Verderías

Bowie en mi salón

15.01.2016 | 04:00
Bowie en mi salón

Lo tengo absolutamente fresco en mi memoria (y en mi piel). Caravaca de la Cruz, 1978. Mi casa, la sala que todos en la familia llamábamos la 'habitación del tocadiscos'.

Era sábado, por ejemplo, o vacaciones del instituto; y son como las once, la hora del desayuno en esas circunstancias. Sentado en un comodísimo sillón bajo, frente a una mesa redonda, grande pero también baja. Delante, un café con leche y un bocata de tomate que ya presagiaba mi adicción permanente a las tostadas de ese tipo. Suena a todo volumen el disco Ziggy Stardust and the spiders from Mars, de David Bowie. Y cuando digo a todo volumen, digo a todo volumen, no es una metáfora. Mi padre andaba fuera en sus quehaceres, y mi madre, la pobre, sordita como era, no podía reparar en lo que sin duda hubiera calificado como un ruido infernal.

Recuerdo como, entre bocado y bocado, me entraban por todo el cuerpo las notas de Starman o de Five Years, con ese ritmo lento de batería que funcionaba como el pórtico de la voz más emocionada de Bowie. Venía luego Lady Stardust, después el rif de guitarra que anunciaba la potencia de Ziggy Stardust, y más allá la cadencia romántica del comienzo de Rock and Roll Suicide que da paso, in crescendo, a la fuerza de la que probablemente sea la pieza de sinfonía rock más redonda de la historia.

A todo volumen, digo, Bowie fabricaba en mi cabeza un maravilloso mundo de sensaciones. La música que me entraba por el oído derecho no llegaba a salir por el izquierdo: se quedaba en el cerebro. A su vez, la que entraba por el oído izquierdo se detenía antes de salir por el derecho, también justo en mitad del cerebro. Resultado: un bombazo intelectual en estéreo en el centro de mi propia esencia de adolescente ansioso por saber, ver, proyectarme, descubrir, vivir y sentir más allá de la mera inmediatez de la Caravaca de los años setenta. Y la piel erizada. Y entre la música y lo buenísimo que estaba el bocadillo de tomate, yo me sentía plenipotente, vivo y feliz.

A saber cuál de mis hermanos mayores había comprado el disco. Ya se lo preguntaré, pero desde aquí me voy a meter en un lío familiar apostando porque fue Antonio. En cualquier caso, gracias por la experiencia.

Luego repetí con David Bowie la apreciación de lo que es la gran música. Vendrían con los años Rebel Rebel, Fame, Heroes, o Hello Spaceboy, entre otros cientos de canciones. Y prácticamente antes de ayer la inquietante belleza de Lazarus o de Blackstar, con las que David Bowie anunciaba, ahora lo sabemos, su propia muerte. Pero si estas piezas me llegaron de lleno, nunca con la intensidad psicológica de Ziggy Stardust y las arañas de Marte. Supongo que en eso tendrá que ver una edad, un entorno y una personalidad atenta y en construcción que ya, como Bowie, nunca volverán.

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