Espacio Abierto

La noche de los expeperos vivientes

28.01.2016 | 04:00
Nicolás Gonzálvez Gallego

Es posible que Iker Jiménez esté ya tras la pista, pero si no lo está, que lo llame alguien que tenga mano en estas cosas para que la nave del misterio, el galeón de lo oculto, la patera de lo inexplicable atraque (con perdón, que no quiero comenzar hiriendo sensibilidades) en esta región. Después de la Santa Compaña, de la que no tengo más referencia que la de los comentarios ininteligibles, y por tanto obligatoriamente subtitulados, de señoras gallegas en bata, ha llegado el momento de estudiar otro fenómeno paranormal de ánimas que lloran sus penas, políticas en este caso, en Murcia.

Son cada vez más los que dicen haber visto una procesión de altos cargos y cargas salientes del PP dirigiéndose con un papel en la mano a la sede de Ciudadanos. Hay quienes, en un primer momento, aseguraron que aquello era un casting para la versión panocha de The Walking Dead de exmilitantes populares con egos insatisfechos, envueltos en colonia Senador y Alada. Éste que escribe, que es muy de visualizar las cosas, no puede evitar recordar aquella escena de la serie en la que salían despavoridos unos cuantos cientos de zombis de un granero, como el que acaba de salir de hacer una complementaria del IRPF en la Agencia Tributaria y le ponen en la puerta a un aspirante a inspector de Hacienda.

Está claro que no hay que ser Jorge Verstrynge para cambiar de partido como el que cambia los pañales de un recién nacido, faltaría más, y que conste que no saco a pasear la metáfora por lo que unos y otros albergan dentro, sino por la frecuencia. Ahora bien, guardar las formas e incluso un poco silencio no está de más. Me causan una mezcla de gracia y estupor aquellos que, habiendo pastado por las praderas del erario público, no sólo en la última época, más austera, sino en aquella en la que cualquier tontolaspelotas tenía una tarjeta con crédito de ´libre disposición´, ahora braman por lo insoportable de la corrupción del PP, por lo alejado que, dicen, está de la calle o porque se han dado cuenta de que la recuperación no ha llegado a todos.

La cosa es que, con todo, al final se dejan a sí mismos en evidencia, pues si tan exasperante, insufrible y frustrante era ser director general, consejero o concejal del Partido Popular, ¿por qué no denunciaron lo que supuestamente pasaba? ¿por qué no alzaron la voz entre los suyos mientras se mesaban los cabellos? ¿qué estaban haciendo para no conocer la realidad de la calle? Respondan ustedes, que yo estoy entre la risa y las ganas de hacerme el carnet de la Asociación Nacional del Rifle.

Ya no engañan a nadie. Ni a la gente, ni (espero) a los partidos donde quieren aterrizar, ni a los que siguen militando en el PP. Es, simplemente, un ataque de falsa decencia vinculado al descenso de su cuenta corriente, a sus prebendas e, insisto, a sus egos. Hay, de hecho, quien lo tiene tan grande que lo ha tenido que empadronar aparte. Doy fe de ello. Pero en el fondo que nadie los va a echar de menos, que quienes les daban las palmadas en la espalda, los que quedaban con ellos para irse de compras o para vestirse de Geyperman por la Sierra de la Pila, que de todo había, ahora se irán con otros. Sic transit gloria mundi.

Como ya nadie les hace caso, en lugar de retirarse discretamente o dejar pasar un tiempo, saltan a otra formación como si las brasas del desempleo y el despecho les ardieran bajo los pies y, entretanto, llaman a los amiguitos que aún les quedan en la prensa para decir «¡eh!, aquí estoy yo». Se trata de gente cuya fidelidad a un proyecto y a unas ideas se evapora a golpe de BORM o se licúa con la percepción de la última nómina. Las aspiraciones de quienes integran tan peculiar versión de la Santa Compaña oscilan, según parece, entre la ONU y la Pasarela Cibeles, lo cual deja bien claro la alta estima en la que cada cual se tiene.

Me cuentan, yo no lo he visto, que otro fenómeno curioso ocurre cuando dos ex se encuentran por la calle, se identifican y se ponen a lamentarse, a echar la vista atrás y a rajar de todo aquél que les ha sobrevivido. Entonces, si se juntan tres o más, se aparece Béla Lugosi con la dentadura reforzada con Algasiv Forte. Pero insisto, eso me lo transmiten las malas lenguas, que yo no he visto nada, oiga.

En serio, no me parece mal que alguien deje un partido, el que sea, y se incorpore a otro. La vida es cambio, evolución y tal, pero digo yo que el duelo habrá que pasarlo, ¿no? Porque de lo contrario, da la sensación de que en realidad el apego a las ideas es nulo y que, en lugar de dar la batalla desde dentro, las personas que tienen una cierta posición de privilegio y en consecuencia de responsabilidad, optan por abandonar porque no se les reconoce su extraordinaria valía en forma de cargo público. Insisto, flaco favor hacen a la tan traída y llevada regeneración, así como a las bases de ese partido, aquellos a los que el apego a unas ideas les dura lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, que diría Sabina.

Pero, en fin, ya que no podemos detener el lento goteo de tránsfugas doloridos y fantasmagóricos, propongo que disfrutemos al menos de los comentarios, los chismes, los whatsapp con enlaces a las noticias donde fulanito dice que se va o con la foto de mengano en tal acto de los otros y, en definitiva, todo ese chismorreo tan de provincias que, reconozcámoslo, nos encanta. ¿A que sí?

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