La Escalera

Los sentimientos

23.02.2016 | 04:00
Los sentimientos

Antes de que lo hiciera la psicología, la filosofía se planteó la cuestión de los sentimientos con igual resultado, un mero balbuceo descriptivo. Si se acude al diccionario de la RAE en busca de aclaración, encontramos, en primer lugar, que un sentimiento es la «acción o efecto de sentir o sentirse» para decirnos después que sentir consiste en «experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas». Al contrastar ambas definiciones entro en la vía de la confusión y ya no sé si para los señores de la RAE sentimiento es lo mismo que sensación.

En segunda opción, la RAE da un paso más y avanza por el camino de la insensatez al afirmar que el sentimiento es «impresión y movimiento que causan en el alma las cosas espirituales». Teniendo en cuenta que no sabemos que puedan ser 'las cosas espirituales' y mucho menos qué pueda ser 'el alma', yo ya me pierdo. Claro que la RAE no duda al afirmar que el alma es una «sustancia espiritual e inmortal, capaz de entender, querer y sentir, que informa al cuerpo humano y con él constituye la esencia del hombre».

Llegados a este punto, lo mejor es pegarle fuego al diccionario de la RAE, al menos en su vigésima primera edición, que es la que yo tengo. Sin embargo, me he empeñado en comprender y me contengo. Como tercera opción, la RAE nos dice que un sentimiento es un «estado de ánimo afligido por un suceso triste o doloroso». Según esto, para los señores de la RAE no existen los sentimientos de alegría o de gozo. ¡Pobres!

Todo este preámbulo viene a cuento, como ya he adelantado, de un intento para comprender. Y lo que pretendo comprender es cómo alguien puede ser llevado a juicio por 'ofensa a los sentimientos2, a los que sean, luego ya entraré en tipologías.

La RAE no lo dice, pero un sentimiento es algo absolutamente subjetivo y en esa medida, resulta inconmensurable. De hecho, creer en el sentimiento de otros es un acto de buena fe. Cuando preguntamos «¿Me quieres?» lo hacemos porque estamos deseando creer en la verdad de ese sentimiento que reclamamos. Y aún podemos insistir en un «¿De verdad que me quieres?», porque somos concientes de que nunca podremos estar seguros de esa verdad.

Frente a esta devastadora subjetividad del sentimiento, la ley y la justicia nos ofrecen como consuelo a nuestros desórdenes, su firme objetividad. Por tanto, mi pregunta es cómo es posible que algo tan absolutamente subjetivo pueda ser evaluado por un sistema tan rigurosamente objetivo. O, dicho de otra manera, como encajan los sentimientos en un sistema que solo puede tener como criterio evaluativo los hechos objetivos.

Se me dirá que lo que se juzga son precisamente los hechos que ofenden a los sentimientos. Según este argumento, basta con que alguien afirme que se siente ofendido en sus sentimientos para que el sujeto causante de la ofensa pueda ser llevado a juicio y condenado. Aquí entraría en juego la categoría de la ofensa, en función, por supuesto, de la cantidad de sentimiento ofendido. Algo o poco ofendido, podría saldarse, por ejemplo, con una multa; bastante ofendido, con algún año de cárcel; muy ofendido, entre cinco y diez años de privación de libertad y ofendidísimo, con pena máxima. Siempre teniendo en cuenta la credibilidad que el juez otorgue al sentimiento del sujeto ofendido.

Paso a paso ya voy entendiendo las razones que llevaron a la cárcel a los titiriteros y, sobre todo, empiezo a entender la razón por la cual Rita Maestre ha sido acusada y probablemente será condenada. Ese era mi punto de partida.

Lo que sigo sin entender es que en este país existan más de treinta instalaciones católicas en centros educativos públicos, como son las universidades, cuyos gastos corren a cuenta del erario público. Eso ofende mis sentimientos.

No entiendo la razón por la cual un sentimiento tiene valor legal, pero entiendo menos que un sentimiento religioso tenga un valor legal del que carecen otros sentimientos, como los éticos, los estéticos o los de indignación. Si tuvieran ese valor, podrían estar condenados y en prisión todos los que han ofendido nuestros sentimientos ciudadanos y nuestra dignidad, al despojarnos de nuestros derechos.

Se lo merecen.

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