Desde la Torre Amores

El duelo y un encuentro ideal

18.01.2016 | 04:00
Juan Tomás Frutos

En la vida tenemos muchas opciones. De nosotros depende. Veamos un par de ejemplos, a modo de situaciones metafóricas. Son éstas:
Salió de buena mañana. Sabía cuál era su destino. Fuera cual fuera el resultado, no saldría bien. No entendía cómo se había metido en este lío. Iba camino de la muerte: moría o mataba. No había otra salida. El rumbo era claro, pero su visión incierta. «¿No podía ser de otro modo?» se preguntaba. Parecía que no. Todo había comenzado casi como una broma, sin que nadie quisiera, sin prever nada.

Después de varios roces se había celebrado un combate dialéctico. Es de suponer, porque no recordaba con nitidez que había sido duro. Con la tenacidad que se le conoce, seguramente se trató de una pugna entre pesos pesados, esto es, entre locos, entre dementes necios que no saben salir con altura de miras y con el grado de civilización que se nos supone. La lógica había muerto con precipitación, raudamente, y los contendientes no habían encontrado, quizá por falta de tiempo o de meditación, una solución satisfactoria para ambos lados. Es verdad, y eso está contrastado, que los aduladores de los dos bandos habían azuzado en vez de colocar alguna red o tabla salvadora. Luego pareció tarde para hallar un organismo, consejo o asociación que ayudara a mitigar o a reducir el nivel de litigio.

Todo se había calentado demasiado. En mitad de todo ese rancio maremágnum se recuerdan enfrentamientos espectaculares con instrumentos de poder de todo tipo. Los principios habían perdido su peso, y no se miraba el calendario para otra cosa que no fuera para seguir ´el cara a cara´. La violencia los había convertido en auténticos animales de presa. El cielo dibujaba líneas de desazón, y ratificábamos la legalidad con más errores. Así estaban las cosas en esa maldita mañana, cuando salió nuestro protagonista, presto a morir o a matar. Sea cual fuere el resultado, repetimos, el pesar volvería a su casa, ya bastante atragantada. Alea iacta est: la suerte estaba echada, echada a perder, como las vidas de estos payasos en manos de un destino cruel elegido desde la inconsciencia.

Él, nuestro madrugador, no creía en la victoria sin guerra, mientras alguna empresa se lamentaba de perder, o de no ganar, 5.000 millones de euros, pero tampoco creía en la paz a cualquier precio. Para él, como dice el historiador Henry Kamen, el Imperio era una sociedad de gananciales, y ésta tendría que salir adelante como fuera. No había porvenir con este modelo, y en esto coincidían los dos adversarios. Era la crónica de una o de dos muertes anunciadas. El duelo estaba a punto de comenzar, y prefiero no contar el final...».

«Puedo llegar a ti, y lo sé. Me siento feliz de hacerlo. Supongo que imaginé este mundo nuestro: quise ser tu base, tu energía, tu botella descorchada, pero la realidad supera la ficción más alta. Juntos somos otra cosa: hemos asumido el desarrollo sostenible, y nos apoyamos, y nos desarrollamos... Trabajamos al unísono por el futuro. Hemos reformado lo que había que mudar, y ahora entonamos un enorme ´aleluya´. Hemos apostado de manera acertada, y nos hemos convertido en auténticos millonarios con comida incluida. Estamos en el mismo barco, con la magia de fondo».

«Cantamos y soñamos, y nos despertamos con la novedad posible en cada mañana. No hemos esperado a heredar un azar positivo. Éste ha llegado, y con él la aportación de la dicha. Hemos descubierto lo sencillo de siempre. Nos gusta el sabor sano del encuentro cotidiano, y ahora, juntos, nos deleitamos más que nunca con la calidad de estas vidas fertilizadas. Hemos hecho el trabajo más importante: ejercemos la tolerancia desde la paciencia. Confiamos el uno en el otro, y apreciamos a través de elogios la fe y la seguridad que nos regalamos cada jornada».

«Somos el plato más sano que podemos probar. Nos hemos dado coraje, bastante, y llegamos con la limpieza de ánimo y con la aprobación frente a la vergüenza, la hostilidad y los ambientes ridículos. Estamos en forma, y precisamente por eso, porque estamos saludables de mente, no nos criticamos, ni nos condenamos, ni nos peleamos, ni nos sentimos culpables, aunque a veces metemos la pata».

«Podemos con todo: estamos unidos, al fin unidos, después de tanto aguardar y buscar. Somos la ´fuerza de choque perfecta´, sin fuerza y sin choque alguno. No es necesaria la fricción para conseguir lo que defendemos. Vivimos y volvemos a vivir, porque hemos encontrado el amor en el mundo, que, sin duda, demostramos que existe. Disfrutamos del milagro, de una maravilla sencilla, grata, ideal. Llego a ti, y, simplemente, soy feliz, y lo digo... Me encanta este encuentro, y sus posibilidades».

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