Picar el folio

Ille dolet vere qui sine teste dolet

26.01.2016 | 04:00

Ha pasado mucho tiempo, y, sin embargo, siete años después, aquellos sentimientos de pena y preocupación que experimenté, siguen tan presentes como el primer día. Quizás fue su juventud, quizás fue su mirada inocente y despreocupada, o simplemente, las contradicciones que rigen las leyes de este mundo, el ying y yang, el blanco y negro, donde mientras unos ganan, otros pierden todo.

Recuerdo qué hacía y dónde me encontraba aquel 24 de enero: primero porque es una fecha señalada en mi calendario. Segundo, porque poseo una excelente memoria y, tercero, porque tengo la costumbre de anotar en una agenda detalles y anécdotas del día a día que significan algo para mí. Asimismo, rememoro con toda nitidez las primeras imágenes suyas difundidas a través de una conocida red social: rubia, de ojos claros, y con la mirada inconfundible de una joven de quince años, en la que la dulzura y la timidez pugnan por conseguir su sitio a partes iguales.

Siete eneros después de aquella fotografía, la primera de muchas, las fuerzas opuestas, pero complementarias, que se encuentran en el orden de todas las cosas, ésas a las que llamamos vida y muerte, han guiado nuestros pasos de formas diferentes, hacia la fatalidad o la libertad, de un modo ineludible. Yo, por ejemplo, a lo largo de estos años, he sentido cómo el tiempo pasaba rápido, corriendo mucho y muy deprisa: una boda, tres periódicos, cuatro agencias, nuevos continentes, dos casas, dos ciudades y cientos de libros. Imagino y espero que en el caso de usted que me está leyendo, el peso y el paso de las estaciones, la dirección de esas fuerzas opuestas e inevitables, hayan sido tan o más ligeras que la mías.

Lamentablemente, y por desgracia, me consta que en el caso de Antonio y Eva, no ha sido así: desde la noche del 24 de enero de 2009, esa fuerza arbitraria y desconocida, con el vigor que la caracteriza, empujaba sus vidas hacia un punto muerto, un lugar de impaciencia y desesperación en el que las agujas del reloj dejaron de sonar y de contar, de hacer tic-tac.

El tiempo se detuvo y pasó a ser un concepto insignificante, carente de sentido, en una búsqueda desesperada por el cuerpo sin vida de su hija; la joven rubia, de ojos claros, con la mirada dulce y tímida. Haciendo un gran ejercicio de empatía, ni siquiera puedo alcanzar a imaginar el dolor que han vivido y soportado y, sin embargo, no me hace falta dar vida más allá de la propia, para sospechar el sufrimiento y la tristeza infinita que supone la pérdida de un hijo, eso que se inventó de la nada, partiendo de uno mismo. Por eso, por el verdadero dolor que sufre aquel que lo hace sin testigos, en días como hoy, no me olvido de los nombres de Antonio y Eva: él, un padre que nunca dejará de buscar a su hija, ella, cuyo nombre significa 'fuente de vida', la primera madre de todas, la madre de Marta, la que suplica porque le devuelvan a su hija, aquella que inventó de la nada partiendo de ella misma.

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