Pasado a limpio

Los mitos, los ritos y los pitos

15.01.2016 | 04:00
Los mitos, los ritos y los pitos

Dicen que la inmortalidad requiere plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Mi amigo José Ignacio Alonso, versado en la de Virgilio y la de Quevedo, cita la frase del cura de Béjar para referir la de las sociedades, que se cimentan sobre los mitos, los ritos y los pitos. Los mitos son cosmogonías o son historias legendarias de dioses o de héroes, son protohistoria o protoliteratura, porque nacieron antes que éstas. Pero nuestra sociedad, pese a que la escritura y otras formas de documentación nos distancien de la prehistoria de las antiguas civilizaciones, tiene su propia cosmogonía vestida de ciencia en el Big Bang, y otros mitos que recreamos y engrandecemos según nuestra afinidad con el modelo en el que se muestran. Las tres grandes revoluciones, la americana, la francesa y la rusa son ejemplo de ello. Y cada uno las reivindica o denosta según le vaya en el alumbramiento o en el entierro.

La misión de los ritos es otra. La liturgia es esencial en una sociedad, el respeto de las formas, por más que sea el objetivo de las críticas de los iconoclastas. La generación del 98 lo era, pero por una razón obvia: la estética de sus coetáneos era representativa de una gente caduca, gastada, vencida en el desastre finisecular. Por eso había que construir una nueva que inevitablemente crearía sus propios ritos. Lo mismo sucedió en los primeros setenta y se prolongó durante la Transición. La España franquista estaba quedando atrás, sustituida pacíficamente por otra nueva, renovada, en la que también de forma ineluctable habrían de participar los miembros más visionarios del Régimen. Así lo entendieron algunos cerebros privilegiados, como el de Fraga, que consiguió aglutinar y modernizar todas las fuerzas provenientes o simpatizantes o condescendientes establecidas, para solaz de algunos exmilitantes que llegaron a tocar el poder con sus manos. También los exiliados como Carrillo, renunciando a sus reivindicaciones republicanas y a la dictadura del proletariado en aras de una reconciliación sugerida por Suárez.

Pero la nueva sociedad crea sus propios ritos. Muchas veces anclados en los antiguos. El esponsal civil prescinde de toda la liturgia religiosa, heredera de la ´confarreatio´ romana. El legislador sólo obliga a leer los artículos 66, 67 y 68 del Código Civil, pero alrededor del acto, ha ido surgiendo toda una liturgia de la que no están exentos los alcaldes y concejales, tan deudos del folclore popular, como los mismos jueces encargados del Registro Civil. A los sacramentos de la eucaristía y el matrimonio se les transforma y viste de recitativos de poemarios y música de diversa afición de los contrayentes. Y los nuevos juramentos per aes et libram abandonan la balanza en la que se pesa la dote por unos nuevos bienes parafernales. Ya se oye mencionar los bautizos civiles, ¿quizás para volver a la purificación con las aguas lustrales y a la imposición de la ´bulla´? Y no digamos con las comuniones civiles, que terminarán sin duda con la de la toga viril.

Finalmente los pitos, la tercera pata del taburete, las fiestas terminan de configurar la idiosincrasia de la nueva sociedad. También tienen un componente tradicional consustancial a su naturaleza. Permanecen en el tiempo como un ritual, a veces con componentes religiosos, otrora laicos. Lo novedoso en nuestros tiempos es el rescate de los dioses de civilizaciones ya difuntas. Algunos ejemplos nos mostrarán cómo se han transformado los pitos. ¡Murcia, qué hermosa eres! La exaltación murciana del Bando de la Huerta, empezó siendo una fiesta popular en que los churubitos de la zudiá se reían de los pintorescos huertanos. Más grave era el Entierro de la Sardina, pedestal de los burgueses acomodados desde donde arrojaban a la plebe algunas bagatelas; un pito y una espada son un tesoro, como canta mi primo José María Galiana, y se daba por bueno algún descalabro o algún cárdeno recuerdo. Hoy no queda apenas memoria en estos desfiles del originario tinte despectivo, pues las mismas clases que los fundaron se han fundido en la historia. Los patricios ricos y rentistas que no desaparecieron emigraron a los madriles y los exitosos plebeyos en tiempos del espumoso ladrillo, auparon sus burbujeantes fortunas a las carrozas flanqueadas por los sicofantes hachoneros. Y qué decir del Bando, en el que se mezclan burgueses y villanos de ahora, siempre con el mismo grado de impregnación etílica; mientras la huerta que otrora fuera objeto de escarnio y risotadas, languidece y agoniza asfixiada por una urbanización selvática y paquidérmica.

Pero cuando la religión ha perdido su preeminencia en la laica sociedad, los fastos inventados „léase el Día de la Región„ tratan de imponerse con grave merma presupuestaria, mientras otros se reconvierten de religiosos en reñidas patochadas de la oleada multisex. No hay barrera icónica que se resista, los Reyes Magos plantean un grave problema de paridad, siendo impares. Jamás hubieran imaginado sus astrológicas majestades que volverían a ser imberbes, como en el mosaico del siglo VI de San Apolinar Nuovo de Rávena; ni que pudieran cambiar de sexo a voluntad, como si hubieran descubierto en lugar de la estrella de Noel, la piedra filosofal andrógina. Mucho menos que serían sustituidos en alguna ´podemita´ ciudad por la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, tres nuevas diosas de la moderna religión laica.

Mientras tanto, no sin cierta sorpresa, asistimos complacidos a la resurrección de otros dioses aún más vetustos que recuperan el territorio perdido. Ya hay quienes no felicitan la Navidad, sino que aluden a antiguas fiestas que marcaba el solsticio de invierno, las Saturnales, dedicadas al olímpico dios del mar y los terremotos. Dudo si alguna vez desaparecieron los milenarios dioses, tantas veces conversos en la hagiografía cristiana. Hemos transitado de reserva espiritual de Occidente a confesos ateos con máscaras paganas. Libemos por ello derramando unas gotas de nuestra copa, con la que regaremos el suelo sagrado, ¡voto a Zeus! que hubo de lidiar contra su padre Cronos y sus hordas titánicas por la primacía en el Olimpo.

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