Amor a presión

Autos de fe

16.02.2016 | 04:00
Autos de fe

La honestidad del PP era hasta hace unas semanas una creencia popular bastante extendida, y resistía, junto a la homeopatía o el mal de ojo, en los primeros puestos del ránking de pamplinas risibles, solo un poco por debajo de la congelación de Walt Disney. La tremenda acumulación de noticias en contra que hemos tenido que digerir en apenas un mes y medio ha hecho descender la credibilidad de los hombres (y sobre todo las mujeres) de Rajoy hasta puestos muy inferiores de esa tabla, concretamente hasta el 959, entre el vídeo del perro con Ricky Martin y el monstruo del Lago Ness.

¿Qué ha pasado? Si tuviera que utilizar una alegoría, cosa que quienes me conocen saben que no puedo parar de hacer, yo personificaría al partido del Gobierno (en disfunciones) en la figura de un hijo díscolo, un chuletilla de más que mediana edad, ya sin esa gracia canalla de cuando era más joven, un embaucador clásico al que las adicciones empiezan a notársele en los dientes, pero que todavía va de pelu, gimnasio y aftershave, aun con el coche lleno de bollos. ¿Lo tenéis? Pues ahora visualizadlo entrando en casa de sus padres, para la cena de Navidad electoral. Al resto de los hermanos hasta se nos escapa un ´¡ooh!´ al verlo, otra vez del brazo con esa novia que tuvo que era lista, sensata y cariñosa. Hecho un pincel, desde los castellanos hasta el olor a Gucci. Fundas en las muelas, sonrisa profidén. Coche nuevo. Bronceado con marca de gafas de esquí. Besos y abrazos, recuerda el nombre de todos, hasta el de la esposa de Marga, que es un tema que en el fondo lleva muy mal. Simpático como él solo, acapara la conversación. Que lo han ascendido, dice. Que ya ha pagado las deudas. Que la farli ni en pintura, dice. Que ha perdido los números de los balas perdidas. Que no le consta. Que nunca mais.

Y funciona, claro. A tu madre la camela la primera, cómo no. Tu padre frunce un poco el ceño, un poco por guardar las apariencias un poco por usar este verbo tan lucido, que a ambos nos fascina, pero a la altura de la coñac ya está abrazándose con su primogénito, con los ojos acuosos que ya conocemos. El siguiente en reconciliarse y perdonarlo todo es tu hermano Albert, que en el fondo está pensando en lo mismo de siempre, que es montar un negocio. Se prometen llamarse en enero, se palmean la espalda, puag puag.

A nosotros, los hermanos pequeños, que nos hemos presentado sin corbata y con los auriculares puestos, no nos hace caso ni el gato, pero lo decimos: éste no nos la da. Y luego pasan las fiestas (de la democracia) y ahí se ve que teníamos razón, que el auto era de fe, el coche de alquiler y el traje del Primark, que había estado yendo a darse rayos uva con las gafas de esquí puestas y que entre Cofidis y el dentista le tiran el teléfono desde que amanece hasta que se acuesta. «En enero te pago», le fue diciendo a todo el barrio, fiscales y jueces incluidos. «Manzanas traigo» es su frase ahora para la historia. Podridas, claro.

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