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Libertades y abusos

06.03.2016 | 00:10
Libertades y abusos

La película Spotlight, Oscar al mejor film, es buena por lo que parece ser (una sólida y limpia denuncia de los curas pederastas) y mejor por lo que es, en realidad: un relato de muy buena factura sobre un modo de ejercer el periodismo que se ha vuelto inusual y desaconsejado. No olvidemos que para los dos periodistas turcos del Cumhurriyet (el periódico que fundó Kemal Ataturk) encarcelados por descubrir que el Gobierno (amigo) de Erdogan mandaba armas y pertrechos a los grupos islamistas de Siria, para esos dos colegas, se pide la cadena perpetua. Hay un momento de Spotlight en el que el juez pregunta al periodista: «¿Conoce usted las consecuencias de publicar estos documentos?». Y el periodista le contesta: «¿Conoce usted las consecuencias de no hacerlo?»

Con la Patriotic Act y otras leyes liberticidas aprobadas con el terrorismo como excusa, cambias curas por generales, y es seguro que el periodista curioso es invitado, de malas maneras, a no meter las narices ni en Guantánamo, ni en las torturas a los detenidos, ni en la suerte de Chelsea Manning. Pero volviendo al asunto que da pie a la película (que, insisto, no es su tema), ahora ya sabemos mucho más de la pederastia. Por ejemplo, que cualquier negocio en el que se pastoreen menores, suele convocar al depredador sexual por lo mismo que el lobo aparece donde hay corderos. Dicen que un 6% de los curas católicos son pederastas y que algo más de los miembros de organizaciones armadas (formales o informales), son psicópatas violentos. Con el tiempo, hemos visto desfilar ante los juzgados a pederastas de todo signo: entrenadores, maestros y sí, curas. Para denunciar eso está, entre otras cosas, el periodismo.

Curas, presentadores de la BBC u oficiales del Ejército pudieron perpetrar abusos sexuales, a menudo contra menores, porque nunca fue fácil atravesar las sucesivas capas de silencios y complicidades que un sentido turbio de la camaradería fue tejiendo en torno a estas instituciones hasta hacerlas inatacables, que no intachables. O por algo peor: la idea de que se trataba de un asunto privado, interno, que no nos concernía.

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