Desde la Torre Amores

Franqueza y optimismo frente a la crisis

29.02.2016 | 04:00
Juan Tomás Frutos

Me encanta ver las muestras efusivas de felicidad. El ser humano, a menudo metido en innecesarios problemas, es capaz, de vez en cuando, de escapar de la desidia, del hastío y de la torpeza, para ofrecer lo mejor de sí mismo. La dicha, que llega a cuentagotas, nos oferta ocasiones para vivir momentos de tránsito glorioso: sin duda, los aprovechamos con interesantes y suaves muestras de cariño, con guiños, con saltos, con imágenes de profunda amistad, de sentimientos hermosos. Son una lección crucial: es lo que anhelo reseñar en esta ocasión.

No sé si el tiempo, si la meteorología, si, de hecho, la posibilidad de salir a la calle y poder moverse ayudan, o si, en cambio, contribuyen en positivo los calores con sus catalogaciones inefables. Lo cierto es que, a veces, los astros se conjugan y los verbos que aparecen son maravillosos.

Nos planteamos, en algunas oportunidades, que la historia es maravillosa, que lo es en lo sencillo, y simplemente la palpamos en ese ´paisanaje´ que no alberga nombres de brillo y sí situaciones de auténtica heroicidad. Lo cotidiano, con dosis de lealtad, hace la existencia más justificada y explicada. Al final, y al principio, lo nimio es, si se basa en la bondad, lo que nos arregla el corazón y nos experimenta en equilibrio. 

En los momentos, más o menos efímeros, en los que vemos la belleza de un abrazo, de unos ósculos, de unas lágrimas por compartir la felicidad de un instante también breve, en esos segundos o tal vez etapas nos decimos sentirnos orgullosos, porque lo estamos, del ser humano, de una raza que no siempre es capaz de sacar lo mejor de sí misma, pero que tiene gestos claramente deliciosos. Son los casos que referimos aquí. Si hacemos balance, entendamos que hay más bueno que malo, y así lo debemos sostener buscando dinámicas de progreso social desde el respeto individual. 

Cada jornada nos brinda oportunidades de existir, de resistir a lo negativo y de imponernos ciclos de avances diáfanos, colmados de jovialidad y de estilos genuinos. El ser humano disfruta de la pureza de relacionarse con sus conciudadanos, que, asimismo, cuentan entre sí (deben). Somos referencias de ilusión.

Las sutilezas de cada amanecer suman futuro. Éste viene de la maravilla de entender que la historia la hacemos disponiendo lo más lindo. Hagamos, por favor, que las escenas que se suceden se expriman en el mejor de los sentidos para aprender y para solidarizarnos.
Desarrollemos los cimientos sociales, económicos, culturales... Compartamos con gratitud nuestros destinos delicadamente portentosos. La aritmética se incrementará exponencialmente.

Como comprobamos, nos podemos deleitar perennemente con esas actitudes de alegría, de jovialidad, que, a su vez, compartimos con los convecinos, incluso con gentes a las que no conocemos, y con las que no tenemos trato, pero que vemos, en la inmensidad de la Creación, como hermanos de una realidad que necesita, en determinados trechos, de un cierto relajo.

El ingenio que fraguamos, en algunas oportunidades, lo gestamos también en las demostraciones de una entrega que, por no poner condiciones, nos regala pasión y concordia por haber estado ahí, a una hora determinada, sin darle más vueltas, porque sí. Esos instantes, sin duda, valen todo. Frente a lo que dicen algunos, entendamos que somos capaces de lo ideal partiendo de una carga de cordura y optimismo.
Superaremos la crisis.

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