunque no supiera nada de los devaneos del monarca.

Las normas que regulan el título de la Corona no son como el resto, pues no están presididas por criterios de lógica, sino de tradición, como corresponde a una institución tan antigua como la monarquía. La discriminación sexual en la línea sucesoria se une a la preferencia por la primogenitura y, obviamente, el dinástico por el que es preferida una familia. Criterios tan vetustos pusieron a Juan Carlos I al frente del mayor esfuerzo modernizador de nuestro país desde los tiempos de Sus Católicas Majestades que lograran la unión de los reinos de España, o de sus antepasados ilustrados que paliaron el declive con el despótico entusiasmo de una corte afrancesada y moderna. ¿Ha de abominarse por ello de la monarquía o de un rey que se ganó su sueldo sobradamente? ¿Qué precio tiene la democracia? ¿Cuánto pagaría cualquier jefe de Estado o de Gobierno por el prestigio internacional de don Juan Carlos? Su mismo hijo quisiera reunir la mitad de los méritos, ¡qué digo la mitad! ¡Y hasta una ochava!

Pues que quede bien claro que esta monarquía parlamentaria fue votada por todos los españoles, incluidos quienes ya entonces tampoco querían serlo. Fue en el referéndum celebrado el 6 de diciembre del 78. Yo no voté ni probablemente usted, amable lector, si no tiene más de 58 años. Pero ni el mismísimo J. J. Rousseau llegó a imaginar un referéndum en su Contrato Social.

Después de reinar, a la manera parlamentaria, tantos años como su denostado predecesor, abdicó para dejar paso a un joven aunque sobradamente preparado. Ojalá cundiera ese ejemplo entre algunos dinosaurios de la política moderna que no tienen ni la inteligencia ni el espíritu del Borbón. Y no necesito remontarme demasiado para comprobar el daño que algunos políticos pagados de sí mismos hacen a sus partidos. Personalmente no me confieso monárquico ni republicano, pues no son los regímenes formales, sino la sociedad civil la que construye el espíritu democrático de una sociedad. Y para eso hace falta algo que sí tuvo nuestro rey Juan Carlos: la voluntad decidida de cambiar el signo de los tiempos.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine