El año de la cabra

Roma vencida

05.02.2016 | 00:09
Roma vencida

Occidente vive en la era nefasta del pensamiento débil. Sus enemigos, no. Los grandes engañados de este momento histórico son quienes aún sostienen que hay cosas que están por encima de cualquier debate, de cualquier asamblea, de toda discusión: la libertad y la dignidad, por ejemplo. Pero cuando Roma accede a cubrir toda la belleza que creó durante milenios por la llegada de un bárbaro puritano, un sátrapa que encarna la represión, la intolerancia, el odio a todo lo que somos, una tiranía que cuelga a los jóvenes en público, lapida a las mujeres y las obliga a vivir en régimen de esclavitud, entonces es que todo está perdido. Bajo las telas que han escondido las obras más nobles y hermosas de la escultura clásica, se lee nuestra derrota, la infamia y la cobardía con que hoy nos arrebujamos, carcomidos por la corrección política, frente a los que sólo esperan nuestra desaparición. Desde fuera y, pagados por ellos, desde dentro, porque el dinero iraní es el que ha alimentado las pantallas tras las que Iglesias ha podido proyectar el régimen al que ahora nos dirigimos.

Es Rohaní, el presidente de Irán, un Estado teocrático que aún sueña con vengar su humillación en las Termópilas, quien debe mostrar respeto a las naciones que visita, a una civilización infinitamente superior a la suya. A la de hoy, que ya nada tiene que ver con la Persia mágica y esplendorosa que el Islam exterminó, aquella que cautivó a Alejandro y lo venció con su forma de vivir y sus ciudades maravillosas. Las más elementales normas de la cortesía y del buen viajero nos dicen que debe ser siempre el visitante el que ha de adaptarse a las costumbres de aquellos que lo acogen. Hace pocos días contaba Rosa Belmonte, nuestra mejor columnista, en uno de sus siempre divertidos y afilados artículos, cómo Oriana Fallaci se quitó el hiyab durante una entrevista a Jomeini, cuando éste sugirió que todas las mujeres que no lo llevaban eran poco menos que putas. Es decir, que todas las mujeres occidentales eran unas putas. La Fallaci, que no se arredraba, que era feminista de verdad, y por eso acabó abominando de todo el feminazismo oficial, se quitó el pañuelo, ante lo que Jomeini se levantó y se fue. La Fallaci lo llevaba, porque eso está exigido por la urbanidad del visitante, era ella la que se adaptaba y no a la inversa, aunque tuvo que reaccionar ante la intolerable ofensa del tirano. Con un par. Fue la última que tuvo un par en Europa.

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