Ida y vuelta

Joder, qué tropa

13.02.2016 | 04:00
Joder, qué tropa

El verdadero problema que hoy por hoy tenemos en España es que a nuestra clase política le importa un carajo España. Y a los hechos me remito. Echen una ojeada a las negociaciones para formar Gobierno de las últimas semanas. ¿De verdad, después de escuchar a todos los implicados, les queda la impresión de que se preocupan por el bien común, por los ciudadanos a los que dicen representar en sus intereses, por España? No sé a ustedes, pero a mí no. La impresión que a mí me queda es que en primer lugar ponen sus intereses particulares, en segundo los de su partido y, en tercero y más como excusa que como verdad, los de la colectividad.

No hablo aquí de la marabunta de corruptos que han copado las instituciones españolas en los años de bonanza y cuyas vergüenzas salen ahora a la luz mostrando que aquellos a los que mirábamos desde abajo subidos ellos en sus altas poltronas nos demuestran que, en realidad, eran ellos los que estaban mucho más abajo que nosotros, justo a la altura del desperdicio. Corrupción ha habido siempre. En España se ha llegado a cambiar la capital de ciudad dos veces seguidas para favorecer una operación de especulación inmobiliaria (su autor, el Duque de Lerma, después se escaqueó comprando el capelo cardenalicio). La corrupción no depende de unas siglas determinadas, ni de una supuesta ideología concreta. Depende, en exclusiva, de unas instituciones políticas mal hechas que permiten esa corrupción. Cualquiera que llegue al poder mientras sigan existiendo esas instituciones tendrá la posibilidad de corromperse. Muchos sufrirán la tentación. Y unos cuantos caerán.

Tampoco me refiero en estas líneas a los nacionalistas, ahora independentistas. Esos son, simplemente, unos traidores. Tan sencillo como eso. Traidores a la que, les guste o no, es su patria. Aquella a la que, revisen un poco la historia, tienen tendencia a traicionar justo en sus mayores momentos de debilidad. Muchos de ellos delincuentes comunes que ocultan detrás de una bandera el sencillo expolio de las arcas públicas. Son, como los corruptos del párrafo anterior, escoria. No merecen mayor interés que el que se pueda prestar a un delincuente común.

Mucho menos estoy hablando aquí de los buenos políticos, la gente decente, los hombres y mujeres de bien que con sinceridad y buena voluntad se presentan a un cargo, lo ganan y tratan de conseguir lo mejor para sus vecinos de ciudad, región o país. Tanta buena gente que de verdad busca el bien común y que, sólo por conservar la dignidad, el arrojo y el empuje en este marasmo de desánimo y frustración en que se ha convertido la sociedad española, merece mi respeto y reconocimiento.

De quien hablo es de quienes ustedes saben muy bien. Aquellos que viven de esto desde que tienen uso de razón (hay algún que otro registrador de la propiedad que, según se ve, se hubiera hecho millonario ejerciendo su trabajo en Santa Pola y que, sin embargo y para admiración pública, decidió sacrificarse yendo en coche oficial desde antes de cumplir los treinta años) o que se han incorporado recientemente al juego político al grito de ese sillón es mío, hijos de perra, ese sillón es mío.

Mírenles a los ojos. No les escuchen. Cuando aparezcan en la televisión hagan el ejercicio de quitarle el volumen y limitarse a mirarles a los ojos. Y díganme lo que ven. ¿Han oído hablar de un tal Fouché? Decía de él Napoleón que no es que fuera un traidor, es que era la traición misma. Sin embargo, basta con observar el par de retratos que se conservan de él para admirar en sus ojos su innata doblez. Con estos lo mismo, señores. Lo bueno del nivel político del que gozamos en este país es que no es necesario ni asumir que también nos mentirán con los ojos. Porque no lo hacen. Sus palabras dicen hoy una cosa, mañana otra. Pero, ay, sus ojos. Sus ojos nos lo cuentan todo. Nos explican que el primero ha desconectado de la realidad y deambula sonámbulo e incrédulo preguntándose cómo es posible que, con todo lo que él ha hecho, su país le trate así de mal. Que el segundo siente en lo profundo de los huesos que su vida, su futuro y su plan de pensiones dependen de conseguir un trabajo al que todos aspiran. Que el tercero, el tercero?, el tercero concibe el poder no como un servicio sino como una arrogante diversión con la que demostrarle a todos que él es el más listo y que es capaz de escupir al viento y que el gargajo le caiga a otro en la cara. Y del cuarto no hablo porque en un espejo el cuarto vería un paisaje vacío y despejado.

A ninguno le importa su patria. Ninguno recuerda a Azaña cruzando la frontera a pie. A Canalejas y Cánovas tiroteados. A Daoiz y Velarde muertos por echarle valor cuando nadie más lo hacía. Al buen Larra descerrajándose un tiro. No recuerdan a ninguno de los que amaban España. Y no les importamos los que aun la amamos. Una mala madre, sin duda. Cruel y miserable, pues así lo son la mayoría de sus hijos. Pero madre al fin, demonio. La que ellos, que tal vez tampoco recuerdan, ni saben, quién era su padre, olvidan en su telaraña de malos políticos, de necios trepas, de infames sin dignidad.

Pues sólo debería aspirar a presidir a los españoles aquel que amara su patria. Aquel capaz de llorar por ella. En su lugar los tenemos a ellos. A quienes hemos puesto nosotros, no lo olvidemos. Bien que nos los merecemos. Menuda tropa de mierda.

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