El contenedor

La estrella apagada

18.01.2016 | 04:00
Juan Bautista Sanz

Muy a nuestro pesar la crónica llega un día sí y otro también a la estación Termini de las vidas ajenas, mientras esperamos la nuestra propia. La muerte natural ha alcanzado esta vez a David Bowie, un firmamento en sí mismo del mundo del espectáculo y de la música contemporánea. En su momento este artista británico, con millones de seguidores en el mundo, llegó a mirar de frente a la inevitable parca; pero ella andaba despistada, confundida con todas las máscaras que utilizó en su vida, también tremenda, de polifacético artista transgresor.

Bowie ha vivido y dado vida a parte importante de dos siglos, el XX y el actual, creando un planeta y una constelación universal del arte; gran jefe de movimientos musicales que ya son historia de la música, fue inventor de voces nuevas, de guiones vitales en el mundo de la ficción porque se deslumbró con el cine y para el cine. Las máscaras que usaba eran la fotogenia misma de cualquier historia madrugadora y saciable por el territorio de lo nuevo. Su obra está llena de momentos brillantes, de lentejuelas y maquillaje. Su amistad con la divinidad de Andy Warhol ayudó a crear su leyenda entre un público de una nueva generación que veía a los Beatles como cantantes de boleros, casi.

La ambigüedad existencial de este mito de la cultura de papel y brillantina, de voz aguda y agudizada, preferente en un nuevo modelo musical, siempre huidizo de una zona a otra de la expresión, le hizo influyente en mundos paralelos: el diseño, la publicidad, la moda, lo virtual, la efervescencia misma de un siglo atómico con todas sus consecuencias líricas y de efectos especiales, de tintes de cabello y palidez permanente.

Bowie se ha apagado a causa de un cáncer de pulmón a los 69 años con la apariencia de un adolescente insolente; dando muestras de saber que la muerte le acechaba desde hace tiempo mientras observaba sus excesos creativos, su provocación vital sobre los escenarios del mundo ante multitudes de seguidores, que hoy descomponen su ánimo y figura frente a la ausencia inevitable del mito, del líder, del enjuto ser que les hacía vibrar como danzarines del infierno. Estamos en las mismas de siempre cuando decimos adiós a alguien grande: nos quedan sus discos, sus conciertos, sus películas, sus brillos y sobre todo sus máscaras y guiños al arte, al único arte que existe cuando es verdadero. David Bowie ya es una leyenda espacial de un tiempo concreto; empieza otro reto distinto, pero le distinguirá la perpetuidad de una obra inteligente. A años luz de la mediocridad que reina.

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